Al superponer ambos mapas, los investigadores descubrieron que los asentamientos humanos evitaban sistemáticamente las zonas de alto riesgo de malaria. El reporte concluye que este patrón consistente demuestra que enfermedades infecciosas como la malaria funcionaron como barreras ecológicas que alteraron la forma en que las poblaciones humanas se movieron durante el Pleistoceno.
Al analizar la evolución temporal, los investigadores identificaron dos momentos críticos en los que la malaria alcanzó condiciones especialmente favorables para persistir. El primero ocurrió entre 60,000 y 50,000 años atrás, coincidiendo con el periodo en el que algunos grupos humanos comenzaron a salir de África. El segundo, mucho más intenso, apareció alrededor de 13,000 años atrás, antes de la agricultura, cuando el clima se volvió más cálido y húmedo tras el último máximo glacial. En ambos casos, las zonas donde la malaria podía mantenerse de forma estable actuaron como barreras invisibles que moldearon las rutas de dispersión humana.
“Nuestros resultados destacan la importancia de considerar las distribuciones de enfermedades al modelar la demografía humana pasada, demostrando que los factores más allá del clima sustentan la estructura de la población, los patrones de elección del hábitat y la dispersión”, escriben los autores.
La malaria es una enfermedad en la que un mosquito transmite un parásito directamente al torrente sanguíneo. El estudio analizó la infección generada por el microorganismo Plasmodium falciparum, el más letal dentro de los registros médicos de la malaria. Este parásito invade los glóbulos rojos con rapidez, causa anemia severa y puede bloquear vasos sanguíneos del cerebro.