El escritor francés Renaud Camus apenas sobrevive como un apestado en el subsuelo del pensamiento europeo, repudiado por el establishment cultural y político. En cambio, no para de crecer la influencia y el impacto de su tesis principal, «el Gran Reemplazo», que intenta explicar un supuesto proceso de sustitución de la población europea blanca por otra procedente mayoritariamente de África. Sería el deliberado reemplazo de un pueblo entendido en términos herderianos -el Volksgeist: la esencia o alma inmutable de una nación determinada por su manera de pensar, actuar y su cultura- por otro, a través de la globalización y el declive de las naciones. Esta teoría conspiranoica habita en el núcleo del discurso de Vox sobre inmigración y del resto de representantes de la derecha identitaria europea -Le Pen, Salvini, Farage, Weidel, Orban...-, así como en el trumpismo.
Que la derecha posliberal apoye al Camus malo es comprensible y coherente; lo que resulta llamativo es que ahora sea la extrema izquierda la que asuma y reinterprete «el Gran Reemplazo» para utilizarlo a favor de obra. Ha sido la dirigente de Podemos Irene Montero quien, con su beligerante amargura habitual, ha presentado en España la versión woke de esta tesis: «Ojalá la teoría del reemplazo, ojalá poder barrer de fachas y de racistas este país con inmigrantes». Una declaración de intenciones que, de manera algo más sofisticada, también defiende Jean-Luc Mélenchon, líder de la izquierda radical francesa, al hablar de la sustitución de las viejas elites por los «nuevos franceses».
La intención final del francés es la misma que la de Podemos: agitar el debate identitario y la guerra cultural, utilizando una cuestión tan sensible hoy en Europa como la inmigración para fracturar más a la sociedad, entre elite y contra elite, y aglutinar al electorado más sectario.
No es casual, pues, que la izquierda anti occidental asuma la tóxica teoría del reemplazo, abrazándose así con la extrema derecha, como se abrazan desde hace cuatro años apoyando la criminal invasión rusa de Ucrania. Pero, respecto al debate estrictamente español, debemos tener en cuenta que, como apunta Roberto Benito, Podemos es ya apenas una anécdota -que puede quedarse este domingo sin representación parlamentaria en Aragón-y su escaso capital político es el que le regala Pedro Sánchez al asumir su retórica e ideas. Podemos ya solo es una marca blanca del sanchismo que le sirve al presidente de vanguardia revolucionaria para anticipar debates y medidas guerracivilistas; una sonda para medir la respuesta social y acabar integrando, en la mayoría de los casos, esa excrecencia podemita en el cuerpo ideológico del PSOE.
Con un Gobierno inoperante e incapaz de aprobar medidas de calado -salvo leyes de choque, como la irresponsable subida general de las pensiones, buscando erosionar al PP, o anuncios imposibles de cumplir pero que quedan bien, como la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años o capar el algoritmo de ElonMusk en X-, las palabras de Montero anticipan que Sánchez va a utilizar a los inmigrantes como carne de cañón para inflamar todavía más el debate público, alimentar la subida de Vox como enemigo moral, y rebajar la victoria del PP en las generales. Al entender Sánchez que su supervivencia política lejos de la Moncloa pasará exclusivamente por un futuro Gobierno débil y efímero de Núñez Feijóo.