En junio de 2017, un Pedro Sánchez que acababa de recuperar la secretaría general del PSOE afirmó que España era un «Estado plurinacional». La postura de los socialistas se acercaba así a la de Podemos, que llevaba tiempo repitiendo la misma idea; lo que diferenciaba a los dos partidos eran las consecuencias que extraían de aquel presunto «hecho». Los de Iglesias, más clásicos, consideraban que toda nación tenía el derecho a la autodeterminación; los de Sánchez, más imaginativos, consideraban que la plurinacionalidad era reconciliable con un único sujeto soberano. No es necesario que nos detengamos en los sinsentidos de este planteamiento; lo que importa es señalar que, desde hace una década, las posiciones oficiales de las grandes formaciones de izquierdas han defendido la fragmentación identitaria del pueblo español. Además, a partir de 2018, los acuerdos del PSOE con los separatistas han ahondado en esa fragmentación de lo común y potenciación de lo particular -y desigual-, en un proceso que siempre se justificaba con la retórica de la pluralidad de España, el rechazo al centralismo, etc.
Viene esto a cuento de los malos resultados de PSOE y Podemos/Sumar/IU en las elecciones andaluzas y el bueno de Adelante Andalucía. Un hecho que, junto a la pujanza de la Chunta y de los ya clásicos BNG o Bildu, apuntaría a la posibilidad de que la izquierda universalista y de ámbito nacional está perdiendo fuelle frente a una izquierda particularista; «izquierda identitaria» es como la ha bautizado en este periódico el siempre agudo Luis Miller. Sin embargo, cuesta considerar que lo que realmente diferencia a estas formaciones del PSOE y Podemos/Sumar/IU sea su apuesta por un reconocimiento de las identidades locales: el socialismo y el poscomunismo españoles ya llevan mucho tiempo ahí. Si acaso, podemos ver una continuidad entre la naturalización de unas identidades fragmentadas que llevaron a cabo los partidos de izquierdas «clásicos» y la explotación de las mismas que están llevando a cabo los «identitarios». Y en realidad el proceso es de más largo aliento: la creación de UPyD o de Ciudadanos a mediados de los 2000 se debe, en buena medida, a la impresión que ya entonces tenían algunos sectores de que el PSOE de Maragall y Zapatero había abandonado el universalismo.
Por todo ello, parece más adecuado ver el resultado de Adelante Andalucía y partidos similares como un voto de protesta contra el PSOE desde la izquierda, y no tanto como el resultado de una mutación ideológica en ese ámbito. Claro que esto expone las limitaciones de esta protesta: al final, para bien y para mal, el punto de referencia para las autodefiniciones de la izquierda sigue siendo el PSOE.