- RAFAEL PAMPILLÓN OLMEDO
El siglo XXI también estará marcado por la capacidad de las economías para seguir creciendo cuando llega el calor extremo. Las altas temperaturas pueden ser en un poderoso acelerador de la automatización.
Durante décadas, cuando la economía perdía impulso, los economistas mirábamos siempre en la misma dirección: al petróleo, a los bancos centrales, a las crisis financieras o a las tensiones comerciales. Hoy esa lista empieza a quedarse incompleta. Cada verano aparece un nuevo factor que hasta hace poco apenas figuraba en los análisis económicos: se trata del calor extremo.
Puede parecer una exageración, pero no lo es. El termómetro ha dejado de ser únicamente un indicador meteorológico. También empieza a medir la productividad, la competitividad y, en último término, el crecimiento económico. Igual que una subida del precio de la energía encarece la actividad de las empresas, las altas temperaturas reducen la capacidad de producción.
España constituye uno de los mejores laboratorios para comprobarlo. Las olas de calor son más frecuentes, duran más y alcanzan temperaturas cada vez más elevadas. Para un país en el que el turismo, la construcción, la agricultura y la logística tienen un peso decisivo, esta realidad ya no representa solo un reto climático. Es también un desafío económico.
La explicación es sencilla. A partir de determinadas temperaturas el cuerpo humano rinde menos. Disminuye la resistencia física, pero también la capacidad de concentración. Se cometen más errores, aumentan los accidentes laborales y las bajas médicas se multiplican, precisamente en una época del año en la que el sistema sanitario suele operar con menos recursos debido a las vacaciones estivales. El resultado acaba siendo siempre el mismo: con el mismo número de trabajadores se producen menos bienes y servicios.
No hace falta acudir a modelos económicos sofisticados para entenderlo. Basta con observar una obra en pleno mes de julio. Levantar un edificio o reparar una carretera a cuarenta grados obliga a adelantar la jornada, detener la actividad durante las horas centrales del día, y aplazar determinadas tareas por razones de seguridad. Cada ola de calor reduce las horas efectivas de trabajo y eleva los costes de producción.
Algo similar ocurre en el campo. El calor no significa necesariamente que todas las cosechas sean peores, pero sí obliga a reorganizar el trabajo. Muchas labores agrícolas se desplazan al amanecer o al atardecer, algunos calendarios de recolección cambian y la planificación se vuelve más compleja. La agricultura termina adaptándose, aunque hacerlo tiene un coste mayor.
La logística tampoco escapa a esta realidad. Repartidores, transportistas y mensajeros desarrollan su actividad en condiciones mucho más exigentes. Los vehículos consumen más combustible para mantener la climatización y los tiempos de reparto se alargan. Son pequeños sobrecostes considerados de forma aislada, pero muy relevantes cuando se multiplican por millones de desplazamientos.
Paradójicamente, el calor también puede generar oportunidades. España seguirá siendo una potencia turística porque su atractivo descansa sobre mucho más que el sol: seguridad, patrimonio, infraestructuras, gastronomía y calidad de vida. Lo que probablemente cambie no será el número de visitantes extranjeros, sino la forma de viajar. Una temporada más larga, con mayor actividad en primavera y otoño, permitiría reducir la fuerte concentración del verano y aprovechar mejor hoteles, restaurantes, aeropuertos e infraestructuras que hoy trabajan al límite durante pocas semanas y permanecen infrautilizados el resto del año.
El aumento de la robotización
Sin embargo, quizá el efecto más profundo del calor nos pase desapercibido. Las altas temperaturas pueden convertirse en un poderoso acelerador de la automatización.
La historia económica demuestra que las grandes innovaciones rara vez aparecen por casualidad. Nacen porque existe un problema que resolver. La máquina de vapor sustituyó parte del trabajo humano porque era más eficiente. La robotización transformó la industria porque permitía producir más y mejor. Ahora el calor extremo puede impulsar una nueva oleada de inversión tecnológica.
Cuando una tarea resulta demasiado dura, demasiado cara o demasiado peligrosa para una persona, aumenta el incentivo para que la realice una máquina. Robots en la construcción, tractores autónomos, almacenes automatizados o sistemas inteligentes de reparto dejarán de responder únicamente a criterios de eficiencia. El calor puede convertirse en otro motor de innovación.
La factura de la electricidad
El impacto también se deja sentir en el sistema energético. Cada ola de calor dispara el uso del aire acondicionado en hogares, oficinas, comercios, hospitales e industrias. La demanda eléctrica alcanza máximos precisamente cuando el país más necesita mantener su actividad.
Aquí conviene, sin embargo, desmontar una idea muy extendida. Más consumo eléctrico no significa necesariamente electricidad más cara. España disfruta de una ventaja que muchos países europeos envidian: durante las horas centrales del verano produce enormes cantidades de energía solar a un coste prácticamente nulo. Gracias a ello, el precio mayorista puede mantenerse muy bajo e incluso acercarse a cero.
El auténtico cuello de botella aparece al anochecer. La producción fotovoltaica desaparece justo cuando millones de hogares siguen utilizando el aire acondicionado. Continúan funcionando la energía nuclear, la hidráulica y, cuando hay viento, la eólica. Pero si esa generación resulta insuficiente, entran en funcionamiento las centrales de gas, mucho más caras, que terminan fijando el precio de la electricidad. Por eso el gran reto energético de España ya no consiste únicamente en instalar más placas solares. El desafío es almacenar la enorme cantidad de electricidad que producimos durante el día para utilizarla cuando cae el sol. Baterías de gran capacidad, centrales hidroeléctricas de bombeo y nuevas tecnologías de almacenamiento pueden resultar mucho más decisivas para la competitividad de la economía española que muchos debates políticos aparentemente más trascendentes.
En ese contexto también cobra sentido la discusión sobre el futuro de la energía nuclear. Mientras el almacenamiento masivo no alcance la escala necesaria, prescindir de una fuente que proporciona electricidad estable las veinticuatro horas del día obligaría a depender más del gas en numerosos momentos. El verdadero debate no enfrenta renovables contra nuclear. La cuestión es cómo garantizar un suministro abundante, competitivo y con bajas emisiones durante la transición energética.
Las empresas ya han comprendido que adaptarse al calor no será una opción, sino una necesidad. Invertirán más en aislamiento, climatización eficiente, digitalización, automatización y nuevas formas de organizar el trabajo. Son inversiones costosas, pero también imprescindibles para seguir siendo competitivas en un mundo más cálido.
Durante décadas hemos pensado que el cambio climático era, sobre todo, un desafío medioambiental. Empieza a ser mucho más que eso: está modificando las formas de producir, de invertir y de competir. En otras palabras, está alterando las reglas del juego económico.
El siglo XXI no solo estará marcado por la inteligencia artificial, por la transición energética o por el envejecimiento de la población. También lo estará por la capacidad de las economías para seguir creciendo cuando el mercurio supera los cuarenta grados.
Los países que antes adapten sus empresas, sus infraestructuras y su sistema energético convertirán ese desafío en una ventaja competitiva. Los que lleguen tarde descubrirán que el calor no solo vacía los embalses. También puede erosionar, lentamente y casi sin hacer ruido, su capacidad para generar prosperidad.
Rafael Pampillón Olmedo, Profesor de la Universidad CEU- San Pablo y en IE Business School
La agricultura regenerativa es ya un imperativo económicoEl Mundial de fútbol y el alarmismo climáticoEl impacto de la sostenibilidad en la cuenta de resultados Comentar ÚLTIMA HORA-
14:15
El 90% de las empresas españolas apuesta por tecnología europea para competir de forma global
-
14:13
Emilia Málaga (CRL): "Si el 90% de los convenios recoge complementos por enfermedad común es porque ambas partes reconocen su importancia"
-
14:09
La economía de los 40 grados
-
14:03
Pedro Sánchez eleva su apuesta con el gasto
-
13:57
Qida obtiene una inyección de 15 millones de un fondo del ICO