- RAFAEL PAMPILLON OLMEDO
- Ormuz o la economía del conflicto permanente
- Huida de Ormuz: los petroleros que atraviesan el laberinto iraní
La crisis energética actual no responde a una lógica simple, es algo mucho más profundo. Aunque Ormuz vuelva a funcionar, lo que está en juego no es solo el tránsito del petróleo, sino el modelo energético que hemos sostenido durante décadas y que muestra grietas evidentes.
Hay momentos en los que el mundo parece reducirse a una parte concreta del mapa. Es decir, no al mapa entero del globo terráqueo, sino a un espacio pequeño, casi frágil, donde muchas cosas se deciden. El estrecho de Ormuz es uno de esos lugares. Por el que pasa cerca de un 20% del petróleo que alimenta la economía global. Y también gas natural licuado (especialmente desde Catar) y buena parte de los insumos críticos para la agricultura, como la urea y otros fertilizantes. El gas y estos componentes agrícolas resultan igual de determinantes que el petróleo, aunque menos visibles, para sostener la economía mundial.
Y cada vez que se habla de que se abre el estrecho de Ormuz, surge una esperanza: que el problema energético y agrario del mundo se resolverá. Pero esa esperanza puede ser, en gran medida, un espejismo. La apertura será una solución coyuntural. ¿Por qué? Por qué la cuestión de fondo se mantiene.
Efectivamente, durante décadas, hemos construido una narrativa energética muy dependiente de cuellos de botella geográficos. El canal de Suez, el estrecho de Malaca, el canal de Panamá, Ormuz. Nombres que han protagonizado la economía, en cuestión de días, cuando las cosas se tuercen. Si el flujo se interrumpe, los precios se disparan en cadena; si se restablece, el mundo respira.
Sin embargo, la crisis energética actual no responde a esa lógica tan simple. Es algo mucho más profundo. Porque, aunque Ormuz vuelva a funcionar, lo que está en juego no es solo el tránsito del crudo. Sino el modelo energético que hemos sostenido durante décadas y que muestra grietas evidentes.
Demanda y la oferta de energía
La primera de esas grietas es la demanda. Durante mucho tiempo asumimos que el consumo energético global crecería de forma predecible, acompañando al crecimiento económico. Pero lo que estamos viendo es una demanda de la energía más heterogénea: China diversifica su consumo, Europa intenta reducir su dependencia del exterior, Estados Unidos juega a la autosuficiencia a la vez que exporta energía como nunca lo había hecho. En ese contexto, el petróleo y el gas que pasan por Ormuz ya no son tan importantes.
La segunda grieta es la oferta. No estamos ante un problema de acceso puntual al petróleo, sino ante una transformación del propio mapa de la producción. La fracturación hidráulica en Estados Unidos, la estrategia de más o menos recortes de la OPEP, la incertidumbre en países productores tradicionales. Todo ello configura un tablero mucho más complejo. Ormuz es una pieza clave, pero no es el tablero entero.
La tercera grieta es la reconstrucción. Ormuz puede estar abierto, pero el mundo puede seguir pagando una energía cara. Porque se tardarán algunos años en la reconstrucción de los activos reales dañados durante el conflicto, tanto en Irán como en los países árabes. Restablecer los suministros básicos y evitar el colapso en el Golfo puede tardar entre 4 y 5 años. Incluyendo la normalización económica es decir la integración plena en la economía global.
La cuarta grieta es que se da una superposición de sistemas, con tensiones constantes entre lo viejo y lo nuevo. Los fósiles (solución a corto plazo) y un modelo alternativo basado en renovables. Resulta curioso pensar que la crisis actual puede resolverse, en gran parte, abandonando los combustibles fósiles. Es decir, la crisis coyuntural puede conducir al cambio estructural. Como puede verse, todas estas cuestiones nos llevan al debate entre lo coyuntural (Ormuz) y lo estructural (un modelo energético desfasado).
Lo que nos llevaría a esta pregunta: ¿qué entendemos realmente por crisis energética? Si la reducimos a un problema de suministro inmediato, entonces sí, la apertura de un paso estratégico puede parecer una parte de la solución. Pero si la entendemos como lo que es, una transición desordenada entre modelos energéticos, atravesada por intereses geopolíticos, económicos y tecnológicos, entonces la respuesta cambia.
Europa es probablemente el ejemplo más claro. En pocos años ha intentado reducir su dependencia de energías fósiles, acelerar la implantación de renovables, y, al mismo tiempo, mantener la competitividad de su industria.
Esto no significa que Ormuz sea irrelevante. Su importancia es enorme. Y cualquier alteración en su funcionamiento tiene efectos inmediatos en los precios y en los mercados. Pero no se puede confundir importancia con solución.
Hay, además, un componente psicológico en todo esto. Nos gusta pensar que los problemas complejos tienen soluciones fáciles. En el caso de la energía, esa solución ha sido, durante mucho tiempo, la estabilidad del suministro. Si el petróleo y el gas fluyen, todo irá bien. Pero ese planteamiento ya está desfasado.
La inversión en energía
Aquí entra en juego otro factor clave: la inversión. Durante años, la inversión en el sector energético tradicional ha estado marcada por la incertidumbre. Por un lado, se exige a las compañías que reduzcan su huella de carbono; por otro, se espera que las empresas de hidrocarburos mantengan la producción suficiente para evitar tensiones en los precios. Es decir, se exigen cambios profundos a corto plazo. Algo poco realista.
Si las empresas no invierten lo suficiente en exploración y producción, la oferta se tensiona. Si invierten demasiado, corren el riesgo de quedarse con activos inservibles en un futuro más descarbonizado. En ese contexto, la estabilidad de Ormuz no resuelve el dilema. El riesgo, a largo plazo, de apostar por combustibles fósiles se mantiene.
Y luego está la política, que lo atraviesa todo. Porque la energía nunca ha sido solo un asunto económico. Es poder e influencia. En Ormuz, la geografía se convierte en geopolítica.
Pensar que su apertura puede poner fin a la crisis energética es, en el fondo, una forma de subestimar esa dimensión política. En los últimos años, la energía se ha convertido en un instrumento de negociación internacional. Las decisiones no se toman solo en función de la eficiencia económica, sino también de intereses estratégicos. Y esos intereses no desaparecen porque un estrecho se abra. Ormuz es coyuntural. El conflicto político, estructural.
Hay también un elemento de tiempo que no conviene ignorar. La transición energética no es un proceso lineal. Por eso los shocks (geopolíticos, climáticos o económicos) tienen un impacto mayor. Y Ormuz, con toda su relevancia, es solo uno de esos posibles puntos de fricción. Quizá el verdadero problema sea que seguimos buscando certezas en un sistema que, por definición, se ha vuelto incierto.
La apertura de Ormuz puede reducir tensiones a corto plazo, devolver una sensación de normalidad. Pero esa normalidad es, en muchos sentidos, una ilusión. Porque las fuerzas que están redefiniendo el sistema energético global van mucho más allá de un estrecho.
Son cambios tecnológicos profundos, de nuevas cadenas de suministro, de políticas climáticas más exigentes. Y de una electrificación creciente de la economía, que se extiende al transporte, la industria y los centros de datos. Es decir, retos colosales, que no vamos a poder resolver sólo con Ormuz, sólo con recetas del pasado. Y, sobre todo, estamos hablando de una cuestión de fondo: la necesidad de redefinir cómo producimos, distribuimos y consumimos energía. En ese debate, Ormuz es un capítulo, no la historia completa.
Conviene no esperar demasiado de la apertura del estrecho. No porque no sea importante, sino porque pensar que eso por sí solo resolverá los problemas energéticos es engañarse y evitar enfrentarse a las causas de fondo.
El problema energético requiere inversiones constantes y una visión a largo plazo, algo que no siempre encaja con las urgencias de los mercados. La cuestión no es si el estrecho de Ormuz estará abierto mañana, sino si estamos preparados para un mundo en el que la energía será menos abundante, más cara y más diversa. En lugar de confiar en soluciones puntuales, necesitamos capacidad de adaptación y planificación para afrontar ese escenario, porque, como dijo Charles Darwin, "no es la especie más fuerte la que sobrevive, sino la que mejor se adapta al cambio".
Rafael Pampillon Olmedo | Profesor en IE Business School y Universidad CEU San Pablo
Pakistán busca salvar la malograda negociación de paz entre EEUU e Irán
Las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán parecieron entrar de nuevo en punto muerto este fin de semana después de que Donald Trump decidiese anular el viaje de sus negociadores a Islamabad, desde donde Pakistán trataba ayer de mediar entre las partes para reactivar el diálogo.
La decisión de Trump de cancelar el viaje de sus enviados para la negociación, su amigo Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner, para mantener una segunda ronda de contactos con Irán mediada por Pakistán, se produjo poco después de que el ministro de Exteriores de Irán, Abás Araqchí, abandonase la capital paquistaní.
El presidente de EEUU aseguró que cancelar el viaje ha elevado la presión sobre Irán. "Nos dieron un documento que debería haber sido mejor y curiosamente, inmediatamente después de cancelarlo, en diez minutos recibimos un nuevo documento que era mucho mejor", aseveró a la prensa, evitando aclarar si tiene previsto alargar el alto fugo que él mismo declaró unilateralmente hace unos días. Para seguir negociando, Washington exige a Irán que desbloquee el estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20% del crudo y el gas mundial) y que congele durante 20 años el programa de enriquecimiento de uranio, renunciando al arma nuclear.
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