- TOM BURNS MARAÑÓN
El inesperado ascenso de un pontífice de Chicago redefine la geopolítica: es el poder espiritual de Roma contra la moral guerrera de Trump.
Puede que más adelante, con la perspectiva que da el tiempo, se verá que la amenaza de aniquilar una civilización y devolverla a la edad de piedra fue la gota que colmó el vaso. Al hacer pública su primitiva moral guerrera Donald Trump ha violado todas las normas de una sociedad sofisticada y cosmopolita. Se ha mostrado no apto para liderarla.
Como el niño del cuento que dijo que el emperador iba desnudo, alguien levantará la voz y dirá que el presidente se ha vuelto muy peligrosamente loco. ¿Quién hoy, en esa frase tan norteamericana que es Speak Truth to Power, le dirá "la verdad al poder"?
La expresión está empotrada en la conciencia colectiva de los estadounidenses que este año celebran el 250 aniversario de su independencia. Auto declarándose We the people, el pueblo norteamericano se dotó de una constitución que es el texto fundacional de la democracia liberal porque limitó el ejercicio del poder y garantizó la libertad de expresión de la sociedad civil.
Puede que cuando el civilizado sentido común guie de nuevo la política de Estados Unidos, se haga hincapié en una feliz coincidencia. El año siguiente a la vuelta de Trump a la Casa Blanca, 135 cardenales de más the 70 países eligieron Papa a un norteamericano. A lo largo de dos milenios, aunque con algunas excepciones, los sucesores de San Pedro han dicho la verdad al poder.
La elección del nuevo Papa en el cónclave de 2025 fue inesperada porque los vaticanólogos dicen que una ley no escrita prohíbe a los cardenales elegir sumo pontífice a un estadounidense. Se considera poco apropiado referirse a un ciudadano de la superpotencia económica y militar al proclamar la fórmula de Habemus Papam.
Optar por un polaco, un alemán, un argentino y, por supuesto, por un italiano, vale. Pero en este convulso tiempo nuestro entregarle el anillo del Pescador a un nacido en Estados Unidos y ponerle al frente de la Iglesia universal sería mal interpretado, peor visto, y no vale.
Se dirá que los estadounidenses, los inmigrantes hispanos al margen, son más bien de César al ser los católicos más poderosos y ricos del mundo. También, según el tópico, que los norteamericanos no son gente mansa y pobre de espíritu.
Sin embargo, el ocho de mayo del año pasado, el segundo día de su encierro en la Capilla Sixtina, los cardenales eligieron Papa a Robert Prevost, religioso agustino y natural de Chicago, Illinois. Ciertamente, por haber sido misionero y obispo en Perú Prevost no era un típico Cardenal norteamericano. Pero es precisamente por ser paisano de Trump que el choque entre el obispo de Roma y el Presidente de Estados Unidos ha dado la vuelta al mundo.
A lo largo de la historia, el superpoder terrenal se ha enfrentado al espiritual. "¿Cuántas divisiones tiene el Vaticano?" solía decir Stalin cuando mandaba al Gulag a quienes no fusilaba directamente. Y resultó que el imperio soviético implosionó y que la Urbi et Orbi que bendice el Papa de turno sigue en pie. Lo que distingue este particular choque es que tiene un marcado acento yanqui.
Prevost, americano del hemisferio norte, sucedió como León XIV a Francisco, Jorge Mario Bergoglio, el americano del hemisferio sur que le había nombrado cardenal dos años antes y con quien se sentía fuertemente unido en muchos frentes. Hasta ahora ha seguido el ejemplo socialmente "progresista" de su antecesor pero el talante de sus actos es distinto.
Salvo en lo que concierne la Casa Blanca, Prevost evita pisar callos, persigue equilibrios diplomáticos y cultiva en estos tiempos relativistas a la disminuida grey del mundo desarrollado. Bergoglio, que no acudió a la reinauguración en París de la catedral de Notre Dame, tenía otras prioridades,
León XIV estará en España en junio, país que Francisco se negó a visitar a lo largo de sus doce años en el Vaticano. Juan Pablo II viajó a España cinco veces en los veintiséis años que duró su papado y Benedicto XVI vino aquí en tres ocasiones durante los doce del suyo.
Pero a la vez, el nuevo Papa comparte con su antecesor una profunda identificación con los pobres de Latinoamérica. A Bergoglio, entregado a los barrios marginados de Buenos Aires. la empatía le venía de cuna. La de Prevost fue por elección. Tras muchos años en Perú, el futuro León XIV adoptó como segunda nacionalidad la peruana.
No es de sorprender la condena de León XIV a las duras políticas de inmigración que implementa Trump. Y ahora al denunciar el carácter de "cruzada" que Washington emplea en la Guerra del Golfo, el Papa ha elevado el registro de su crítica. Es la voz de la verdad ante el poder. Y lo que dice no puede menos que incomodar al vicepresidente JD Vance y al secretario de Estado Marco Rubio, ambos católicos.
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