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Política

Los españoles súbitos de Sofía Puente

Los españoles súbitos de Sofía Puente
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La 'ley de nietos' se ha convertido en otra de las interminables disputas jurídicas entre el Gobierno y los tribunales Leer

Dos millones y medio de no españoles en vías de serlo tuvieron que seguir el miércoles con gran inquietud la sesión de control al Gobierno en el Congreso. Que todavía no es la sede de su soberanía nacional ni lo será antes de las generales, a no ser que medie pronto la intervención providencial de 'José Félix Conde-Pumpido', quiero decir de 'Cándido Félix Tezanos', que ya habrá recibido la orden de suspender la suspensión del Tribunal Supremo.

Imaginamos a esa multitud de españoles en potencia que han solicitado la nacionalidad, milagro demográfico del censo español, atenta a las pantallas de sus móviles desde México, Buenos Aires o La Habana (bueno, desde La Habana no, que allí no hay móviles ni electricidad para cargarlos). Con el foráneo corazón en un puño, avizorando pistas parlamentarias sobre el destino final de la ley de nietos. Porque ellos son los nietos, en efecto. Con cuyos votos contaba Pedro para equilibrar el sesgo faccioso que va tomando decididamente el demos peninsular.

Nos aseguran los expertos que esta hipótesis es hija de la paranoia, que no hay evidencia empírica para semejantes proyecciones maliciosas, que los españoles súbitos nacionalizados por esa ley no ejercerán masivamente su recién adquirido derecho a voto porque tienen otras cosas en las que pensar; todo eso sonaba tranquilizador hasta que oímos a Óscar López comparar a los magistrados de la Sala Tercera con los yihadistas que acuchillan cristianos en mercados navideños. Llamar "lobos solitarios" a los jueces marca tal hito de degradación oral que cuando le pusieron el micrófono a Óscar Puente para que lo superara, el titular del Ministerio de Coprolalia solo pudo balbucear su tímida adhesión a la metáfora de su compañero. López por esta vez se había aupado al podio en el certamen de fango, dejándole la plata al campeón.

El choque institucional entre Supremo y Constitucional ha venido prefigurado esta semana por un aperitivo catódico. Primero habló doña Sofía Puente, Khaleesi del sanchismo, madre de votantes, que depositó como los cucos el huevo fértil de su instrucción traicionera en el nido ajeno de una norma ya aprobada por el Parlamento. Pero después habló don Josep Borrell en TVE, y separó serenamente las aguas jurídicas de la nacionalidad y del derecho a voto para gran escándalo de nuestros nacionalizadores sin fronteras. Nada que no hagan hace tiempo otras democracias más consolidadas que la nuestra.

La cuestión debería preocupar principalmente a la izquierda nostálgica de las carambolas de la bola negra. Porque la morcilla de doña Sofía mezcló el culo de la emigración económica con las témporas del exilio ideológico. Porque la posguerra fue rácana para todos, también para las familias del bando vencedor, muchos de cuyos miembros salieron de la madre patria a buscarse la vida en América. Si la hermana de don Óscar exonera a los nietos del requisito de acreditar las causas políticas que obligaron a sus ancestros a abandonar España, entonces la noción misma de memoria democrática que inspiraba esta ley pierde todo su sentido retributivo. Tanto da el descendiente del facha como del rojo. Y para ese viaje, no hacía falta exiliarse.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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