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Sr. García . Un comino La vanguardia de la retaguardiaSábado, 7 de febrero 2026, 01:00
... con más cepas del mundo, uno de los de mayor riqueza varietal y genética, además, también estamos dejando de consumir uno de nuestros principales productos de la tierra. De seguir así, regiones enteras tendrán que revisar a fondo el modo de ganarse la vida con el que han llegado hasta hoy. Los terrícolas llevamos girando unas décadas sobre nuestros pies y hemos dejado de mirar a las viñas y a sus frutos de frente y con deseo. El vino hace décadas que dejó de ser socialmente un alimento y ahora amenaza también con dejar de ser una bebida cotidiana. Está empezando a mutar en un producto cultural de elección. De la bebida popular que fue a producto de excepcionalidad, de ocio y celebración, como mucho.Aquellos heterodoxos fueron surgiendo en distintas geografías vitivinícolas del país y no tenían un nexo previo profesional ni personal. Lo curioso es que en sus cabezas y corazones bullían inquietudes similares. Todos ellos, sin saberlo, conformaban una suerte de vanguardia de la retaguardia. Entendían el pasado como futuro, dicho de otro modo. Miraban más al suelo que a las líneas de embotellado, más a las cepas que a las cajas y a la parcela que a la gran finca. Reivindicaban vinos que representaran lugares, que extrajeran la esencia de los parajes con sus suelos y su vegetación, con su clima, no tipismos falsamente establecidos, y elaboraban a su aire, saltándose muchas de las recomendaciones de sus mayores y trabajando la prueba y el error, arriesgándose en las curvas. Lo que entonces se vendía y puntuaba en las guías más prestigiosas como exitoso y hasta moderno les parecía no sé si antiguo, pero sí fuera de lugar. Ellos reivindicaban más arrugas y más surcos, menos maquillaje. Más campo y menos alquimia tecnológica de bodega.
Los Pérez
Quiso la casualidad o, mejor dicho la profusión de su apellido, el octavo más común de España según el INE, que todos ellos se apellidaran Pérez. Hay otros muchos en otras regiones, pero estos cuatro representan puntos cardinales y dos generaciones de lo más atractivo de nuestra nueva punta de lanza en el mundo. Los acabamos de ver juntos en el espacio del vino de Madrid Fusión -W.E. Wines From Spain- convocados por la excusa literaria de su apellido y el artículo publicado en XL Semanal por un servidor. ¿Son los Pérez en España, el pueblo llano, los que están consolidando la revolución en un sector que comandaban los nombres compuestos, los marqueses y los condes? ¿Serán los Pérez en el futuro nuestros Rostchild o Antinori? ¿Acaso podemos hablar de un movimiento perezista? Medio en serio, medio en broma, la verdad es que el encuentro fue uno de los momentos más vívidos y sinceros de cuantos pasamos en aquellos días. Escuchar a Raúl Pérez, el revolucionario silencioso de El Bierzo y Galicia; a Willy Pérez la mirada singular al territorio jerezano y esperanza del Sur; a Sara Pérez, herencia y ruptura, sobre todo conciencia, en el Priorat y al más joven, Borja Pérez, el quiromante del paisaje extremo de Tenerife, la nueva expresión de Canarias... se nos hizo corto como un dedal de buen vino.
Decía yo que el 'perezismo' debía ser una actitud más que un clan, un gesto, una declaración de intenciones abiertas que debería crecer con otros Pérez o 'Nopérez, sin dogmatismos y abrazado siempre a la duda para no anquilosarse. Ellos sonreían y dejaban transcurrir la conversación y el tiempo. Estos Pérez no sólo son grandes elaboradores de vino, sino personas inteligentes y, por tanto, humildes. Hablan de las botellas de sus compañeros con orgullo y raramente se explican más allá de su quehacer en la viña y la bodega, ni se elevan ni se autoadulan. Se diría que no son conscientes -o, mejor aún, no les gusta jactarse- de que su manera de mirar los parajes y cuidar las viñas, el modo en el que extraen de sus uvas el alma y la memoria que atesoran esta cambiando quizás el futuro del vino en España.
La suya y la de otros 'Nopérez' -allí teníamos a Mora, el maño de Frontonio, entre otros- es una lección bienvenida y necesaria en estos tiempos. Una de coherencia, de respeto por el campo, por sus paisajes, la cultura y el futuro de unos oficios milenarios. Recuperar no es retroceder. Es volver a prácticas que tenían sentido y mejorarlas con conocimiento para crear, de nuevo, botellas auténticas y sinceras que escondan tanta verdad como disfrute.
El vino no necesita templos ni silencios reverenciales, sino mesas, conversaciones y alegría. El vino demanda cómplices y una comunidad grande que siga creyendo en el placer que da compartirlo y el bien que se hace a tantos, empezando por uno mismo, cada vez que se consume consciente y responsablemente.
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