En los pocos blastocistos que lograron formarse, los investigadores detectaron un patrón inusual: las células no se distribuyeron como lo hacen en condiciones normales. En la Tierra, el embrión temprano reparte sus células entre la masa interna, que dará origen al feto, y el trofoectodermo, que formará la placenta, siguiendo proporciones relativamente estables.
Bajo microgravedad, esa arquitectura básica cambió. En los embriones de cerdo, por ejemplo, aumentó de forma notable el número de células destinadas a la masa interna y disminuyó la proporción del trofoectodermo, una señal de que el entorno alteró decisiones celulares fundamentales desde las primeras horas de desarrollo.
Una posible vía para compensar la falta de gravedad
El equipo exploró si señales químicas podían compensar la ausencia del tirón gravitacional que la Tierra ejerce sobre las células. Cuando aplicaron progesterona, una hormona que el óvulo libera para atraer espermatozoides, la navegación mejoró y los gametos recuperaron parte de su capacidad para avanzar por el microcanal. Aunque las dosis utilizadas superaron las que produce un organismo de manera natural, el resultado abre la puerta a intervenciones químicas o tecnológicas que podrían facilitar la reproducción en entornos espaciales.
Este estudio se une a la lista creciente de desafíos biológicos para la reproducción fuera de la Tierra. La evidencia dice que la microgravedad altera la función inmunológica de las células humanas y modifica la distribución de fluidos corporales. A esto se suma la radiación espacial, capaz de dañar el ADN de gametos y embriones, comprometer la fertilidad y aumentar el riesgo de malformaciones. La ausencia de ciclos circadianos estables y el estrés fisiológico prolongado también pueden alterar hormonas clave para la ovulación, la implantación y el embarazo.
En conjunto, estos factores muestran que la reproducción humana en el espacio no será imposible, pero sí exigirá entornos controlados y nuevas estrategias biomédicas.