Entraron juntos, pero esta vez era distinta. Como siempre, José Luis Ábalos iba primero. Muy delgado, sonrió a la funcionaria que lo recibía en la puerta del salón de plenos. Unos pasos más atrás, su escudero, Koldo García Izaguirre, llegó como enfurruñado, con pelo a rebosar. Qué ironía. Unidos en tantas batallas y en tantas noches de desenfreno, ahora comparten banquillo, pierna con pierna, recién salidos de la cárcel de Soto del Real, en el Tribunal Supremo. Y allí permanecieron inmóviles durante buena parte de la primera sesión del caso Mascarillas, sin apenas mirarse. A veces Ábalos se ponía las gafas como para apuntar algo, pero se las quitaba al instante y no apuntaba nada. Con los dedos pegados a las sienes, Koldo se cubría la cara.
Los primeros platos fueron tensos. Ay, la familia. Víctor Manuel Ábalos apareció como un calco de su padre antes de la gloria y el martirio. Dejó para la historia su explicación de que «café» no era una palabra en clave sino auténtico café colombiano. No debió de ser un buen trago: al marcharse buscó la aprobación paterna, cosa que logró a la segunda, cuando Ábalos asintió levemente mientras bajaba los párpados muy lento. Pareció El Padrino versión berlanguiana.
Luego habló el hermano de Koldo, Joseba, otra réplica pero sin barba. Afable, sencillote, dio mil veces las gracias. Ex sindicalista de UGT en el área de seguridad, portador de sobres en efectivo, asiduo a la República Dominicana, Joseba definió bien la estética y la ética de la fauna circundante en el orgullo con el que proclamó: «Yo jamás he abierto un sobre, ¡jamás!». Joseba ayudaba a Jésica Rodríguez a completar los partes del trabajo que nunca realizó en Ineco y le explicaba cómo acogerse al teletrabajo o cómo hacerse con los cheques Gourmet. Fueron momentos mágicos.
Aunque el plato fuerte era ella. Su «casita de novios» pagada por la trama Ábalos-Koldo-Aldama y elegida a capricho; su decepción con el ministro, que no se divorciaba; sus audios desesperada por quedarse sin «un puñetero sitio donde plantar el culo»; sus viajes con «Jose»... Su calvario por descuidar los partes -a Jésica le gusta «hacer todo perfecto»- y por que este martes nadie en el Supremo le ofreciera «ni una botella de agua».
Es la misma Justicia fría e implacable que sólo la mostró de espaldas ante las cámaras de prensa. La misma que, por boca de Andrés Martínez Arrieta, se ofendió cuando el abogado de Ábalos le preguntó si era prostituta. Ella lo negó: es dentista y antes era «azafata de imagen». Fue una pregunta interesada, sí, pero penalmente pertinente, y la incomodidad que generó, una prueba de la infantilización que nos rodea. ¡No se podía nombrar al elefante en la sala!
Con Jésica fue muy cruel Luis Alberto Escolano, el empresario que pagó el alquiler de la Plaza de España. «Me llamaba 20.000 veces», «a la una y media de la mañana», quejándose del congelador, el diferencial, el aire acondicionado. Así que cuando su socio Aldama le ordenó dejar de pagar, él estaba «encantado». Se moría de la risa. «Esta señorita era un problema para mí». ¡Podía costarle el divorcio!
Entre reprimenda y reprimenda del presidente a Leticia de la Hoz, la letrada de Koldo, cercana al PSOE y exasperante incluso para el salomónico Arrieta, la tarde acogió la anatomía de un enchufe. Fue elocuente la respuesta final de Virginia Barbancho, jefa de Tragsatec: «A lo mejor si pongo las cosas [sus sospechas] por escrito, tal vez el traslado que pido no me lo dan...».
Aldama, con el traje apretado, la camisa impoluta y la forma física que sólo proporciona la libertad, no pareció pasarlo mal. Un policía lo separaba, en el banquillo, de Ábalos y Koldo. El fresco La Ley triunfando sobre el mal, de Marceliano Santa María, parecía observarlos desde la bóveda. La figura que con dos caballos blancos vence al robo, la violación y el vicio es la Justicia: una diosa.