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Lecciones italianas contra la guerra cultural

Lecciones italianas contra la guerra cultural
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Está claro que Giorgia Meloni ha perdido buena parte de la iniciativa en el campo cultural en los últimos meses. «Meloni se estrella en sus guerras culturales», titulaba el otro día 'El País' con algo de desiderátum. Si la primera ministra italiana traía algunas ideas válidas para romper el monólogo cultural de la izquierda –esa herencia de lo que Gramsci llamó hegemonía– ha pinchado en varios ámbitos con políticas equivocadas, pequeñas o excluyentes, como en el cine y los libros, que repugnan a la derecha culta. También le han estallado en las manos problemas de otros, como las protestas por los pabellones de Rusia e Israel en la Bienal , que son ecos de las mismas causas que la pereza mental quiere convertir en las únicas válidas. Y han fallado las personas, el Ministerio, más de problemas que de Cultura, parece malogrado y ha arrastrado sus políticas al sectarismo de una militancia ultraderechista de desempeño mediocre. Se ha jaleado enormemente su ambigua fascinación por Tolkien, y se valora poco la puesta en valor del futurismo y otros capítulos abandonados por los discursos hegemónicos que pueden romper prejuicios. Pero la mera negación de los adversarios nunca constituirá una política. Los virtuosos de esa práctica abundan en la izquierda y en la derecha populista, lo mismo. La cultura es el último espacio donde tiene sentido el encuentro y el debate. Si la derecha quiere construir una política cultural tendrá que huir de las guerras culturales como de la peste, integrar discursos obviados por la izquierda sectaria y sumarlos a la cultura de todos. No va de políticos, sino de convivencia y acervo común.No debemos olvidar que la mayor impugnación a la hegemonía cultural gramsciana (y también a su contraria, consumista) procede de un viejo poeta desencantado, el cineasta Pier Paolo Pasolini, después de la visita realizada a la tumba del fundador del PCI en 1954.Escribió entonces 'Las cenizas de Gramsci', ese canto al lugar en el que tienen cabida la tradición y las nuevas sensibilidades, y donde se constata el fracaso de las estrategias culturales 'prácticas' de la izquierda gramsciana. Frente a frente, el poemario es casi una oración por una cultura radicada , más que radicalizada. Si alguna lección dejan todas estas disquisiciones es que quien quiera cultivar una alternativa de política cultural, debe elegir con cuidado sobre qué pensamiento plantarla.

Está claro que Giorgia Meloni ha perdido buena parte de la iniciativa en el campo cultural en los últimos meses. «Meloni se estrella en sus guerras culturales», titulaba el otro día 'El País' con algo de desiderátum. Si la primera ministra italiana traía algunas ... ideas válidas para romper el monólogo cultural de la izquierda –esa herencia de lo que Gramsci llamó hegemonía– ha pinchado en varios ámbitos con políticas equivocadas, pequeñas o excluyentes, como en el cine y los libros, que repugnan a la derecha culta.

También le han estallado en las manos problemas de otros, como las protestas por los pabellones de Rusia e Israel en la Bienal, que son ecos de las mismas causas que la pereza mental quiere convertir en las únicas válidas.

Y han fallado las personas, el Ministerio, más de problemas que de Cultura, parece malogrado y ha arrastrado sus políticas al sectarismo de una militancia ultraderechista de desempeño mediocre.

Se ha jaleado enormemente su ambigua fascinación por Tolkien, y se valora poco la puesta en valor del futurismo y otros capítulos abandonados por los discursos hegemónicos que pueden romper prejuicios.

Pero la mera negación de los adversarios nunca constituirá una política. Los virtuosos de esa práctica abundan en la izquierda y en la derecha populista, lo mismo. La cultura es el último espacio donde tiene sentido el encuentro y el debate. Si la derecha quiere construir una política cultural tendrá que huir de las guerras culturales como de la peste, integrar discursos obviados por la izquierda sectaria y sumarlos a la cultura de todos. No va de políticos, sino de convivencia y acervo común.

No debemos olvidar que la mayor impugnación a la hegemonía cultural gramsciana (y también a su contraria, consumista) procede de un viejo poeta desencantado, el cineasta Pier Paolo Pasolini, después de la visita realizada a la tumba del fundador del PCI en 1954.

Escribió entonces 'Las cenizas de Gramsci', ese canto al lugar en el que tienen cabida la tradición y las nuevas sensibilidades, y donde se constata el fracaso de las estrategias culturales 'prácticas' de la izquierda gramsciana. Frente a frente, el poemario es casi una oración por una cultura radicada, más que radicalizada.

Si alguna lección dejan todas estas disquisiciones es que quien quiera cultivar una alternativa de política cultural, debe elegir con cuidado sobre qué pensamiento plantarla.

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Lecciones italianas contra la guerra cultural

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