"La Guardia Civil estaba desalojando a todo el pueblo... así que cogí el coche y me escapé. Me buscaron en mi casa y en la nave, pero nada. Al final se fueron sin encontrarme. No podía irme y permitir que se quemaran mis colmenas y mis ovejas... Si eso pasaba ¿qué iba a hacer yo?". Javier Campos es el pastor de Villares de Jadraque (Guadalajara), uno de los municipios que más ha padecido la virulencia del incendio originado en La Mierla, el mayor de la historia de Castilla-La Mancha que se ha cobrado ya más de 32.000 hectáreas.
Este ganadero desafió a las autoridades quedándose en su pueblo y jugándose el tipo ante un fuego arrastrado por vientos de entre 30 y 40 kilómetros por hora. A sus más de 1.000 ovejas, cuenta, las pudo proteger con la ayuda de los bomberos, no así a sus colmenas. "Se me han quemado la mayoría... Más de 200. Pero si no llego a quedarme habría sido mucho peor. Para algunos, por esta decisión, soy casi un delincuente, pero los bomberos me dijeron que mi ayuda ha sido crucial".
Durante estos seis días que ha estado viviendo solo en Villares se ha ocupado en cuidar de los animales de sus vecinos, dándoles de comer, y de supervisar que ningún foco se reactivara. Y sobre si teme que la Guardia Civil le multe por no haber sido evacuado, lo tiene claro: "Miedo ninguno. No me asustó el fuego, lo van a hacer ellos".
El alcalde de su municipio, Fidel Paredes, lleva desde que se declarara el incendio durmiendo en un pabellón deportivo habilitado en la localidad guadalajarense de Humanes. En él se han desplegado casi un centenar de camas donde residentes de los pueblos desalojados, la mayoría personas de avanzada edad que no tienen otro lugar donde hospedarse, esperan la luz verde para volver a sus casas.
El alcalde de Villares de Jadraque, Fidel Paredes, ayer en Humanes.Á. NAVARRETE"Yo tengo familiares que me acogían, pero creo que como alcalde tengo que estar aquí, con mis vecinos. Es gente muy mayor, sometida a un estrés durísimo, que no tienen nada más, sólo su casa y su huerto", expone, intentando describir la crudeza de la situación. "Son seis días ya aquí metidos. Y surgen roces. Ayer casi se pegan dos hombres, amigos del mismo pueblo, por un trozo de pan. Les tuve que separar... Después se dieron la mano, pero es normal dado este panorama. Dormir en estas camas una o dos noches, por emergencia, vale. Pero una semana... te destroza la espalda. Si a eso le sumas el ruido... Yo cojo y me voy a mi coche a intentar pegar ojo", revela el regidor.
A escasos 12 kilómetros de su municipio se encuentra el pueblo que más dificultades ha presentado a los bomberos: Prádena de Atienza. Esta pequeña localidad enclavada en una suerte de valle frondoso vio cómo las llamas se acercaban "por dos frentes". Su orografía generó "una gran concentración de calor, gases y humo" que obstaculizó y mucho los trabajos de contención, pero la gran labor de los profesionales desplegados consiguió frenar el fuego y que no afectara a ninguna vivienda.
Raúl fue el último de los cerca de 35 vecinos en abandonar esta localidad. Pese a la urgencia, decidió actuar con calma. "Poco antes de las 11 del domingo nos llegó una alerta al móvil para que evacuáramos. Y casi al momento se presentaron varios agentes para que nos diésemos prisa... Pero no me puse nervioso, recogí mis pertenencias y corté la luz y el agua antes de marcharme".
Su pasividad sacó de los nervios a su primo José mientras le esperaba. Éste ironizaba ayer recordando el momento: "Le decía que no se echara colonia, que teníamos que salir corriendo. Pero su pachorra... Todos menos él estábamos tensos". Los clientes que habían reservado una casa rural justo el fin de semana en Prádena tiraron de cautela y abandonaron la villa el día anterior. "Eran tres parejas con niños... Como ya la noche del sábado se tragaba bastante humo y se respiraba mal, prefirieron irse", evoca José, quien quiere ser optimista y creer que los árboles más próximos al pueblo se han salvado de las llamas: "Parece que lo que más se ha quemado es el monte bajo. Pero hasta que no vayamos no sabremos el alcance real".
Estado actual de La Miñosa, tras el incendio.E. M.Quienes cada vez están más cerca de regresar a sus viviendas son los habitantes de La Mierla, el pueblo donde se originó este incendio. Emilio es uno de los 15 que vive durante todo el año aquí, y ayer por la mañana se dejó caer en el puesto de mando avanzado del Centro de Coordinación Operativa Integrada (CECOPI) para saber cuándo podrán regresar a sus casas. "Son siete días ya fuera, y hay mucha tristeza. El entorno va a quedar muy tocado". Él fue de los primeros en actuar tras el primer aviso de fuego, pero poco pudieron hacer. "Había una cosechadora trabajando un campo a la entrada del pueblo y saltó una chispa... Fue fortuito. Ese día hacía muchísimo aire, viento muy caliente. En tres minutos el fuego recorrió medio kilómetro, era una mecha. En ese primer momento usamos unas mangueras y una bomba de agua, pero era imposible. Vino la Policía y nos dijo que recogiéramos lo básico y nos fuéramos", recuerda. Y su mujer, al lado, agrega: "Fue una cuestión de suerte. El viento lo alejó del pueblo, pero si hubiera cambiado de dirección... No quiero ni pensarlo".
María y sus perras, ayer, en las camas del pabellón habilitado en Humanes.Á. NAVARRETEDe las 34 localidades que llegaron a ser evacuadas en los momentos más críticos, cinco recibieron de vuelta a sus residentes durante la jornada de ayer: Riofrío del Llano, Cardeñosa, Santiuste, Angón y Rebollosa de Jadraque. El resto de los afectados continuaba en el pabellón de Humanes combatiendo el calor, las moscas y, sobre todo, el hastío. Es el caso de María, barcelonesa que estaba teletrabajando en la aldea de su padre, La Bodera, cuando les pillaron a contrapié las llamas. "Me encontraba en Sigüenza viendo el partido de España cuando me llamaron... Tuve que volverme de urgencia para recoger mis cosas, a mi padre y mis dos perras. Según iba llegando, todo se veía rojo. Nada más aparcar, me eché a llorar. Hacía mucho calor pese a ser de noche. De verdad pensaba que se quemaba el pueblo", rememora esta joven, quien cada mañana se agencia una mesa en este polideportivo para poder seguir teletrabajando.
Un par de camas más adelante descansaba otra María, ésta octogenaria. Intentaba sonreír, pero la pena le invadía cada vez que pensaba en sus 15 gatos, abandonados a su suerte. "Todos se quedaron en casa. Pero Urraca, de 19 años, sé que va a estar muerta cuando llegue. Le dejé agua y comida, pero ya se le habrá acabado. Sé que los forestales han echado pienso a través de la verja, pero ella sólo come comida de gatos". Y tras torcer el gesto, continúa: "Urraca fue un regalo de mi madre antes de morir. Y desde entonces no se ha separado de mí. Dormimos juntas, me acompañaba cuando paseaba por el pueblo... Y si desaparecía, la encontraba en el cementerio, junto a la tumba de mi madre. Pero creo que ahora ha muerto, sin estar yo allí".
María, preocupada por sus gatos, ayer en el polideportivo de Humanes.Á. N.Con la esperanza de que pronto acabe esta pesadilla, la mayoría de los presentes en Humanes no quiere pensar en lo que se encontrarán cuando regresen a sus pueblos. Y concluye María: "Se me va a partir el alma... El entorno tan privilegiado que teníamos ahora es cenizas".