LA TRIBUNA
La lista de los tontosEntre juegos de manos y distracciones de salón se nos escurre la empírica certeza de que el político es mucho más imbécil que nosotros
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJavier Muriel
Abogado
01/10/2026 Actualizado a las 22:23h.No sé si se han fijado, pero en cada churrería hay un empleado con pinta de yonki. En este mismo instante habrá un churrero leyendo ... esta frase y preguntándose si sus clientes suponen que es él. O puede que esté usted compartiendo una rueda crujiente, deje el periódico sobre la mesa, y comente en alto mi afirmación para decidir entre todos qué camarero merece el apelativo. «Pues el delgadito tiene mala cara… yo diría que el otro ya está para el partido de homenaje...» etc.
Entre juegos de manos y distracciones de salón se nos escurre la empírica certeza de que el político es mucho más imbécil que nosotros. Ya en el siglo XIV narraba Patronio al Conde Lucanor que un pícaro engañó a un rey prometiéndole grandes beneficios de un dinero que él le prestaba para fabricar oro. Al cabo del tiempo, unos bromistas del palacio que hacían una lista con los más tontos del reino pusieron el nombre del rey en el primer lugar. El monarca pidió explicaciones y le dijeron que se lo merecía por darle sus riquezas a un desconocido. El incauto rey se defendió preguntando qué pasaría si el estafador regresaba algún día con sus ganancias. La respuesta aun resuena por obvia: Si regresa, majestad, borraremos vuestro nombre de la lista y pondremos el de él.
Apostaría lo que fuera a que un jefe, un exmarido, o un político encabeza su lista de tontos. En la mía, como faltan los dos primeros, ya saben la solución. Hace tiempo que el indiscutible campeón de los tontos se aferró al podio con avaricia, como Rose a aquella tabla en Titanic. Mi político está a una entrevista, a otra promesa incumplida, de adquirir por usucapión la cabeza de la lista. Les ha sacado tanta ventaja a los demás competidores (no son pocos) que cuesta diferenciar su lejana silueta. La soledad del vencedor, el desamparo del tonto.
Lo que convierte al tonto en peligroso es que no descansa nunca. Perfecciona su esencia las veinticuatro horas del día. Algunos, aunque se equivocan más que la paloma de Alberti, se jactan y hacen gala de ello a la mínima oportunidad que pueden. El Congreso es un buen ejemplo. Sin olvidar ayuntamientos, consejerías, y demás chiringuitos o abrevaderos de poder.
Han sido muchos los articulistas de su respectiva actualidad, desde Jaime Campmany a Raul del Pozo, que mostraron inusitado interés por el asunto y abordaron la figura del tonto desde cualquier prisma posible: su constancia, su vulgaridad, su resiliencia, su intensidad y, sobre todo, su abundancia. Tanto gilipollas y tan pocas balas, que decía Ford Fairlane en 1990. Ni Rafael, el Gallo, hubiera resumido con mayor rotundidad la pasmosa multiplicación de los necios. Una pandemia singular en el fondo y copiosa en la forma.
Adopte un tonto, sería un buen eslogan. Me los quitan de las manos, oiga. Están en oferta y los hay para todos los gustos. Parlanchines, trajeados, ridículos, remilgados, intercambiables, canallitas, gregarios, útiles, desnortados, baratos, agradecidos, incluso orgullosos de sí mismos. Pero mis favoritos, por su empeño y obediencia, siempre serán los políticos, porque son el tonto de la pandilla que lleva una navaja a un tiroteo.
Es nuestra obligación detectarlos y evitar que, en la medida de lo posible, se acerquen a un escaño. No vaya a ser que estos cretinos se crean que el truco de trilero aún les funciona y acabemos todos convencidos de que actúan por nuestro bien. Si se lo permitimos, como aquel rey de Patronio, nos condenaremos con todo merecimiento a empadronarnos para siempre en el primer puesto de la lista.
P.D.- Me acaba de llamar el churrero del barrio para ciscarse en mi casta. Qué poco sentido del humor. Será tonto el tío. A la hoguera del tirón.
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