Pascal Saint-Amans revela la trastienda del acuerdo fiscal logrado por Trump sobre el impuesto mínimo. Opina que Europa y el G20 aceptaron un trato asimétrico bajo la amenaza de una guerra comercial.
El impuesto mínimo global del 15% a las multinacionales ha sobrevivido a la segunda presidencia de Donald Trump, pero lo que queda en pie es una versión descafeinada y desigual del histórico pacto de 2021. Según un contundente análisis publicado por Pascal Saint-Amans, el arquitecto original de estas negociaciones en la OCDE, el nuevo acuerdo "lado a lado" (side-by-side) firmado recientemente no es fruto de la convicción multilateral, sino del miedo a las represalias económicas de Estados Unidos.
En su artículo para Bruegel, Saint-Amans expone cómo la diplomacia de Washington ha forzado a 147 jurisdicciones a aceptar un sistema que, a su juicio, no solo favorece a las empresas estadounidenses, sino que debilita peligrosamente la lucha contra los paraísos fiscales y los incentivos nocivos.
Para entender por qué la Unión Europea aceptó un trato que sus propias directivas consideraban incompatible, hay que mirar hacia el Congreso de Estados Unidos. Saint-Amans detalla cómo la administración Trump incluyó una "píldora venenosa" en su legislación fiscal (One Big Beautiful Bill Act): la sección 899.
Esta cláusula era una declaración de guerra comercial. Si algún país se atrevía a aplicar la regla del impuesto mínimo (UTPR) a una multinacional estadounidense que pagara pocos impuestos, Washington respondería automáticamente con retenciones masivas sobre los ingresos de origen estadounidense de ese país.
"El miedo a las represalias de Estados Unidos prevaleció", sentencia Saint-Amans. Aunque insiste en que la UE tenía argumentos legales para resistir -la directiva europea prohíbe explícitamente sistemas como el que proponía Trump-, la unidad se resquebrajó ante la amenaza económica. El punto de inflexión llegó en junio de 2025, cuando Francia y Alemania "se alinearon" con las exigencias de Washington, forzando al resto del bloque a aceptar un arreglo que se ha vendido diplomáticamente como un "puerto seguro", pero que en la práctica es una capitulación.
El regreso de la competencia fiscal "desleal"
Más allá de la geopolítica, Saint-Amans alerta sobre un daño estructural al sistema. El acuerdo ha abierto la puerta trasera a los incentivos fiscales que el Pilar II original pretendía cerrar.
El objetivo inicial era simple. Si un país daba demasiadas exenciones fiscales a una empresa y su tasa efectiva bajaba del 15%, otro país podía cobrar la diferencia. Sin embargo, para acomodar a Estados Unidos, el nuevo acuerdo introduce una categoría de "incentivos fiscales basados en la sustancia".
Esto permite a los países ofrecer generosas deducciones (vinculadas a nóminas o activos tangibles) sin que cuenten como una bajada de impuestos a efectos del cálculo global. Según Saint-Amans, este cambio técnico tiene graves consecuencias políticas y económicas. A su juicio, el sistema beneficia enormemente a Washington, que utiliza créditos fiscales no reembolsables (como los de I+D) para subsidiar a sus empresas. Ahora, una filial de una empresa alemana en Estados Unidos. podría pagar muy por debajo del 15% gracias a estos créditos, y Alemania no podría cobrarle el impuesto extra.
Saint-Amans cree también que es un golpe a los países en desarrollo. "Este ajuste corre el riesgo de desatar de nuevo las dinámicas que el impuesto mínimo buscaba contener", advierte el ex negociador. "Los países pobres, que carecen de capacidad presupuestaria para regalar créditos fiscales, se verán presionados nuevamente a entrar en una carrera a la baja para atraer inversión, compitiendo contra los subsidios de las potencias ricas", añade.
El resultado, según su análisis, es un acuerdo que ha "abandonado su sólida lógica original". No se ha realizado ninguna evaluación de impacto sobre cuánto daño harán estos nuevos incentivos a la recaudación global, pero el veredicto de Saint-Amans es que se ha reintroducido la competencia fiscal en el sistema.
La conclusión del exnegociador de la OCDE es que aunque el marco multilateral se ha salvado formalmente, evitando el caos de una ruptura total, el precio ha sido aceptar un campo de juego inclinado. En su opinión, Estados Unidos ha logrado proteger sus subsidios y blindar a sus empresas bajo la amenaza de sanciones, mientras el resto del mundo, por miedo, ha validado un sistema donde las reglas ya no son iguales para todos.
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