Las puertas del colegio Ortega y Gasset de Ceuta se abren a las 9 de la mañana. Desde unos minutos antes, los alumnos se agolpan ante las puertas del centro de las manos de sus padres. Es el primer día del curso escolar.
-¿Tienes ganas?, le pregunta emocionado un padre a su hija esperando una respuesta efusiva.
Ella levanta los hombros con indiferencia.
-No mucho, le contesta.
Hoy están llamados a volver los 13.000 menores a los 35 centros escolares de la ciudad de Ceuta. Lo hacen bajo una incertidumbre de si acudirán sus compañeros o cómo se desarrollará el primer día de clase tras la situación que vive la ciudad desde hace más de un mes.
Sobre las ocho y media de la mañana un helicóptero militar sobrevuela la zona. Una imagen atípica que los ceutíes reciben con cierta "normalidad" dadas las circunstancias. En la puerta, una niña de no más de 8 años saluda amigable a uno de los militares que hacen guardia en los accesos. Él le devuelve el saludo. Son seis y su presencia también es una imagen que choca. Niños con mochilas nuevas y con la ilusión de reunirse con sus amigos, frente al semblante serio del Ejército quienes lleva más de un mes velando por la seguridad de la zona. "Hemos tenido que explicarles que son buenos y que vienen a ayudarnos", explica una madre que asegura haber recibido un bombardeo de preguntas por parte de sus hijos.
En la puerta otra mujer llega con atuendo de trabajo, traje negro completo. Abre la puerta trasera del coche y su hija (que no tendrá más de 10 años) da un salto para bajar del vehículo. Le acompaña al acceso donde un hombre de más de 80 años la espera y la recibe con un gran abrazo. Es su abuelo. Según su nieta "el mejor abuelo del mundo", dice contenta. Le llaman El patilla y ha regentado un bar durante más de 40 años: "Yo en mi negocio he lidiado con todo y hoy tengo que estar aquí para cuidar de mi nieta, mi hija no puede hacerlo y mi otro hijo está cuidando de otra de las pequeñas de la familia. Nos organizamos como podemos". Esta es la realidad de los ceutíes a 8 de septiembre tras la entrada masiva de inmigrantes del pasado 30 de julio. Auténticos malabares entre padres que trabajan y niños que ya no pueden ir solos al colegio. Los más afortunados tienen abuelos que les ayudan.
"Mira, este es mi abogado -dice mientras enseña un palo con la inscripción: "El abogado del Patilla"- si alguien viene a tocar a mi nieta no voy a dudar en utilizarlo".
Cuando preguntamos a su nieta si tiene ganas de volver a clase su respuesta no es otra que "bueno... no mucho. Creo que no van a venir la mayoría de mis compañeros", y esa también es una realidad latente. De hecho, minutos más tarde un coche cruza por delante de la escuela, un hombre saca la cabeza y grita "¡Yo a los míos no los pienso traer!".
"El cole es donde mejor van a estar, el problema es la calle"
Va pasando el tiempo y otros niños se acercan a la puerta. Todos ellos acompañados, ni uno solo acude sin respaldo familiar. Es el caso de una madre que camina junto a sus dos hijas que se agarran con ilusión e incertidumbre a sus mochilas nuevas de ruedas: "Tenía que traerlas, dejarlas en casa es más un castigo para ellas que para nadie -dice-. Además, dentro del cole es donde mejor van a estar. Una vez que entren yo ya me quedo tranquila. El problema es la calle" asegura.
A las nueve menos cinco las puertas se abren y los niños van accediendo. Los padres los entregan a las mujeres del centro que esperan a recogerlos en el acceso. Entrega en mano, como quien dice. Una vez que los ven dentro del recinto se quedan tranquilos y se marchan.
Minutos más tarde, este periódico se reúne con Javier Pérez Rodríguez, director del Instituto Puertas del Campo, un centro educativo de 450 alumnos. Está situado en el barrio que se conoce como El Morro" a dos kilómetros del polígono del Tarajal.
En la zona hay jóvenes inmigrantes que habitan en las calles y en los portales. Los callejones estrechos de la barriada facilitan los escondites. Es común verlos deambular por la zona, aunque en esas primeras horas de la mañana la mayoría de ellos aún duerme. "Educativamente estamos como en una burbuja", explica Javier, "Quizás el problema es más extramuros". Sin embargo, la preocupación de la gran mayoría de los docentes tiene un punto común: "No sabemos cómo vienen los niños de sus casas. Con muchas ganas, o con mucho desánimo, con miedo...no sabemos", asegura.
El director afirma que la incertidumbre de los jóvenes se trasladará a las aulas, donde harán preguntas para tratar de comprender la situación que han estado viviendo (y continúan) hasta ahora: "Es fundamental responderles adecuadamente y de forma lógica. Obviamente lejos de la política, pero sin distorsionar la realidad", sentencia.
La seguridad de los centros corre a cargo de un solo vigilante se seguridad privada que controla los accesos, algo que resulta deficiente en caso de que pudiera ocurrir algún altercado: "Entender que un vigilante de seguridad es suficiente para una situación extrema de este tipo, pues a mí se me antoja muy complicado. Pero bueno, menos es nada", se lamenta.
Javier apela a la educación de los jóvenes asegurando que en su centro se va a mantener la máxima normalidad de las actividades y tratarán de atender emocionalmente a los niños que lo necesiten dentro de los "escasos recursos" que tienen. Sin embargo, comprende esa preocupación en los padres porque asegura que "es evidente que ha habido una realidad. Un mal sueño para esta ciudad"