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Carmen Maura, en un fotograma de 'Calle Málaga'. Boutique FilmsDomingo, 19 de abril 2026, 09:42
... el mismo o la misma siempre, al margen de los años que se vayan cumpliendo, o si se opta por ir adaptándose al guión escrito para cada edad y conforme van saliendo canas, ir elevando el grado de seriedad del comportamiento, la vestimenta, el peinado, los gustos, los hábitos y las costumbres. Aunque a veces se revela una tercera vía, porque hay a quien de repente le entra el vértigo del hacerse mayor y trata de quitarse años disfrazándose de un joven que en realidad nunca fue. Y se nota quien mantiene el estilo de siempre y quien se ha convertido en un juvenil impostado. Entre los de verdad, los 'heavys' de la Gran Vía de Madrid, que se hicieron famosos porque iban siempre igual vestidos por mucho que pasaran no ya los años, sino las décadas, y porque se mantenían fieles a su filosofía de vida, que reivindicaban en la calle, siempre en el mismo lugar, y a ojos de todos. Sus apretadísimos pitillos, las camisetas negras sin mangas y las chupas de cuero eran tan parte de ellos como su propia piel ya curtida o como el pelo ralo que a duras penas conservaban, pero siempre largo. Entre los impostados, no vamos a sacar los colores a nadie, pero seguro que todos los lectores pueden tener a alguien en mente.Es la cosmopolita y bulliciosa Tánger contemporánea, en la que lleva toda la vida y de la que no quiere marcharse pese a que su hija la ofrece un Madrid más cómodo, y ahí se atreve también a disfrutar de una gran pasión amorosa a la que no se resiste cuando la costumbre más aceptada es la de retirarse del mercado de la carne pasada según qué edad. La mujer escoge seguir viviendo con intensidad, como siempre. Sin mirar atrás, sin nostalgia y rompiendo el mandato generacional y de género de que llega un momento en que hay que entregar la existencia propia por los hijos, sacrificarse y desaparecer para que ellos brillen. Ella se rebela y decide no anularse, se antepone, incluso. Y lucha contra la infantilización con la que se castiga a los mayores, a quienes a partir de determinada edad se empieza a tratar como a niños. O como a tontos.
'La Grazia', de Paolo Sorrentino, amenazaba con ser la enésima película sobre un señor(o) en crisis por envejecimiento. Y sí, lo es, pero consigue no serlo del todo, o no ser únicamente eso. Es cierto que su masculinidad herida lo está desde hace mucho, porque su enfermedad es la nostalgia que siente por su amor de toda la vida, ya fallecida, aunque le fuera infiel muchos años atrás. El personaje que encarna Toni Servillo no para hasta averiguar con quién le engañó y el descubrimiento, que no revelamos para no hacer spoiler, lo calma quizás por la peor de las razones: le cura su mancillado orgullo varonil, que ya no necesita reparar con la joven guapa y elegante que le hace ojitos.
El protagonista de 'La Grazia' está atravesando los últimos días al frente de la presidencia de Italia, es decir, el final de su carrera profesional, que para muchos varones, al no haber desempeñado otra labor en casa, al no tener otra misión vital, puede representar el final de su vida 'útil' y llevarles a una depresión de caballo. Él lo afronta con gran dignidad: el último día de mandato abandona a pie el palacio de la presidencia, va caminando a su casa y entra tranquilamente en su piso, sin traumas, imperturbable. Justo antes de eso, lo más importante -y aquí sí va un spoiler-, no se queda amarrado a sus principios, a sus convicciones. Reconsidera sus posiciones, escucha -sobre todo escucha- y es flexible ante las inquietudes de las nuevas generaciones que representan sus propios hijos. Con la última decisión de su presidencia lanza un enorme mensaje: «Quizás he estado equivocado toda mi vida. Posiblemente mi generación ha errado. Nunca es tarde para cambiar. Los jóvenes seguramente estén en lo cierto». Eso jamás lo aceptaría un 'señoro'.
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