El destino suele escribir las peores tragedias con renglones torcidos. Sin piedad y sin contemplaciones. Un día estás tan tranquilo en mitad del campo, en el Levante de Almería, dentro de un paisaje en el que, según el imaginario español, se tiende a creer que nunca pasa nada (el pueblo situado en la zona cero de la catástrofe tiene poco más de tres mil habitantes), igual que en Fargo, la película de los hermanos Cohen, pero sin nieve, y de repente un fuego súbito y abrasador aparece a las puertas de tu casa para llevarte al infierno.
Más de una decena de muertos -y subiendo- y una veintena larga de desaparecidos, todavía no se sabe si para siempre o no, es el saldo de urgencia del pavoroso incendio que ha arrasado Los Gallardos y parte de su comarca, el más destructivo del que se tiene memoria en Andalucía. Una tragedia mayúscula en un escenario minúsculo que revela la asombrosa facilidad con la que las calamidades, entre ellas el abandono de la Andalucía vacía, donde la ausencia de ganadería deja mansamente que el campo se asilvestre y se transforme en una tea ardiente, prevalecen frente a cualquier plan de emergencia.
Un cable eléctrico que cae al suelo y calcina, igual que el dedo del Dios hebreo en el monte Sinaí, una zona de matorrales bajos, secos y olvidados. El viento lo extiende, en ráfagas sucesivas, con una furia bíblica y desconocida. Así termina desatándose el Armagedón. La mayoría de las víctimas son extranjeros -belgas y británicos- que vivían en casas de labranza adaptadas para el turismo rural.
No se sabe aún si conocían bien la zona o acaso optaron por escapar en grupo, por sus propios medios y eligiendo una vía de evacuación nefasta, pero las imágenes de la catástrofe -vehículos calcinados en las cunetas con pasajeros muertos, ahogados o abrasados, cadáveres de caminantes desesperados por la intensidad de las brasas- sobre un fondo de monte devastado y color ceniza alumbran la hipótesis de una muerte ciertamente terrible, análoga a la que vieran hace siglos los habitantes de Sodoma o Gomorra o los vecinos de Pompeya tras la erupción de un Vesubio, esta vez sin boca, hecho de matorrales bajos y barrancos inaccesibles, una autopista montañosa y fértil para el avance sin misericordia de las llamas.
La muerte aparece siempre donde menos se espera porque el Levante de Almería, que no es ni de lejos la zona más seca de la provincia, no es exactamente un desierto, sino un área geográfica de transición entre las discretas sierras penibéticas y las vegas de dos ríos -el Turre y el Jauto- que históricamente había vivido de la minería y, tras el
fracaso de la temprana e incipiente industria meridional, en el siglo XIX, se había reconvertido en una zona agrícola, aunque con baja densidad de población hasta mediados de los años noventa, cuando comienzan a llegar residentes foráneos, muchos de ellos británicos jubilados que, acaso emulando con décadas de distancia la odisea de Gerald Brenan en las Apujarras de Granada, se habían ido instalando plácidamente en la comarca.
En los tiempos de Brenan -hablamos de la España de principios de los años veinte de la pasada centuria- en el Oriente de Andalucía todavía se limpiaban los montes y los campos trenzados de matorral. Ya no se hace. El agro meridional, que en la zona que ha sido calcinada es generoso en escarpes, barrancos y viviendas desperdigadas sobre la nada, vulnerables al fuego y con vistas naturales, tiene dueños registrales, pero nadie se ocupa desde hace lustros de mantenerlo. La conservación de los montes requiere dinero y no produce -a corto plazo- beneficios materiales. La seguridad no cotiza en bolsa. De forma que nadie hace nada porque en estos sitios -se cree- es poco probable que suceda una tragedia.
Hasta que ocurre. Y esta vez parece haber sido concebida por el guionista de una película de terror. Muchas de las víctimas eligieron huir a través de caminos sin salida cierta, probablemente colapsados por otros muchos afectados que pensaron exactamente lo mismo, y se toparon con un fuego desatado y montañas negras de humo tóxico. El campo no tiene puertas pero, cuando es presa del fuego, puede ser una trampa mortal y hacer que lo que parecía un paraíso natural se torne en uno de los círculos del infierno de Dante.
Carlos Mármol es escritor y periodista