Domingo, 01 de febrero de 2026 Dom 01/02/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Tecnología

La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor

La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor
Artículo Completo 1,225 palabras
Si hoy pensamos en un astronauta, solemos imaginarnos a alguien con formación científica avanzada, preparado para convivir semanas o meses en un entorno desafiante, dominar sistemas complejos, robótica e incluso varios idiomas. Pero en los años sesenta, cuando la carrera espacial era una carrera de velocidad y de prestigio, el molde era otro: la NASA buscaba perfiles operativos, gente capaz de tomar decisiones bajo presión y volar máquinas que nadie había volado antes. Ese fue el patrón que marcó casi todo el programa Apolo. Y, sin embargo, hubo una excepción que rompió la norma: por primera y única vez, uno de los que pisaron la Luna fue seleccionado específicamente como científico, y eso influyó en lo que aprendimos sobre ella. El protagonista de esta excepción fue Harrison H. “Jack” Schmitt, y su caso es único dentro del programa lunar. En el Apolo hubo astronautas con doctorados o formación técnica avanzada, sí, pero eso no los convierte automáticamente en “científicos-astronautas”. La diferencia está en el criterio de selección. Buzz Aldrin, por ejemplo, tenía un doctorado en astronáutica, pero entró en el cuerpo de astronautas por la vía habitual del piloto militar (Grupo 3), como tantos otros. En junio de 1965, según la NASA, se seleccionó un grupo específico para incorporar científicos, el Grupo 4, y Schmitt fue el único miembro de esos miembros que terminó asignado a una misión de alunizaje, Apolo 17. El astronauta que llegó por ser científico Antes de convertirse en astronauta, Schmitt ya trabajaba, literalmente, pensando en la Luna. Según el USGS, en 1964 se incorporó como geólogo al equipo de Astrogeology del Flagstaff Science Center tras doctorarse en Harvard, participó en el mapeo geológico lunar y lideró el proyecto Lunar Field Geological Methods, centrado en cómo hacer geología de campo aplicada a la exploración del satélite. Esa experiencia lo colocó en una posición singular dentro del programa: no era un recién llegado a la ciencia lunar. Tras su incorporación a la NASA, su contribución fue más allá del vuelo. El Florida Institute for Human and Machine Cognition subraya que organizó el entrenamiento científico lunar de los astronautas de Apolo, representó a las tripulaciones durante el desarrollo de hardware y procedimientos para explorar en superficie, supervisó la preparación final de la etapa de descenso del módulo lunar de Apolo 11, además de ejercer como científico de misión.  Apolo 17 no fue una misión más dentro del programa. La NASA la definió como la última de las tres misiones J-type, una serie caracterizada por mayor capacidad de hardware, más carga científica y el uso del Lunar Roving Vehicle, el rover eléctrico que ampliaba el radio real de exploración. Eso explica por qué la exploración del valle Taurus-Littrow no se eligió al azar. El objetivo era ambicioso: trabajar en una zona donde pudieran encontrarse rocas más antiguas y más jóvenes que las recuperadas en misiones previas. A esa ambición científica se sumaba un diseño operativo con margen para desplegar y activar experimentos en superficie, hacer muestreos y completar tareas fotográficas y de experimentación tanto en órbita lunar como en el regreso a la Tierra. En una entrevista con la agencia espacial japonesa (JAXA), Schmitt explica que un especialista llega con años de experiencia acumulada, y eso le permite decidir mucho más rápido qué es importante y qué no lo es. Schmitt recuerda que la NASA entrenó a sus astronautas pilotos para observar bien y comprender los problemas que estaban trabajando, pero insiste en que no hay sustituto para la experiencia, sea en geología, medicina o cualquier otra disciplina. Esa es la lógica práctica que sostiene su presencia en Apolo 17: cuando el objetivo ya no es solo llegar, sino interpretar un entorno y elegir muestras con criterio, tener en el terreno a alguien que ha hecho geología de campo durante años cambia la calidad de las decisiones. Y ahí aparece uno de los episodios más recordados de Apolo 17. En mitad del trabajo de campo en Taurus-Littrow, Schmitt y Eugene Cernan identificaron el llamado “suelo naranja”, un hallazgo que generó una gran expectación en la comunidad científica. En el marco de la misión, ese material se ha descrito como vidrio volcánico o material piroclástico, y se interpreta como una evidencia especialmente clara de vulcanismo explosivo antiguo en la Luna. No era solo una rareza de color. Era una pista sobre la historia térmica y geológica del satélite, y un ejemplo perfecto de por qué la misión había buscado un lugar donde pudieran aparecer materiales distintos, más antiguos y también más jóvenes que los traídos por otras expediciones. Si la historia de Schmitt parece rara es porque, dentro del mismo grupo de scientist-astronauts, fue el único con destino lunar. El USGS recoge que, de más de 1.000 solicitantes, se seleccionaron seis, y que tres de ellos, Joe Kerwin, Owen Garriott y Edward Gibson, acabarían volando en Skylab en 1973 y 1974. Es decir, ciencia, sí, pero lejos del alunizaje. La NASA quería reforzar el componente científico del vuelo tripulado, pero la prioridad del programa lunar seguía siendo otra y el espacio para “especialistas” era limitado. En ese contexto, Schmitt destaca no solo por pisar la Luna, sino por lo que implica: incluso dentro de un grupo creado para sumar ciencia, el alunizaje seguía siendo territorio casi exclusivo del perfil operativo. En Xataka Japón ha perdido un satélite de cinco toneladas de la forma más insólita imaginable: “se le cayó” durante el lanzamiento La historia de Schmitt tiene valor precisamente porque no es solo una rareza biográfica, es un espejo. En Apolo, el astronauta ideal era un operador, y solo una vez, en el último alunizaje, ese molde se abrió para integrar a alguien seleccionado por su perfil científico. Como hemos visto, en la actualidad, la formación de astronautas está diseñada para misiones largas y complejas, con requerimientos diferentes. Y justo ahora, cuando la carrera lunar vuelve a asomar, esa pregunta recobra sentido. Desde Apolo 17, en 1972, los humanos no hemos regresado a la superficie, pero la NASA plantea un camino de vuelta con Artemis, con Artemis II como sobrevuelo tripulado y Artemis III como el alunizaje previsto si se cumplen los planes. Con China también apuntando al satélite, el regreso ya no se lee solo en clave histórica. Volver a la Luna implica decidir, otra vez, si el objetivo es llegar o comprender. Imágenes | NASA  En Xataka | Cuatro astronautas van a emprender un viaje sin precedentes hacia la Luna. No tienen intención de pisarla - La noticia La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor fue publicada originalmente en Xataka por Javier Marquez .
La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor
  • En las misiones Apolo, la NASA priorizaba pilotos militares y perfiles operativos

  • Jack Schmitt fue la excepción, el único científico-astronauta que alunizó en Apolo 17

Sin comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-02-01T20:00:56Z

Javier Marquez

Editor - Tech

Javier Marquez

Editor - Tech Linkedintwitter3146 publicaciones de Javier Marquez

Si hoy pensamos en un astronauta, solemos imaginarnos a alguien con formación científica avanzada, preparado para convivir semanas o meses en un entorno desafiante, dominar sistemas complejos, robótica e incluso varios idiomas. Pero en los años sesenta, cuando la carrera espacial era una carrera de velocidad y de prestigio, el molde era otro: la NASA buscaba perfiles operativos, gente capaz de tomar decisiones bajo presión y volar máquinas que nadie había volado antes. Ese fue el patrón que marcó casi todo el programa Apolo. Y, sin embargo, hubo una excepción que rompió la norma: por primera y única vez, uno de los que pisaron la Luna fue seleccionado específicamente como científico, y eso influyó en lo que aprendimos sobre ella.

El protagonista de esta excepción fue Harrison H. “Jack” Schmitt, y su caso es único dentro del programa lunar. En el Apolo hubo astronautas con doctorados o formación técnica avanzada, sí, pero eso no los convierte automáticamente en “científicos-astronautas”. La diferencia está en el criterio de selección. Buzz Aldrin, por ejemplo, tenía un doctorado en astronáutica, pero entró en el cuerpo de astronautas por la vía habitual del piloto militar (Grupo 3), como tantos otros. En junio de 1965, según la NASA, se seleccionó un grupo específico para incorporar científicos, el Grupo 4, y Schmitt fue el único miembro de esos miembros que terminó asignado a una misión de alunizaje, Apolo 17.

El astronauta que llegó por ser científico

Antes de convertirse en astronauta, Schmitt ya trabajaba, literalmente, pensando en la Luna. Según el USGS, en 1964 se incorporó como geólogo al equipo de Astrogeology del Flagstaff Science Center tras doctorarse en Harvard, participó en el mapeo geológico lunar y lideró el proyecto Lunar Field Geological Methods, centrado en cómo hacer geología de campo aplicada a la exploración del satélite. Esa experiencia lo colocó en una posición singular dentro del programa: no era un recién llegado a la ciencia lunar. Tras su incorporación a la NASA, su contribución fue más allá del vuelo. El Florida Institute for Human and Machine Cognition subraya que organizó el entrenamiento científico lunar de los astronautas de Apolo, representó a las tripulaciones durante el desarrollo de hardware y procedimientos para explorar en superficie, supervisó la preparación final de la etapa de descenso del módulo lunar de Apolo 11, además de ejercer como científico de misión. 

Apolo 17 no fue una misión más dentro del programa. La NASA la definió como la última de las tres misiones J-type, una serie caracterizada por mayor capacidad de hardware, más carga científica y el uso del Lunar Roving Vehicle, el rover eléctrico que ampliaba el radio real de exploración. Eso explica por qué la exploración del valle Taurus-Littrow no se eligió al azar. El objetivo era ambicioso: trabajar en una zona donde pudieran encontrarse rocas más antiguas y más jóvenes que las recuperadas en misiones previas. A esa ambición científica se sumaba un diseño operativo con margen para desplegar y activar experimentos en superficie, hacer muestreos y completar tareas fotográficas y de experimentación tanto en órbita lunar como en el regreso a la Tierra.

En una entrevista con la agencia espacial japonesa (JAXA), Schmitt explica que un especialista llega con años de experiencia acumulada, y eso le permite decidir mucho más rápido qué es importante y qué no lo es. Schmitt recuerda que la NASA entrenó a sus astronautas pilotos para observar bien y comprender los problemas que estaban trabajando, pero insiste en que no hay sustituto para la experiencia, sea en geología, medicina o cualquier otra disciplina. Esa es la lógica práctica que sostiene su presencia en Apolo 17: cuando el objetivo ya no es solo llegar, sino interpretar un entorno y elegir muestras con criterio, tener en el terreno a alguien que ha hecho geología de campo durante años cambia la calidad de las decisiones.

Y ahí aparece uno de los episodios más recordados de Apolo 17. En mitad del trabajo de campo en Taurus-Littrow, Schmitt y Eugene Cernan identificaron el llamado “suelo naranja”, un hallazgo que generó una gran expectación en la comunidad científica. En el marco de la misión, ese material se ha descrito como vidrio volcánico o material piroclástico, y se interpreta como una evidencia especialmente clara de vulcanismo explosivo antiguo en la Luna. No era solo una rareza de color. Era una pista sobre la historia térmica y geológica del satélite, y un ejemplo perfecto de por qué la misión había buscado un lugar donde pudieran aparecer materiales distintos, más antiguos y también más jóvenes que los traídos por otras expediciones.

Si la historia de Schmitt parece rara es porque, dentro del mismo grupo de scientist-astronauts, fue el único con destino lunar. El USGS recoge que, de más de 1.000 solicitantes, se seleccionaron seis, y que tres de ellos, Joe Kerwin, Owen Garriott y Edward Gibson, acabarían volando en Skylab en 1973 y 1974. Es decir, ciencia, sí, pero lejos del alunizaje. La NASA quería reforzar el componente científico del vuelo tripulado, pero la prioridad del programa lunar seguía siendo otra y el espacio para “especialistas” era limitado. En ese contexto, Schmitt destaca no solo por pisar la Luna, sino por lo que implica: incluso dentro de un grupo creado para sumar ciencia, el alunizaje seguía siendo territorio casi exclusivo del perfil operativo.

En XatakaJapón ha perdido un satélite de cinco toneladas de la forma más insólita imaginable: “se le cayó” durante el lanzamiento

La historia de Schmitt tiene valor precisamente porque no es solo una rareza biográfica, es un espejo. En Apolo, el astronauta ideal era un operador, y solo una vez, en el último alunizaje, ese molde se abrió para integrar a alguien seleccionado por su perfil científico. Como hemos visto, en la actualidad, la formación de astronautas está diseñada para misiones largas y complejas, con requerimientos diferentes. Y justo ahora, cuando la carrera lunar vuelve a asomar, esa pregunta recobra sentido. Desde Apolo 17, en 1972, los humanos no hemos regresado a la superficie, pero la NASA plantea un camino de vuelta con Artemis, con Artemis II como sobrevuelo tripulado y Artemis III como el alunizaje previsto si se cumplen los planes. Con China también apuntando al satélite, el regreso ya no se lee solo en clave histórica. Volver a la Luna implica decidir, otra vez, si el objetivo es llegar o comprender.

Imágenes | NASA 

En Xataka | Cuatro astronautas van a emprender un viaje sin precedentes hacia la Luna. No tienen intención de pisarla

Fuente original: Leer en Xataka
Compartir