Lunes, 13 de julio de 2026 Lun 13/07/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Álvaro Lozano, el malagueño que deslumbra en la élite del violonchelo

Álvaro Lozano, el malagueño que deslumbra en la élite del violonchelo
Artículo Completo 945 palabras
El músico, de 20 años, acaba de terminar cuarto en uno de los certámenes más prestigiosos del mundo: «No he encontrado nada que me haga tan feliz como tocar»
Álvaro Lozano, el malagueño que deslumbra en la élite del violonchelo

El músico, de 20 años, acaba de terminar cuarto en uno de los certámenes más prestigiosos del mundo: «No he encontrado nada que me haga tan feliz como tocar»

Regala esta noticia Añádenos en Google Lozano, con su chelo en calle Larios. (Migue Fernández)

Alberto Gómez

12/07/2026 a las 23:56h.

El día antes pone algunos reparos a la propuesta de fotografiarse con su violonchelo en mitad de la calle Larios: demasiado calor, mucha gente... No ... parece el entorno más seguro para manejar una pieza de museo. Lo que podría parecer un arranque de divismo precoz esconde una razón de peso: el instrumento tiene casi tres siglos de historia y es un préstamo de Jorge Pozas, uno de los lutieres más respetados del país.

«Es un chelo muy delicado. Cuando viajo, por ejemplo, le compro un asiento extra en el avión. No podría facturarlo. El riesgo de que sufra un cambio brusco de temperatura o un golpe es enorme. En el compartimento para equipaje también es imposible; conocemos casos de compañeros que lo han metido ahí y ha salido hecho añicos. En los aeropuertos no te ponen problemas siempre y cuando pagues el billete, así que vamos los dos en el avión, él en el asiento de al lado», explica entre risas.

Está considerado una de las figuras más prometedoras de la música clásica española, una etiqueta que recibe con más timidez que convicción. Creció entre Huelin y el Limonar, dos barrios muy distintos que han marcado su forma de ser, a medio camino entre la frescura de sus veinte años y la disciplina del estudio. Hace apenas unas semanas, su nombre pasó a ocupar las conversaciones de los círculos musicales europeos. Terminó cuarto en el Concurso Queen Elisabeth de Bruselas, un certamen que los especialistas consideran la prueba de fuego definitiva para evaluar la madurez de un instrumentista, tanto por la dificultad del repertorio como por la presión personal. Por si fuera poco, regresó a España con el Premio del Público.

Mantener el control

De los más de 180 violonchelistas de todo el mundo que enviaron sus grabaciones, solo 64 fueron seleccionados para la fase presencial. De ahí pasaron a 24, y finalmente a los 12 finalistas sobre los que se posan todas las miradas. Porque en el escenario del Palacio de Bellas Artes de Bruselas, frente a un jurado que anota cada imprecisión, el verdadero reto es mantener el control, dominar las emociones: «Quedar cuarto en un concurso con tantísimo nivel es algo que nunca hubiera imaginado. Uno estudia todos los días para mejorar, pero hasta que no se ve ahí no sabe realmente hasta dónde puede llegar».

Si hay un reconocimiento que le hace especial ilusión es el Premio del Público. «Es el que hace que nuestra carrera tenga sentido. Sin público las salas estarían vacías y no tendríamos trabajo. Que en Bruselas decidieran dármelo a mí, alguien que venía de fuera, es un honor tremendo». Además, el concurso le abrió las puertas al reconocimiento de muchos grandes nombres del instrumento: «Recibir mensajes o llamadas de músicos que admiras desde niño, que te escriben para darte la enhorabuena, es una pasada. Te hace ver que vas por buen camino».

El coche de los Lozano

Su relación con la música nació en casa. Creció en una familia donde la música clásica —o barroca, como le gusta precisar— era la banda sonora diaria. Su padre es fagotista en la Orquesta Filarmónica de Málaga y su madre es profesora de violonchelo. Mientras sus compañeros de colegio iban a clase escuchando a Shakira o Bad Bunny, en el coche de los Lozano el trayecto transcurría entre estructuras de Bach y sinfonías de Beethoven. «Reguetón precisamente no», bromea.

Tocar siempre ha sido, para él, una forma natural de estar en el mundo. «Empecé a los ocho años y nunca me planteé otro camino porque nada me hace tan feliz como tocar. Mis padres me apoyaron desde el primer minuto, pero jamás me exigieron que me dedicara a esto profesionalmente. Siempre me dejaron claro que la decisión era mía. De hecho, mi hermano también estudiaba música y lo dejó hace un par de años porque sus gustos cambiaron».

Su formación inicial se fraguó en el Conservatorio Profesional Manuel Carra. Al cumplir los diecisiete, dejó Málaga para instalarse tres años en Sevilla, estudiando en la Fundación Barenboim-Said con Pavel Gomziakov, antes de dar el salto en 2023 a la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid, donde actualmente termina sus estudios.

Las cuentas del arte

No ha sido un camino de rosas. Detrás de los conservatorios hay una realidad financiera que determina quién accede a estos estudios. Matricularse en un centro como la Escuela Reina Sofía implica un desembolso que supera los 45.000 euros, una cifra inasumible para una familia trabajadora. El acceso depende a menudo de un sistema de mecenazgo que busca el talento. Y a Álvaro le sobra. «El sistema de la escuela funciona mediante una red de apoyo privado. Nadie paga esa matrícula de su bolsillo; entras por nivel musical tras unas pruebas y, si te aceptan, te asignan una beca financiada por fundaciones», explica.

comentarios Reportar un error
Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
Compartir