- TOM BURNS MARAÑÓN
Nunca ha estado tan débil el Gobierno sanchista como lo está ahora, pero toda situación desesperada con la reputación hecha unos zorros es susceptible de empeorar. Si Sánchez agota la legislatura, puede que 2027 sea la hecatombe de la izquierda en general y del PSOE en particular.
A partir del comienzo de curso de un año electoral lo que forzosamente predomina en los cálculos que a diario se hace todo presidente del Gobierno en una democracia parlamentaria es cuándo le cuadra mejor a sus propios intereses poner fin a la legislatura y someter su reelección al veredicto de las urnas. En una rentrée repleta de recriminaciones, Pedro Sánchez no puede estar ajeno al tema. El mes de agosto ha estampado la ineptitud de su Gobierno y a él le ha dejado escaldado. Puede que en un ataque de sinceridad consigo mismo vea que le será muy difícil remontar el vuelo y que decida pasar página cuanto antes y de manera radical.
En teoría, la prerrogativa que le permite al presidente del Gobierno disolver las Cortes y fijar la fecha de las próximas elecciones es una herramienta táctica de incalculable valor para mantenerse en el poder. En la práctica, el tiro le puede salir por la culata al político que la emplea.
A falta de cualquier otra aclaración que sea plausible, la explicación de la anunciada, y luego cancelada, estancia estos días de Sánchez en Andorra tenía que ver con el ejercicio de deshojar la margarita. Refugiado en los Pirineos, se hubiera dedicado a arrancar los pétalos diciéndose: "Elecciones pronto, sí; elecciones pronto, no".
Bien visto, la sorprendente y frustrada decisión que tomó Sánchez de trasladarse hasta el domingo al vecino microestado fue un remake de aquellos días de abril 2024 cuando indignado por la apertura de diligencias judiciales a su esposa, Begoña Gómez, debido a un presunto delito de tráfico de influencias canceló su agenda pública.
Entonces, Sánchez se tomó cinco días de reflexión para decidir si seguía o no al frente del Ejecutivo. Ahora, ante el caos en Ceuta y cuando la corrupción asfixia al sanchismo en todos los frentes, se había tomado de nuevo otros cinco días para perfilar la estrategia que mejor asegure su permanencia en el Palacio de la Moncloa. Cualquier hoja de ruta pasa por la terminación de la actual legislatura y un resultado electoral que le permita negociar una nueva mayoría parlamentaria
Sánchez conoce los antecedentes. Felipe González adelantó la fecha electoral en los cuatro comicios que convocó y perdió por muy poco el último en 1996. José Luis Rodríguez Zapatero tiró la toalla antes de acabar un desastroso segundo mandato, pero en 2023 Sánchez mismo pudo rescatar algunos muebles cuando anticipó en cuatro meses las elecciones generales. No salvó todo el mobiliario porque su Gobierno de coalición progresista ha sido incapaz de conseguir la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Pero sí pudo agarrarse al sillón de la presidencia. Y hará lo imposible para retenerlo. En la pausa andorrana que quiso tomarse estos días, estirando su asueto estival, Sánchez hubiera, a buen seguro, sopesado la conveniencia de cortar por lo sano y repetir cuanto antes la jugada de julio de 2023. Hoy por hoy, con la derecha en claro ascenso, el mapa electoral está entre la Escila de la política frentista de tan mal recuerdo y el Caribdis del tan temido duelo a garrotazos. Y en tiempos que ya de por sí son turbulentos, así no se puede seguir.
La tensión política puede favorecerle a Sánchez porque moviliza a ese firme "suelo" en la intención del voto que representa entre el 25% y el 30% del electorado, según las encuestas. A diferencia de tantos partidos socialistas europeos que se han desvanecido o están en trance de desaparecer, el español siempre ha contado con la indulgencia y el apoyo de una amplia población progresista. Para mantener esos porcentajes y construir sobre ese "suelo", le ha bastado al castizo y accidentalista partido de la izquierda difundir la imagen del dóberman de la derecha, imponer la Ley de Memoria Democrática para desvirtuar la historia y denunciar a la fachoesfera como rancia, machista, negacionista de la ciencia, impúdica y liberticida. Elijan españoles: o Pedro o la noche larga del franquismo.
Sánchez maneja con astucia el relato de la superioridad moral de la izquierda. Ha convertido el Pacto del Tinell en un muro infranqueable y se ha transfigurado en el icono de los antifas europeos que asumen los valores del Sur Global, entonan el "no a la guerra" y le cantan las cuarenta a Trump y a Netanyahu.
En la esfera progresista española nunca falta el acelerador y la demanda de ir a más y más rápido. Sánchez es tan conocedor de ello como cualquier otro demagogo. Para satisfacer el consumo interno puede pisar el pedal de la Tercera República versus la Monarquía que impuso la Dictadura y el de la España plurinacional y plurilingüe.
Amenaza de mayor polarización
Pero hay otra narrativa y es la de la amenaza de que la polarización se le vaya a Sánchez de las manos. Esto lo ha de evitar el presidente del Gobierno a toda costa. Radicalizar el discurso más de la cuenta equivale a darle en bandeja a la derecha una mayoría abrumadora. En las actuales circunstancias los experimentos se hacen con gaseosa.
Sánchez también sabe que todo electorado quiere, en primer lugar, la fiesta en paz para ocuparse de sus cosas y la incertidumbre perjudica gravemente al gobernante que ha de asegurar el sosiego. La convulsión in crescendo ceutí, que de la noche a la mañana ha pasado a ser un problema existencial, es un claro aviso a navegantes.
Como todo líder político que comprensiblemente aspira a que la historia le trate bien, Sánchez ha de proyectarse como la solución a la crispación y el garante de la convivencia. Ha de esquivar, por ello, a quienes le acusan de ser el causante de la confrontación que corroe la concordia. Sin embargo, esto puede que sea una misión imposible.
Por lo pronto, el presidente del Gobierno nada a contracorriente. El único partido político que crece en simpatizantes, según las encuestas, y en afiliados, según sus propias cuentas, es Vox, la formación política que demoniza sin cesar.
Refugiado en la tranquila Andorra, el presidente del Gobierno sin duda quiso, más que nunca lo ha hecho en el pasado, medir los tiempos y los riesgos. Generalmente, este ejercicio le ha salido bien, pero la prueba a que se enfrenta ahora es superior a cualquiera del pasado.
¿Cuándo ha de disolver Sánchez las Cortes? Desde la restauración de la democracia, la costumbre en España es que la cita con las urnas se adelanta. De las quince veces que, a partir de las constituyentes de 1977, los españoles han votado en elecciones generales solo José María Aznar en 2000 y en 2004 ha agotado como presidente del Gobierno los cuatro años que es el límite de cada legislatura. Si fuese por el clamor que toma más y más fuerza en la calle, las elecciones se celebrarían ya. ¿Cuenta Sánchez con una mejor oportunidad para salir airoso si en los próximos días anuncia que habrá elecciones en octubre?
Después del calamitoso mes de agosto para el Gobierno y para el perfil de su presidente que ha provocado ese "fiel aliado" que es Marruecos, los hay que opinan que lo mejor es disolver las Cortes cuanto antes. Pero todo lo contrario dicen los del "pájaro en mano". Adversos al riesgo, aconsejan esperar. ¿Debería Sánchez, en interés propio, aguantar hasta marzo y celebrar las generales antes de las locales y autonómicas? ¿Y si las cosas no se arreglan? Nunca ha estado tan débil el Gobierno sanchista como lo está ahora, pero toda situación desesperada con la reputación hecha unos zorros es susceptible de empeorar.
Si Sánchez agota la legislatura, puede que junio de 2027 sea la hecatombe en España de la izquierda en general y del Partido Socialista en particular. Para entonces, es muy posible que eso mismo habrá tenido lugar en Francia donde triunfará la derecha "patriótica". En el país vecino las elecciones presidenciales tienen fecha fija. La primera vuelta será el 18 de abril y la segunda el dos de mayo.
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