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Oyarzabal lleva a hombros a Unai Marrero. AFP Final La chuleta de MarreroEl portero de la Real Sociedad, héroe de la final de Copa, detuvo dos penaltis gracias a que tenía apuntado dónde lanzaban los rojiblancos
Enviado especial a Sevilla
Domingo, 19 de abril 2026, 12:22 | Actualizado 12:39h.
... 1987, Unai Marrero se plantó en la portería con la serenidad de quien entiende el momento. A su espalda, la historia. En la memoria colectiva, el eco de Luis Arconada, aquel portero por el que muchos se pusieron los guantes. Y delante, una tanda de penaltis que iba a decidir una Copa.Marrero no solo detuvo dos penaltis. Sostuvo una narrativa. Desafiante antes de la tanda, levantó los brazos hacia la grada buscando algo más que ruido: necesitaba fe. Y la encontró. «El jugador que lanza tiene mucho que perder y yo mucho que ganar», explicaría después de ponerse la capa de superhéroe, ya convertido en protagonista. Una frase que resume su forma de entender el oficio: sin miedo y con ventaja emocional.
«En su salsa»
No era la primera vez en esta Copa. Ya había decidido otra tanda de penaltis ante Osasuna, donde confesó sentirse «en su salsa». Pero esta era distinta. Esta llevaba el peso de un título. Y Marrero respondió con naturalidad, casi con una calma desconcertante. «Todavía no me lo creo, es un sueño», dijo a pie de campo. No había impostura en sus palabras. Tampoco cuando reveló su secreto: una «chuleta» para estudiar a los lanzadores. Ni cuando contó que había tranquilizado a Pablo Marín antes del último disparo que les dio la gloria: «Pasara lo que pasara yo estaba dispuesto».
«El jugador que lanza tiene mucho que perder y yo mucho que ganar. Pasara lo que pasara yo estaba dispuesto»
Ese es quizá el rasgo que mejor define al portero de Azpeitia: su manera de habitar el caos. «Me gusta la marcha en estas situaciones», reconocía. No es una pose, es una identidad.
En una noche de tensión máxima, Marrero fue todo lo que un portero puede ser: reflejo, intuición, carácter. Pero también algo más difícil de medir: símbolo. Porque su actuación no solo ganó un título; conectó generaciones. La imagen, inevitable, remitía a Arconada. No por nostalgia, sino por continuidad. De La Romareda a La Cartuja 39 años después.
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«La gente de Guipúzcoa ha sufrido mucho. Hay que soñar, hay que creer. El chico que soñaba de pequeño, lo ha logrado», insistía, emocionado Marrero. En sus palabras no había épica vacía, sino pertenencia. «Como la Real no hay otro equipo».
Complicidad con Remiro
Y eso que hubo dudas previas sobre si Pellegrino Matarazzo apostaría por él en la final. Marrero nunca entró en ese debate. «Estoy para ayudar al equipo», repetía. Pero cuando llegó el momento, fue titular. Y fue decisivo.
El primero en abrazarle tras el triunfo fue Álex Remiro, compañero de portería y testigo directo de la noche en la que Marrero dejó de ser promesa para convertirse en certeza.
El chico que siempre se pone primero el guante izquierdo y la bota derecha ya no es solo una curiosidad de vestuario. Es el muro sobre el que se estrelló el Atlético. Es el guardián de una tradición. Es, desde ahora, el nombre propio de una Copa. Y, como en 1987, la portería volvió a escribir la historia. De Luis Arconada a Unai Marrero. Y todo por una chuleta. Más bien chuletón.
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