- MICHAEL STOTT
En una economía de dos niveles, los que se lo pueden permitir acceden a todo tipo de productos, desde alimentos básicos a bienes de lujo, mientras que otros tienen que buscar entre los restos.
En la Cuba actual, algunos camaradas son más iguales que otros.
A medida que la isla gobernada por el comunismo se hunde aún más en la crisis bajo la creciente presión económica del presidente estadounidense Donald Trump, es posible comer un filete de primera calidad, conducir un coche nuevo y mantener la luz encendida, siempre que se pueda comprar en el próspero sector privado.
En una sociedad antaño igualitaria, se ha consolidado una economía de dos niveles. Los ricos disfrutan de comida importada de EEUU y viajan en vehículos eléctricos que se cargan mediante paneles solares, mientras que los que menos tienen subsisten con las escasas raciones de las tiendas controladas por el Estado, caminan al trabajo y se resguardan en casa en la oscuridad.
La ola de emprendimiento privado comenzó cuando el Gobierno cubano legalizó un grupo inicial de pequeñas y medianas empresas en 2021. El sector se expandió rápidamente, con el registro de más de 11.000 empresas en los dos años siguientes.
Los emprendedores cubanos abrieron tiendas de barrio en sus salones o puestos de mercado en las calles. Al igual que sus equivalentes en la Europa del Este al final de la Guerra Fría, ofrecen una muestra de comida estadounidense importada, en marcado contraste con la desalentadora oferta de las empresas estatales.
Estos comerciantes han sido un salvavidas para muchos en la isla, sobre todo después de que Trump endureciese el embargo comercial estadounidense el año pasado y anunciase en enero que quería cortar el suministro de petróleo a Cuba para presionar al Gobierno a negociar con Washington.
"El sector privado es la razón por la que muchos cubanos aún pueden comer", afirma un empresario en La Habana. "Si dependieran del Estado, morirían de hambre".
El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, ha sugerido que los líderes comunistas de Cuba podrían permitir que el sector privado tenga más margen para operar como parte de un acuerdo más amplio con Washington.
"Es importante que el pueblo cubano tenga más libertad, no sólo libertad política, sino también libertad económica", declaró a Bloomberg en una entrevista en Múnich el fin de semana pasado. "El régimen cubano no comprende en profundidad cómo funcionan los negocios y la industria, y la gente está sufriendo por ello. Así que pienso que su disposición empezar a abrirse en este sentido es una posible vía de avance".
Pero los precios de libre mercado que cobran las tiendas privadas están fuera del alcance de los cubanos que perciben salarios públicos y no tienen generosos familiares en el extranjero. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos, un grupo de defensa de los derechos humanos de la oposición, estimó el año pasado que el 89% de los cubanos vivía en la pobreza "extrema".
En un puesto de La Habana, una bolsa de azúcar importado de Brasil y un paquete de harina cuestan juntos más de 1.200 pesos (42 euros), casi el salario de dos semanas de un jubilado y de una semana de un empleado que cobra el salario estatal promedio de 6.000 pesos.
Una anciana se marcha con todo lo que puede permitirse: dos huevos a 90 pesos cada uno. "Los he comprado para mi nieta porque está embarazada", explica.
Alrededor de un tercio de los cubanos trabaja en el sector privado, donde los salarios pueden ser mucho más altos. Para otros, la diáspora de 4 millones de personas es un salvavidas. Tiendas de comestibles en línea, como Supermarket23, permiten a los familiares hacer un pedido en el extranjero con entrega en La Habana en tan solo cuatro horas.
Otros encuentran maneras de enviar divisas a sus familiares en la isla. Estas se pueden cambiar en el mercado negro a 500 pesos por dólar, en lugar del tipo de cambio oficial de 24 pesos.
La vida para el sector privado sigue siendo complicada. El régimen pisó el freno en seco en 2024, restringiendo el número máximo de empleados por empresa a 100, obligando a las empresas privadas a cobrar en moneda local y a operar a través de un intermediario estatal para importar bienes.
"El Gobierno cubano es como un niño pequeño que se da cabezazos contra la pared", afirma un consultor empresarial de La Habana. "Tiene que golpearse la cabeza al menos tres veces antes de darse cuenta de que necesita probar otro camino".
Sin embargo, la crisis ha obligado al Gobierno a convivir con el sector privado, al que considera un mal necesario. Los funcionarios a veces culpan al sector privado de la inflación o de la "especulación", pero reconocen que desempeña un papel vital.
EEUU exportó 444 millones de dólares (375 millones de euros) en bienes a Cuba en los primeros 11 meses de 2025, un 13% más interanual, según el Consejo Económico y Comercial EEUU-Cuba, una organización sin fines de lucro. Las exportaciones fueron principalmente productos agrícolas, alimentos y medicamentos, que están exentos del embargo de Washington.
El despliegue de pequeñas empresas es el único proyecto del Gobierno "que ha tenido algún éxito" en los últimos 15 años, afirma Joe García, excongresista demócrata de Florida con vínculos con Cuba.
Entre los obstáculos que enfrentan se encuentra la constante manipulación del Gobierno de los tipos de cambio y las divisas, que ha creado un atolladero financiero para los cubanos.
Para explicar el sistema, un empresario local dibuja una pirámide que muestra la jerarquía local del dinero. En la base se encuentran las transferencias electrónicas de pesos cubanos que se utilizan para pagar a los empleados del sector público. Languidecen en la base debido a la escasez de billetes, lo que significa que sus receptores deben hacer cola en los bancos para conseguir dinero que puedan gastar.
Por encima de los pesos en efectivo está el MLC, un "peso convertible" que sólo existe en formato electrónico, pero que teóricamente equivale a un dólar; luego, los billetes verdes en efectivo; y, justo en la cima, los dólares en el extranjero que permiten pagar las importaciones.
A pesar de las complejidades, el floreciente sector privado ha enriquecido a algunos empresarios cubanos lo suficiente como para permitirse delicias gourmet y coches nuevos.
En una tienda de delicatessen españoles en una tranquila calle residencial de La Habana, la discreción es la consigna. La mayoría de los clientes hacen pedidos por Internet de champán Krug, jamón ibérico de bellota y filetes de primera calidad, explica una vendedora. ¿Son extranjeros? "No, hay muchos cubanos", responde con una sonrisa.
A pocas manzanas, los mendigos hurgan en la basura de la calle en busca de sobras para comer, mientras que la tienda ofrece a la nueva clase adinerada de la isla foie gras francés a 27 dólares el tarro y entrecot de ternera de Kobe a 200 dólares el kilo.
En Womy, un concesionario a menos de un kilómetro del centro de gobierno de La Habana en la Plaza de la Revolución, se venden más de 60 camionetas y coches Toyota importados, algunos con un precio de 45.000 euros. "El negocio va bien, hay mucha demanda", dice un vendedor.
El combustible es otro tema. Desde que Trump suspendió las importaciones de petróleo de Cuba el mes pasado, las colas en las pocas gasolineras que aún venden se han alargado drásticamente. Los conductores deben pagar el precio de mercado de 1,30 dólares por litro y pueden esperar hasta 24 horas para repostar, durmiendo en sus coches.
Existe una solución alternativa: los pocos que pueden permitírselo importan coches híbridos o patinetes eléctricos y los cargan utilizando paneles solares en el techo de sus casas.
La última vez que Cuba sufrió penurias extremas, tras el colapso de su principal benefactor, la Unión Soviética, en 1991, no existía una brecha tan evidente entre ricos y pobres, explica William LeoGrande, experto en Cuba de la Universidad Americana de Washington.
"Es un problema político para el Gobierno", asegura. "En la década de 1990, los cubanos estábamos todos en el mismo barco, por así decirlo, y había un sentido de comunidad y solidaridad. Ahora, la desigualdad es muy visible, y eso es un agravio político para la gente".
El mes pasado, Trump declaró que creía que el Gobierno cubano estaba "a punto de caer", mientras que Rubio afirmó que a la Administración "le encantaría ver" un cambio de régimen en La Habana, pero que no necesariamente haría que ocurriese.
A medida que la crisis se agrava, muchos cubanos se han visto obligados a buscarse la vida. Los hoteles estatales han despedido personal por la falta de turistas, mientras que las obras se están paralizando por la falta de cemento.
Alejandro busca botellas de plástico entre los montones de basura que se han acumulado sin recoger en las calles del centro de La Habana.
"Me pagan 10 pesos por botella, siempre y cuando estén en perfecto estado para poder reutilizarlas", explica. "Pero primero tengo que limpiarlas por dentro y por fuera. En un buen día, puedo ganar 400 pesos".
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