- RAFAEL PAMPILLÓN
En 1919, John Maynard Keynes publicó Las consecuencias económicas de la paz, un libro que, leído hoy, sigue resultando actual. No era solo un análisis del Tratado de Versalles firmado en 1919. Era una clara advertencia. Si una paz se diseña contra el funcionamiento económico de un país, no es una paz, sino una tregua inestable. La experiencia de entreguerras lo demostró con claridad. Keynes entendió algo que a menudo se olvida: ganar una guerra no significa saber construir la paz.
Esa intuición sirve como punto de partida para pensar en la posguerra en Oriente Próximo. Tras el conflicto a gran escala protagonizado por Irán, Israel y Estados Unidos. Pero, a diferencia de la Europa de 1919, aquí no estamos sólo ante un país derrotado, sino ante toda una región erosionada por años de conflictos. La pregunta, por tanto, debe ser más amplia: ¿puede reconstruirse Irán y estabilizarse la región si los acuerdos de paz limitan la capacidad de sus economías para funcionar?
Una región dañada
La Alemania después de la Primera Guerra Mundial, como señalaba Keynes, no estaba completamente devastada en términos de estructura de capital físico. La clave no era la destrucción de Alemania, sino la incompatibilidad entre las obligaciones impuestas por las potencias vencedoras -especialmente Francia y el Reino Unido- y la capacidad real de la economía alemana.
En Oriente Próximo, el problema es distinto, pero el resultado puede ser similar. Irán y los países del Golfo emergerán de la guerra con daños en infraestructuras críticas -refinerías, pozos de gas y petróleo, puertos, centrales eléctricas o plantas desalinizadoras-. Pero, además, lo harán en un entorno regional igualmente deteriorado.
Existe una tentación recurrente de confundir reconstrucción con obra pública. Pero una economía no es la suma de infraestructuras, sino una red de interdependencias. Keynes lo entendió con claridad: el problema no era solo cuánto debía pagar Alemania, sino si, en esas condiciones, podía seguir funcionando como una economía.
En el caso de Irán, la reconstrucción empieza por lo más básico: la electricidad. Sin redes eléctricas estables, la industria no produce, los servicios no operan y la inversión no llega. Pero la electricidad no es solo generación, es distribución, mantenimiento, combustible y financiación. En definitiva, un sistema.
Algo similar ocurre con las redes de transporte. Carreteras, ferrocarriles, puertos y centros de distribución forman el circuito de la economía. La guerra rompe ese circuito, y su reconstrucción no es inmediata. Se necesitan años para restablecer no solo las infraestructuras, sino la confianza en que funcionarán de forma continua.
Y éste es uno de los riesgos más serios: la ilusión de la reconstrucción visible. Resulta relativamente rápido reparar una central o reabrir un puerto; es mucho más lento reconstruir las cadenas de suministro, los flujos comerciales y la confianza de los sistemas financieros que los sostienen. Sin esto, la economía permanecería estancada.
La ventaja de la energía no es garantía
Irán cuenta con un activo que Alemania no tenía en 1919: una base energética de primer orden. Petróleo y gas le otorgan, al menos sobre el papel, una capacidad de recuperación considerable. Pero para que los recursos energéticos se conviertan en bienestar económico, es necesario que existan condiciones de seguridad, buenas instituciones, acceso a mercados, financiación internacional y tecnología. Sin estos elementos, los recursos permanecen infrautilizados o capturados por circuitos informales que degradan el sistema económico.
La experiencia reciente de países con grandes reservas energéticas, pero instituciones debilitadas parece clara: los recursos naturales no sustituyen a las instituciones.
Ormuz: el paso estrecho de la soberanía
Pocos lugares condensan tanta tensión geoeconómica como el Estrecho de Ormuz. En un escenario de posguerra, su papel es decisivo. No solo por el volumen de hidrocarburos que transita por él, sino por lo que simboliza: el control de una arteria vital del sistema energético mundial.
Formalmente, Irán mantendría su soberanía sobre sus costas. Pero la realidad podría ser más compleja. La presión internacional para garantizar la seguridad del tráfico marítimo probablemente daría lugar a un sistema internacional de supervisión. Y no un control exclusivo de Irán.
Como en la Europa posterior a Versalles, la soberanía no desaparecerá, pero quedará condicionada. Y, como entonces, esa limitación podría convertirse en una fuente persistente de fricción.
Empresas europeas: oportunidad y límites
En este escenario, la pregunta inevitable es qué papel pueden tener las empresas europeas -y en particular las españolas- en la reconstrucción, de Irán y de los países árabes afectados.
Su posición es relevante. España cuenta con empresas de ingeniería y construcción con experiencia internacional en sectores clave para la posguerra: infraestructuras de transporte, energía, desalación, redes eléctricas o gestión de agua. En definitiva, los ámbitos donde la reconstrucción será más intensa.
Además, existe un factor que no parece menor: una cierta percepción de neutralidad relativa frente a otros actores. En entornos fragmentados, esa percepción puede facilitar la entrada en proyectos en los que otros pueden encontrar resistencias.
Sin embargo, la reconstrucción no es un mercado abierto, sino un espacio condicionado por la geopolítica. En los países árabes, las empresas estadounidenses partirán con ventaja, no solo por su capacidad técnica, sino por el respaldo político a los Países del Golfo.
En Irán, en cambio, las empresas europeas podrían encontrarse en mejores condiciones relativas, precisamente por no haberse involucrado directamente en el conflicto. Esa posición puede favorecer su acceso a proyectos de reconstrucción. Sin embargo, el régimen de sanciones y las limitaciones de financiación internacional pueden dificultar esa ventaja.
En este contexto, las empresas asiáticas (especialmente las chinas) pueden ocupar una posición dominante, no solo por su capacidad técnica, sino por su disposición a operar en entornos de riesgo y su capacidad de integrar financiación y ejecución.
Para las empresas españolas, por tanto, la oportunidad no será generalizada, sino concentrada en nichos concretos y probablemente en colaboración con consorcios internacionales. Y, en muchos casos, resultará más accesible en países árabes en reconstrucción que en el propio Irán.
Un tiempo largo de la recuperación
La reconstrucción no es un proceso lineal. Existe una ilusión persistente tras las guerras: la de la rapidez. Pero la recuperación económica resulta siempre más lenta y compleja de lo que se anticipa.
Para Irán puede pensarse en tres fases en línea con los análisis del Banco Mundial. La primera es la estabilización (1 o 2 años): restablecer suministros básicos y evitar el colapso. La segunda es la reconstrucción funcional (de 3 a 7 años): recuperar infraestructuras críticas y reactivar la producción. La tercera es la normalización económica (más de una década): integración plena en la economía global.
La experiencia de Venezuela lo ilustra bien. A pesar de contar con enormes reservas de petróleo, la degradación institucional ha hecho que su recuperación sea lenta. Incrementar la producción puede lograrse en pocos años, pero reconstruir plenamente el sector petrolero requiere rehacer todo el sistema, un proceso que puede extenderse a una década.
El mundo de después
Esta posguerra, como todas, va a redefinir el sistema internacional. Y lo hace en una dirección clara: mayor fragmentación.
La lección sigue siendo la misma que en 1919: una economía no puede funcionar si se le exige simultáneamente reconstruirse y operar bajo fuertes restricciones. Si Irán queda atrapado en un sistema que limite su acceso a mercados, financiación y tecnología, su recuperación será inevitablemente incompleta. Y si, además, sus vecinos -Irak, Siria, Líbano o Yemen- continúan siendo economías frágiles y fragmentadas, la región en su conjunto tenderá a la inestabilidad.
Por el contrario, una paz que permita reconstruir infraestructuras, restablecer interdependencias y reintegrar las economías en el sistema internacional tendrá más posibilidades de sostenerse en el tiempo. Ésa es, en el fondo, la intuición de Keynes: desplazar el foco desde las exigencias políticas hacia lo que una economía puede realmente soportar sin romperse.
Oriente Próximo se enfrentaría exactamente a ese dilema. Reconstruir será necesario, pero no suficiente. La paz no se decide en los acuerdos, sino en la capacidad de las economías para volver a funcionar con normalidad. Y, si esa capacidad se ve limitada desde el inicio, como ocurrió con Alemania en 1919, la historia ya ha demostrado cómo termina: con una guerra aún más grave que la anterior. En efecto, los conflictos no solo tienen consecuencias militares, sino también económicas, y estas últimas no parecen haber sido bien calibradas por Trump en la guerra de Irán.
Rafael Pampillón. Profesor de la Universidad CEU- San Pablo y del IE Business School
Trump amenaza a China con aranceles del 50 % si proporciona armas a IránArranca la negociación por la paz en Irán condicionada por IsraelLa economía valenciana puede perder un punto de PIB por la guerra de Irán, según la Cámara Comentar ÚLTIMA HORA