- TOM BURNS MARAÑÓN
La Conferencia de Seguridad analiza la 'bola demoledora' de Donald Trump sobre el orden global, mientras Europa y Canadá buscan alianzas para proteger las instituciones democráticas ante el repliegue estratégico estadounidense en el escenario global.
Hoy se usan menos las grandes bolas de acero que colgadas de altas grúas por gruesas cadenas se lanzan en un movimiento pendular contra edificios y los destruyen. Resultan espectaculares cuando se contemplan en plena faena pero van siendo sustituidas por técnicas destructivas más modernas y precisas. Hoy se aniquilan las cosas con métodos híbridos. Y se arruinan sociedades con guerras comerciales. El wrecking ball es, sin embargo, una metáfora que los tertulianos contemporáneos de la geoestrategia utilizan cada vez más para describir una determinada manera de hacer política. La bola demoledora estará sin duda alguna en la conversación de quienes acudan a la Conferencia de Seguridad que abre hoy sus puertas en Múnich, la gran metrópoli bávara. Probablemente entre hoy y el domingo los asistentes no hablen de otra cosa. Este encuentro anual, siempre a mediados de febrero y siempre en la ciudad que Hitler llamó la "capital del Movimiento", lleva desde 1963 reuniendo a la flor y nata de la política, de la diplomacia, de las fuerzas armadas y del espionaje mundial. El futuro secretario de estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, que nació en Baviera, y Helmut Schmidt, el inteligente canciller socialdemócrata de la entonces República Federal Alemana, fueron de los primeros que acudieron a esta cita para intercambiar secretos y estrategias vitales.
Es el particular carnaval de la geopolítica y su particular baile de máscaras y de intrigas que atrae a los Vips públicos y clandestinos de los poderes hegemónicos, insurgentes y decadentes. Y es el contrapunto del que se celebra en Davos. En la montaña mágica se habla de mantequilla y de una existencia ideal; en Múnich de cañones y de la vida real.
Cada año los organizadores de la Conferencia de Seguridad de Múnich encargan un informe para orientar los debates y las charlas que se prolongan en las pausas para tomar café. El documento de esta edición se titula Under Destruction y, puesto que va de derribo y de ruina, se refiere repetidamente a lo que denomina "la política de la bola demoledora." De inversión en seguridad y Defensa hablará Friedrich Merz, el canciller democristiano que inaugura la Conferencia. Ha doblado el prepuesto militar y quiere que la Bundeswehr se convierta de la nada a ser el ejército más poderoso de Europa. La vida, la ideal y la real, da muchas vueltas y esta vez Polonia felicita a Alemania por su rearme.
A Merz le estará escuchando Marco Rubio, el Kissinger de hoy que, a las órdenes del capataz Donald Trump, opera la grúa que columpia la gigantesca esfera de metal ante el edificio europeo. Trump ya dejó asentado en Múnich el año pasado, por boca del vicepresidente JD Vance, su profundo desprecio por todos los europeos salvo los que están alineados, cosa que desde luego no se da en el caso de Merz, con su propio movimiento MAGA.
Menos aliados
Vance escandalizó a los cada vez menos aliados cuando dijo que la amenaza en Europa no venía del exterior, léase Rusia, sino del interior porque los gobiernos europeos censuran la libertad de expresión. Al vicepresidente de Trump le faltó tiempo para elogiar a la ultraderecha alemana que le pisa los talones a Merz a pesar de estar sometida a un no muy eficaz cordón sanitario.
Merz, como Emmanuel Macron en Francia y los demás líderes del Viejo Continente, está ahora indignado por el "borrado civilizatorio" de Europa que los trumpistas anunciaron en un documento oficial hecho público a finales del año pasado. El informe, conocido como el National Security Strategy 2025, es en sí mismo, negro sobre blanco, una wrecking ball. Asegura que la huella de la larga historia europea desaparecerá bajo la pisada de un inevitable reemplazo islámico.
Los líderes europeos, nacidos en las reconstruidas democracias liberales de la posguerra y criados en la prosperidad que consiguen los valores de la unión, la estrecha cooperación comercial y los acuerdos colectivos, pensaban que el orden basado en reglas permanecería, que las instituciones se mantendrían en pie, que las alianzas eran seguras y que la vigencia de estas normas moderaría excesos. No contaban con Trump.
Se tomará buen nota en Múnich de lo que diga el ya vehemente europeísta canciller alemán y también se escuchará con mucha atención a Mark Carney, el primer ministro de Canadá. Carney, que fue gobernador del Banco de Inglaterra, y con anterioridad del de Canadá, es un Mario Draghi transatlántico transfigurado en popular y consecuente político que por razones de vecindad conoce muy bien lo que representa Trump.
El primer ministro canadiense se convirtió en la estrella de las jornadas en Davos cuando planteó una gran alianza entre los países intermedios, como Canadá y Alemania, para proteger toda la arquitectura de ese tan occidental orden basado en reglas que amenaza la bola demoledora. Su elegante discurso ante la elite de la plutocracia reunida en Suiza fue una llamada a la acción.
Lo que dicen Merz, Carney, y también Macron, es el hilo conductor del documento Under Destruction que ha preparado la Conferencia de Seguridad de Múnich. El informe dice lo que todos ellos tienen interiorizado: "Las reglas internacionales son tan fuertes como son los estados democráticos que están dispuestos a defenderlas".
El que no entienda esto se expone a su propio destruction. Será pulverizado por la wrecking ball de un nuevo orden que se basa en el ejercicio del poder en lugar de en la búsqueda de consensos.
Si los estados intermedios del G-7, de la Unión Europea y de la OTAN, es decir, el bloque occidental sin Trump, se atienen a la línea argumental de este informe, la edición 2026 de la Conferencia de Seguridad marcará un punto de inflexión. Todo indica que al menos de boquilla lo harán. El que actúen en consecuencia es otro tema.
Según el documento Under Destruction, el nuevo liderazgo de Estados Unidos ha resuelto que el orden internacional pos 1945, orden del cual América fue el imprescindible guardián, ha dejado de ser del interés de América. Esto lo esbozó Vance en Múnich el año pasado. Ahora los aliados de la OTAN y los socios de la Unión Europea se dan por enterados.
El informe describe un nuevo orden que ya todos conocen o, como mínimo, intuyen: la interdependencia económica ha dejado de garantizar la estabilidad, el comercio es convertido de manera rutinaria en arma ofensiva y las garantías de seguridad son crecientemente condicionales.
Esto fue lo que expuso Carney en Davos cuando, so pena de que perdiesen cualquier margen de influencia, planteó recomponer y reforzar la unión de los poderes intermedios. Lo que dijo entonces y seguramente dirá de nuevo en Múnich es que el viejo orden del paraguas protector estadounidense no volverá. Eso pertenece al pasado. No se trata de un recorte del gasto militar estadounidense sino del fin de una era.
Múnich es un lugar apropiado para sumergirse en un baño de realidad. Quienes asisten a la Conferencia de Seguridad saben perfectamente que en la capital de Baviera, en septiembre de 1938, el primer ministro británico Neville Chamberlain y su homólogo francés Édouard Daladier se reunieron con Adolf Hitler y Benito Mussolini y conocen muy bien las lecciones que pronto ofrecería aquel encuentro.
Hitler consiguió sin pegar un tiro la incorporación a su Tercer Reich de los Sudetes, la población alemana en la entonces Checoslovaquia, y la enseñanza de ello fue que la anexión aumentó el apetito del Führer por la política de la bola demoledora. Hitler invadió el resto de Checoslovaquia en la primavera del año siguiente y Polonia en el otoño.
Múnich es una master class sobre las consecuencias del apaciguamiento. Estados Unidos se retira de Europa, Rusia bombardea la Ucrania que todavía no ocupa y en este punto de inflexión para la seguridad de las democracias liberales se ha de estar muy atento a esa clase magistral.
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