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Gabriel Guevara, Nacho G. Velilla, Vito Sanz y Raúl Arévalo. R. C.Nacho G. Velilla
Director «La torpeza de los secuestradores de Quini siempre ganaba a su maldad»Movistar Plus+ ·
«Concebimos 'Por cien millones' como una película de dos horas y media», asegura el cineasta, que regresa a la televisión tras una década alejado de ellaMadrid
Jueves, 9 de abril 2026, 00:04
... que la pequeña pantalla se le había quedado pequeña, valga la redundancia, en favor de películas como 'Menudas piezas', 'Por los pelos' o 'Que se mueran los feos'. Ha sido la inaudita historia del secuestro del futbolista Quini, en los ochenta, la que le ha hecho volver a televisión con 'Por cien millones', serie de tres episodios que desde hace unas semanas esta disponible en Movistar Plus+.-No rodaba para la televisión desde ‘Fenómenos’ en 2012. Entonces, ni siquiera había llegado Netflix a España. ¿Ha notado mucho cambio?
-Buff, sí, desde hace mucho (risas). Es que este proyecto en sí no tiene nada que ver con la tele que hacía yo ni a nivel de contenido ni a nivel de producción. Primero porque es un contenido que a mí me gusta y que lo estoy haciendo tal y como quiero, sin ningún condicionamiento, y muy apoyado por Movistar, a la que le doy las gracias porque entendieron el tono y quisieron que lo hiciéramos, una tragicomedia, de no irnos a una comedia pura ni explotar otro tipo de de comedias con las que yo he tenido éxito, sino darme libertad absoluta para llegar a un tono que igual es un poco más comprometido, que tiene más poso y que parte de unos hechos reales. ¿Se podría haber hecho en esa época y en una tele generalista? Yo creo que no. Segundo, en cuanto a nivel de producción, el equipo con el que he producido la miniserie es mi equipo de cine y, desde el minuto uno, lo concebimos como una película de dos horas y media.
-¿Cómo se empezó a interesar por esta historia?
-Soy de Zaragoza y era pequeño cuando sucedió pero recuerdo ese titular de 'Quini liberado' porque fue un shock para toda la ciudad. La gente pensaba que a Quini le habían secuestrado el Grapo o ETA, que cada dos meses en los ochenta secuestraban a alguien. De pronto, que la noticia fuera que eran tres mecánicos de Zaragoza en paro y que Quini llevaba en un sótano al lado del Ebro encerrado 25 días sorprendió mucho. Y es de estas historias que a mí me gustan y las llevas ahí en la cabeza. El detonante fue una comida con un escritor muy amigo, que es Miguel Mena. Yo estaba interesado en un libro suyo que se llama 'Alcohol de quemar', que me parece una historia muy cinematográfica y comimos para hablar del tema, y a partir de ahí empezamos a hablar de historias rocambolescas, de la intrahistoria que esconden los grandes titulares de periódicos y de esos personajes secundarios que rodean a la historia oficial, que es lo que a mí siempre me ha interesado en todo lo que he escrito y derivó en el caso de Quini.
-¿Y eso?
-Me empezó a contar que había escrito un libro que tenía como trasfondo el secuestro y se había documentado bastante. Me decía: «¿Tu sabes que escogieron al secuestrado a través de unas revistas del corazón? ¿O que cuando lo metieron en su propio coche vieron que era automático y no sabían cómo se conducía y Quini les dio las instrucciones?» (risas). Entonces, conforme empezó a contar todo eso, ya me quedé flasheado y totalmente enamorado de la historia que tiene una premisa dramática y trágica muy bestia, pero luego también tiene una premisa cómica muy potente... Si somos capaces de encontrar el equilibrio, entre las dos tendremos una cosa muy buena.
-Resulta sorprendente que uno como espectador acaba de alguna manera entendiendo esa desesperación y queriendo que les salga bien sin que Quini sufra, claro.
-Sí, que se lleven algún dinerillo (risas). Cuando empecé a darle vueltas con Oriol Capel, que es el coguionista, nuestra preocupación era cómo logramos que el espectador empatice con tres señores que han secuestrado a un ser de luz como Quini porque Quini no podía ser mejor persona y, de hecho, lo secuestraron por buena persona. Lo bueno es que su torpeza ganaba a su maldad. Todo lo que hacían tenía en su origen la necesidad en una época muy convulsa, con una crisis económica muy tremenda.
-Está tan llena de comedia la serie que uno se pregunta hasta qué punto es verdad todo lo que sale en ella.
-La gente se va a sorprender. Las llamadas, por ejemplo, son reales. Cuando el personaje de Raúl dice esta barbaridad de «su marido come como una lima, ya me dirá cómo vamos a cobrar esto», es una transcripción de las llamadas reales a las que tuvimos acceso. Había además una cosa muy bonita porque ese señor iniciaba la llamada con la voz de un personaje y conforme él se iba poniendo nervioso, dejaba el papel a un lado le salía el acento de maño (risas). Te podría decir muchas más como que subían la música en los peajes. Nosotros hemos apretado la comedia ahí y hemos sacado ventaja a situaciones reales.
-Fueron 25 días de cautiverio y aun así Quini les perdonó.
-Es una de las razones por las que nosotros estamos cómodos dentro de la historia. Quini le quitó siempre importancia, había perdonado a los secuestradores y les perdonó la multa. Hizo, además, un perdón público en el juicio y todo eso jugó a nuestro favor. Una de las cosas más bonitas es que, como contó a Mercedes Milá, durante el juicio fueron las mujeres de los secuestradores a pedir perdón al futbolista y, de pronto, la niña de uno de ellos le pidió un autógrafo, y Quini se lo dio con un beso. Eso sale en la serie, pero lo que no sale es que la mujer se puso a llorar, muy emocionada, y él se la llevó a desayunar para tranquilizarla y consolarla. Ese era Quini. Cuando la gente vea eso dirá: «Joder, el Velilla y el Capel, qué cosas se inventan, qué ñoños» (risas). También es real, la anécdota del cartel que cuelga el bar en la serie: «Aquí se sirven los bocadillos que comía Quini» (risas). Aquel señor, maño de pro, hizo una operación de marketing pionera en la época.
-Los tres mecánicos están en una situación bastante extrema, pero echas la vista al presente y las cosas para los jóvenes no parecen ahora mejores, sobre todo a la hora acceder a una vivienda.
-Es un poco preocupante. Nosotros cuando nos empezamos a documentar sobre la época, nos sorprendíamos, no sé si es el efecto nostálgico, de que estéticamente era más atractiva de lo que nosotros pensábamos en vestuario, que ahora todos vestimos iguales, y era una cosa maravillosa. Pero luego había una parte preocupante que es que esos problemas de vivienda que había en el 80 o en el 81, que es uno de los detonantes de los secuestradores... Es que lees los mismos titulares hoy en día. Madre mía, ¿45 años y estamos dándole la vuelta a la historia? Probablemente hay una cosa que alivia un poco y es que en aquella época el respaldo de ayudas sociales o de soporte para gente en esa situación no existía y hoy sí que existe algo. Con lo cual estos señores no tenían dónde acudir y acudían a la brillante idea de secuestrar al pichichi de la liga (risas). Hoy en día, eso es lo que cambia. Lo que es preocupante es que estemos en una sociedad donde los recursos sean limitados para muchas personas y que eso siga siendo así y que en 45 años haya muchos más privilegiados pero también mucha más gente con pocos recursos.
-De fondo, la ficción toca también la idea de esa mujer relegada al hogar pero que cose como una bruta para sacar algo de dinero y que se ocupa también de la educación de sus hijos.
-Sí y es una situación real. Mi tía cosía en su casa para sacar un dinero extra porque tenía tres hijos. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años y éramos seis hijos y mi madre trabajaba pero crio a seis hijos ella sola con la ayuda de mi abuela. Yo me he criado alrededor de estas mujeres fuertes y con carácter y es una cosa que agradezco y que muchas veces está en los personajes de mis películas. Yo me crié en esa época donde lo mismo una mujer tenía la peluquería en su casa y tu ibas a cortarte el pelo y entrabas por la cocina y te lo cortaban en el salón (risas), porque hacían lo que podían para sacar la casa adelante.
-¿Cuáles diría que han sido los mayores retos de la ficción?
-Pues para mí era el tono, ese tono respetando el drama y la tragedia. Porque esto fue un drama para la familia de Quini y también para la Policía. 45 años después yo hablaba con los agentes y todavía tienen esa espinita y esa amargura de no haber resuelto el caso antes de «cómo no nos dimos cuenta», el FC Barcelona perdiendo partidos, los seguidores destrozados... Conseguir el tono de que te pueda reír cuando estás respirando una tragedia, era muy complicado. Con los actores, los primeros días de ensayo, no ensayamos nada. Me dediqué a contarles la historia porque quería que se impresionaran, que supieran lo que vivió la familia y cómo los secuestradores habían llegado a hacer estas cosas tan raras. Fue como un debate para que todos estuviéramos en la misma página y supiéramos lo que había ocurrido para luego ya poder dispararlo a más o menos comedia pero naciendo de los hechos reales.
-Tampoco habrá sido fácil trasladar la acción a los ochenta.
-Fue otra preocupación porque el que todo fuera muy creíble, para mí, era fundamental, más que nada porque esas calles donde yo he rodado las había recorrido yo. Quería que fueran como yo las recordaba y nos documentamos con las fotos de la época. Insistí en rodar en el zulo, que conocimos el zulo real, e incluso bajé por la trampilla donde bajó Quini, porque seguía todavía y luego lo reprodujimos en plató exactamente igual. Rodamos en ese portal, en esas escaleras, en ese taller... El secuestro está rodado en el mismo portal donde ocurrió, que es donde vivía Quini... Tenía una insistencia tremenda en que todo fuera muy real pero hasta el extremo de que la tele que le bajan los secuestradores cuando él pide una es la misma porque por la trampilla no cabían las televisiones normales de la época. Y luego en efectos visuales han tenido un trabajo muy arduo porque todas las calles de fondo, todo está recreado de tal forma que nosotros rodamos en las calles actuales luego pasaron un proceso de efectos visuales donde con fotos pudieron rehacer la calle tal como era en esa época y luego en proyección de LED nosotros poníamos a los actores en esas calles. La discoteca Astorga existió de verdad y ese es el logo y el cartel de la discoteca y el lugar en el que estaba. Queríamos que todo fuera muy creíble.
-Llama la atención que durante toda la serie estás pegado a los secuestradores, pero la leyenda final solo habla de Quini y no se sabe qué ocurrió con ellos ni cuántos años estuvieron en la cárcel.
-Porque para mí la serie era un homenaje a Quini, aunque fuera a través de sus secuestradores. Yo tenía muy claro que esta serie era posible gracias a un ser con una talla humana única y un futbolista que ojalá el fútbol recuperara a este tipo de futbolistas y no gente que vive en una burbuja, y tenía muy claro que el final de la serie tenía que ser un tributo porque si Quini no hubiera sido así, si Quini no hubiera perdonado a sus secuestradores y la deuda y no hubiera quitado fuego a todo el trauma que vivió y lo normalizara, yo no podría haber hecho esta serie porque habría un elemento dramático sobre él y sobre su familia que me hubiera hecho imposible hacerla.
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