Hay muchos muertos sin nombre, aunque lo tengan. La familia de Amir Infante, de 16 años, le busca en hospitales y morgues. El edificio en el que vivía se vino abajo. Quedó atrapado entre las puertas de un frigorífico. Así, sepultado, resistió 13 horas hasta que fue rescatado por unos vecinos con un hilo de vida. Su padre, Jaime, lo trasladó en una motocicleta hasta un centro sanitario en La Guaira. Allí murió. El aluvión de fallecidos era tal que el cadáver de Amir acabó en una dependencia con muchos más cuerpos. A cada uno se le asignó un código. Pero cuando la familia fue a retirar los restos del joven para organizar el sepelio, nadie supo decirles dónde estaban. El padre se vino abajo y Yanira, la tía del adolescente, recorrió hospitales y tanatorios donde los muertos estaban ordenados en hileras. Ninguno coincidía con el código. Ahora confían en las pruebas de ADN para lograr una identificación. «Mi hijo me esperó para morir», repite el padre. Sobre los escombros del edificio La Estrella hay flores regadas con agua bendita.
Pese a que ha comenzado a entregar las primera viviendas a los que se han quedado sin hogar, el Gobierno chavista está superado por la crisis. Los datos oficiales no cuadran con los que manejan las organizaciones humanitarias. La web Desaparecidos Terremoto Venezuela sitúa en 29.000 el número de personas aún no localizadas. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU lleva esos dígitos hasta 50.000. Y la ayuda apenas llega. La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) denuncia que sólo ha recibido la cuarta parte de los 53 millones de euros que solicitó para atender a los afectados.
Y temen que el paso del tiempo haga que el mundo se olvide: «El primer mes después de un desastre suele generar solidaridad y atención a nivel mundial. La verdadera prueba ahora es si ese apoyo se mantendrá una vez que desaparezcan los titulares en los medios de comunicación», señaló la directora de NRC en Venezuela, Elena Vicario. «El mundo no debe mirar hacia otro lado», pidió.
Diez años para la recuperación
«Este desastre está lejos de haber terminado. Hay que seguir distribuyendo artículos esenciales. Proteger a las personas y la salud pública es una prioridad», apuntó la directora de la FICR para América, Loyce Pace. El Banco Mundial estima en 17.200 millones de euros los daños provocados por esta catástrofe y advierte de que una reconstrucción lenta podría frenar la recuperación económica del país caribeño durante diez años.
El acceso al agua potable es urgente. Muchas familias dependen todavía del agua embotellada para beber, lavarse y cocinar. Según Cruz Roja, también es necesaria una mayor atención a la salud mental porque «muchos supervivientes padecen ansiedad, miedo, tristeza e insomnio mientras afrontan la pérdida de seres queridos, empleos y medios de subsistencia». Otro punto clave es el servicio primario de salud: en las zonas más sacudidas por el terremoto hay riesgo de brotes epidémicos y miles de enfermos crónicos todavía siguen sin sus tratamientos farmacológicos. Cruz Roja ha instalado una clínica de emergencia en La Guaira que estará en funcionamiento durante cuatro meses. Proporcionará servicios sanitarios y apoyo psicosocial a cerca de 30.000 personas.
Y mientras se buscan cadáveres y se atiende a los afectados, bajo los cascotes siguen también las respuestas sobre los motivos por los que tantos edificios se desplomaron con sus residentes dentro. «Eran de cartón», denuncia en la BBC una de las víctimas. Paredes de cartón-yeso. En muchos hogares, además, había depósitos de agua para los períodos de escasez. Peso añadido que facilitó el efecto demoledor de los seísmos.
comentarios Reportar un error