- EMELIA VIAÑA
Los procesados o el azúcar acentúan los picos de estrés.
Fue el pensador alemán Ludwig Feuerbach el primero que sugirió que la alimentación era un elemento fundamental en nuestra salud física y mental. Lo hizo a finales del siglo XIX y, aunque no usó la frase "somos lo que comemos" -escribió en uno de sus ensayos "el hombre es lo que come"-, su forma de unir el futuro del ser humano con su nutrición cambió la medicina. Con los años, los expertos han hablado de otros factores determinantes como el deporte, algo que ha complicado mucho el abordaje de cualquier enfermedad. Básicamente, en todas influyen factores externos que las despiertan o las acentúan y, de alguna forma, somos dueños de lo que nos ocurre. El tabaco o el alcohol se han unido a una lista en la que también está hoy los alimentos procesados o el azúcar. Y ¿si todos estos elementos fueran además más o tan determinantes como el estrés en el aumento de su tensión, las cefaleas que sufre casi a diario o su ritmo cardiaco desigual?
"La nutrición es el combustible que le damos al cerebro y al cuerpo, por eso cuando no existe una nutrición adecuada nuestra concentración o rendimiento pueden bajar hasta un 20%", asegura Carlos de Miguel, fundador de Nutrikae, un proyecto de asesoramiento de nutrición, deporte y antienvejecimiento. El nutricionista asegura que poniendo un poco de nuestra parte conseguiremos "vivir mejor, más tiempo". Por eso recomienda empezar por controlar el cortisol, el mayor enemigo que podemos encontrarnos en la oficina. "El trabajo es un entorno de control, pero la comida suele ser la brecha del rendimiento, ya que malas elecciones nos pueden hacer rendir peor. Después de pasar muchas horas tomando decisiones de cierta relevancia, elegir qué vamos a comer se convierte en una carga cognitiva insoportable y terminamos escogiendo lo peor. Muchas veces caemos en el concepto de recompensa tóxica", advierte De Miguel, que pone algunos ejemplos: "Tras una reunión dura, todos creemos que nos merecemos nuestro dulce favorito; al llegar a casa después de una larga jornada de trabajo, solemos pensar que nos hemos ganado una pizza o una hamburguesa; y después de una situación de estrés, pecamos con lo que más nos gusta. Es algo normal, pero que tenemos que aprender a controlarlo".
Entender la comida como una recompensa es muy peligrosa en entornos de trabajo donde el acceso a, por ejemplo, máquinas de vénding es cómodo. Nadie elige una manzana, pero De Miguel defiende que aprender a comer se puede entrenar:
- "Si tiene una comida de trabajo, coma algo ligero y saludable treinta minutos antes. Así, en el restaurante podrá centrarse en la reunión y elegir el plato más sencillo sin que el hambre tome el control", aconseja De Miguel que asegura que ésta es una de las formas más habituales de engañar al estómago (y al cerebro).
- "Si come carbohidratos, intente combinarlos con proteína, incluso con grasas saludables como aceite de oliva virgen extra o aguacate. Por ejemplo, coma una manzana con unas nueces. Así, se ralentiza la absorción de glucosa y el pico de insulina que se produce tras ingerir los carbohidratos será menor", explica el nutricionista.
- "Priorice el magnesio, ya que es el mineral antiestrés. Cuando tenemos mucho estrés, el cuerpo expulsa más cantidad de este mineral por la orina. Elija alimentos como semillas de calabaza, espinacas o chocolate negro (mínimo 85% de pureza) porque relajan el sistema nervioso y mejoran el descanso", señala De Miguel.
- "Nunca vuelva a la silla inmediatamente después de comer. Camine diez o quince minutos, una pequeña actividad que hará que el pico de insulina sea menor y que evitará el bajón que llega un rato después de comer", concluye De Miguel.