El regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 fue interpretado precipitadamente por la derecha occidental como el inicio de una nueva revolución conservadora que arrasaría con la hegemonía política y cultural de la izquierda. El final del insufrible wokismo. Otros, en cambio, como Sánchez, intuyeron que el nuevo mandato de Trump, un político divisivo y grotesco, iba a tener el efecto contrario: avivaría la guerra civil en el seno de la derecha, entre un conservadurismo clásico, arraigado a la democracia liberal, y los tecno-reaccionarios que consideran que el sistema agoniza y hay que darle matarile rápido; también previeron que Trump acabaría reactivando y movilizando al espacio «progresista».
Los hechos, por ahora, están dando la razón a aquella primera lectura de Sánchez sobre Trump y sus efectos colaterales: el wokismo sigue muy vivo políticamente -la victoria de Mamdani en la alcaldía de Nueva York es un ejemplo-, y culturalmente -el gran éxito comercial del escritor Uclés así lo acredita-; además, en elecciones recientes -Portugal, Noruega y locales de EEUU- ganó la izquierda, mientras la derecha clásica y la nueva derecha identitaria están enfrentadas en una guerra de sustitución en la mayoría de países occidentales.
Un contexto, avivado por la oposición social que la intervención militar en Irán suscita en Europa e incluso en EEUU, en el que la estrategia de Sánchez de presentarse como la némesis de Trump, una suerte de Capitán Democracia contra el "imperialismo yanki y sionista", tiene posibilidades de funcionarle en España, el país europeo con la opinión pública y publicada más izquierdista. Por el momento, el plan de La Moncloa ha logrado que la conversación pública gire básicamente en torno a Trump e Irán, y que haya desaparecido todo aquello que hacía de Sánchez un presunto cadáver político: la corrupción, el caos ferroviario, la inmigración, la colonización gubernamental de instituciones del Estado, sus cambalaches con el nacionalismo, la crisis de la vivienda, la inmigración, la falta de presupuestos... Incluso a nadie le importa ya la, hasta hace poco, tan comentada polémica de los archivos de Epstein.
No obstante, la estrategia sanchista de convertir el antitumpismo en su primer activo político -la admisión velada de que se ha quedado sin un proyecto nacional-, para desdibujar al PP de Feijóo, aprovechando que en el mundo global los grandes asuntos internacionales interfieren cada vez más en las lógicas domésticas, tiene sus debilidades. Como la falta de credibilidad de Sánchez para presentarse cual pacifista mundial y defensor de la soberanía nacional ante Trump cuando gobierna gracias a los herederos de ETA y de unos partidos independentistas que pretenden, justamente, que España deje de ser un país soberano; otro punto débil del plan de Sánchez es que Irán no sea el Irak de 2003, que despertó el masivo «no a la guerra», y muchos españoles tienen todavía presente que los ayatolás son una secta de fanáticos que desde hace cinco décadas somete a sangre y Corán a su pueblo, especialmente a las mujeres.
Aunque el elemento más vulnerable de la candidatura «pacifista» con la que Sánchez quiere reinventarse es su total dependencia de la (mala) suerte del presidente de EEUU. Es decir, para que le vaya bien a Sánchez necesita que le vaya muy mal a Trump, que la guerra de Irán se alargue y que las consecuencias económicas sean tan desastrosas que provoquen un gran movimiento de protesta social que le permita reivindicarse como el primer líder europeo que lo advirtió y se opuso. En consecuencia, Sánchez no sería la antítesis de Trump, como proclama, sino su parásito político que depende y vive de él.