La Tribuna
Las miserias de la migraciónA estas alturas del siglo XXI no debería ser necesario reseñar la gran importancia económica de la migración
Regala esta noticia Añádenos en GoogleLuis Utrilla Navarro
Presidente provincial de Cruz Roja
21/09/2026 a las 22:43h.La migración es una parte esencial en la vida de millones de personas en el mundo. No obstante, y con demasiada frecuencia, esta compleja realidad ... humana se reduce, en la arena pública, a narrativas simplistas que opacan sus beneficios, sus retos y, sobre todo, su dimensión humana». Con esta contundente y clarificadora visión, firmada por Amy E. Pope, directora general de la Oficina Internacional de Migraciones de Naciones Unidas, se abre el prólogo del Informe sobre Migraciones del año 2026.
Un primer análisis de los 20 principales corredores migratorios, sitúan al flujo México-Estados Unidos como el más importante de la migración internacional. En el caso de los países de la Unión Europea, solamente el flujo migratorio de Polonia a Alemania aparece en dicho baremo. El resto tiene principalmente como geografía el continente asiático.
Más allá de las cuestiones sociológicas y antropológicas que han impulsado la migración a lo largo de los siglos, a estas alturas del siglo XXI no debería ser necesario reseñar la gran importancia económica de la migración, y su aportación al desarrollo tanto de los países receptores como de los países emisores. Encabezan la lista de los países receptores de remesas procedentes de los migrantes México, India o Filipinas, a los que se suma, sorprendentemente, Francia, en los primeros lugares del contexto mundial. Del año 2000 al 2023 se estima que se incorporaron a los países de la OCDE casi 10 millones de personas, la mayoría de ellos trabajadores y migrantes económicos de todos los niveles laborales y formativos, que fueron artífices del 50% del crecimiento europeo.
A estas características económicas se suman importantes aspectos demográficos, asistenciales, culturales o religiosos. Circunstancias que hacen de la migración un poliedro de mútiples caras de compleja interpretación, pero esencial para el desarrollo social de los países del denominado primer mundo y sobre todo para la convivencia.
Es por ello que, a pesar de la compleja casuística que rodea la migración, resulte sorprendente el hecho de que en los últimos años la migración haya entrado de lleno en los debates de la opinión pública, especialmente en Europa y Estados Unidos, en muchas ocasiones como mero elemento generador de conflictos, impulsando problemas sociales inexistentes en el marco de una diatriba burda y falaz, apoyado en etnonacionalismos absurdos, y, por supuesto, en una polémica alejada de intentar solventar la problemática de la migración, y más bien dirigida al levantamiento de muros para defender privilegios.
Y así, son muchos los discursos que desde el espectro político más radical incorporan el discurso de la migración y sus supuestas consecuencias negativas para las sociedades receptoras, mezclando cuestiones ajenas a la misma y tergiversando la realidad social. Discursos que culpabilizan a la migración de cuestiones falaces, que esconden actitudes racistas, de aporofobia o xenófobas.
Parece que lo único importante es construir un relato de intereses bastardos, sacrificando abiertamente la verdad, algo que a pocos parece importar. O lo que resulta más vergonzoso aún: para ganar likes en las redes sociales.
Y en medio de todas estas polémicas solemos olvidar una cuestión fundamental de la realidad migratoria: los derechos humanos de los migrantes y de los ciudadanos de acogida.
Porque más allá de las circunstancias que mueven a las personas a iniciar el proceso migratorio, y del modo y manera en el que estas personas cruzan una frontera y llegan a los países de destino, es necesario recordar que en ningún momento los migrantes pierden o ven menoscabados sus derechos inherentes a su condición humana. Como tampoco deben violentarse los derechos de quienes los reciben.
Porque la migración ha sido y es hija de la pobreza y la desigualdad. Un tránsito cruel que deja en el camino a más de 10.000 muertos cada año. Que alimenta las redes del tráfico de personas, cuyo montante de negocio supera los 30 mil millones de dólares anuales, según Naciones Unidas.
Ante este panorama es evidente que urge una regulación internacional de los flujos migrantes que proteja los derechos y la vida de quienes deciden emprender el amargo camino de la migración. Una regulación que vaya al origen del problema migrante. Poniendo coto a los regímenes políticos sectarios y violentos; impulsando la democratización de los países generadores de migrantes; evitando la explotación que las grandes multinacionales ejercen sobre los recursos de los países pobres; y, en definitiva, promoviendo un orden internacional de igualdad y equidad.
Ayudar a quienes lo necesitan no nos hace mejores personas. Sólo nos hace personas
Mientras tanto, hayan llegado como hayan llegado hasta nosotros, no podemos abandonar a los migrantes durante semanas a su suerte en las calles de nuestras ciudades, ni tampoco demorar durante semanas respuestas gubernamentales que salvaguarden la adecuada convivencia con los vecinos, como ha ocurrido en Ceuta en el último mes, elevando a calvario su vida diaria. Como tampoco podemos plantear supuestas soluciones ajenas a nuestro ámbito jurídico constitucional, teñidas de xenofobia y racismo.
Ni mucho menos, culpabilizar a los voluntarios de las instituciones humanitarias por atender a las personas más vulnerables. Porque para la mayoría de nosotros el humanismo es una posición ética ante la vida, y el humanitarismo un compromiso personal ante nuestros semejantes. Un compromiso que cada uno puede ejercer, o no, al dictado de su conciencia. El ayudar a quienes lo necesitan no nos hace mejores personas. Sólo nos hace personas.
Impedir que algunos gobiernos utilicen la ayuda humanitaria como instrumento político, bloqueando su llegada, escapa de nuestra capacidad como ciudadanos, pero que agitadores extremistas utilicen a vecinos contra migrantes para impedir el reparto de alimentos, es, sencillamente, una intolerable vileza moral que no debemos tolerar como sociedad.
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