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María Dolores Busó, a sus 95 años, es la alumna de mayor edad en la UMA. Carmen Barainca María Dolores Busó, la alumna centenaria de la UMA: «Los vínculos sociales me dan vida»A sus 95 años, continúa formándose en el Aula de Mayores para adquirir más conocimientos y generar nuevas relaciones
Carmen Barainca
Lunes, 23 de febrero 2026, 00:06
... bastón, pero con un aplomo que desmiente la fragilidad. La alumna más veterana de la Universidad de Málaga, con 95 años, nacida en 1930, entra en el aula y algo ocurre: los profesores abandonan el estrado para saludarla y sus compañeros se acercan a abrazarla. «Los vínculos sociales me dan vida», asegura.Una infancia interrumpida por la historia
María Dolores nació en Málaga, «el 28 de junio de 1930, del siglo pasado», puntualiza con ironía. No habla de la Guerra Civil como un episodio político, sino como un recuerdo corporal: el calor de Granada, el coche familiar bajando hacia la Axarquía, los veranos en La Viñuela. Y luego, la Desbandá, aquel éxodo aciago en 1937 que su memoria ha convertido en una escena única, detenida, una fotografía. «Lo único que recuerdo es a mi abuelo llevando a mi hermano de tres años en los hombros». Su niñez le impedía grabar la dureza de la guerra. Ni bombas, ni barcos, ni el horror que otros han documentado con precisión.
Vuelve a su infancia. Recuerda la casa multitudinaria, nueve hermanos y el orden férreo de su padre, un hombre honrado que regía la disciplina: «En mi casa, el «sí, señor», el «por favor», el «gracias»… eran obligatorios». Quizá por eso, cuando la vida le golpeó, no se desordenó del todo. El hábito de seguir adelante, a ser feliz, aunque sea por respeto a las normas internas, ya estaba sembrado desde la niñez.
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María Dolores Busó en la clase de Salud Mental del Aula de Mayores en la UMA. Carmen BaraincaEl padre de Busó le inculcó la educación, al igual que a sus hermanos. Terminó Magisterio en 1952. Pero no pudo opositar. No la dejaron. Lo dice sin rabia: «Mi novio, el que fue mi marido, y mi padre no querían que me fuera destinada lejos». Era lo que le ocurrió a su amiga al opositar en la misma labor. Así que enseñó en privado, casa por casa, barrio por barrio, cuando Málaga aún era una ciudad que se atravesaba a pie. «En los pisos de canto tenía una clase; la siguiente, en la avenida del Hospital Civil. Todo andando. Llegaba a casa reventada». Luego, trabajó junto a su marido.
Habla de él, Isidoro, con devoción: «He estado 50 años con el mejor hombre del mundo. Hubiera querido morirme un día después que él». Se detiene. Respira. No dramatiza. «Sigo viviendo. Soy feliz. Estoy muy acompañada, pero la ilusión de vivir con él ya no está». Describe un matrimonio sin hijos de presencia absoluta: «Estábamos juntos las 24 horas del día». Y cuando él murió en 2002, la casa se volvió más grande. «Demasiado grande».
El aula como salvavidas
Si empezó a cursar en la Universidad de Málaga fue, curiosamente, «por amor». Porque Isidoro dormía siestas interminables y ella no quería despertarle. «Me enteré de que había cursos a las cinco de la tarde. Dije: esa es mi oportunidad». Desde entonces, lleva más de dos décadas entrando por la misma puerta, ocupando un lugar perenne en la memoria colectiva del Aula de Mayores.
Los compañeros la reciben con besos. Los profesores la nombran desde la tarima. Incluso hay clases sumergidas en dudas sobre sus recuerdos. Ella siempre sonríe. Se sienta. Toma apuntes y participa. En Salud Cerebral explica a la clase su filosofía: «Hay que echar todos los problemas a la espalda y seguir adelante. Todo es cuestión de organizarse». Un cuerpo que insiste en un mundo que la sostiene. La estabilidad le falla. Sale con bastón o sobre el brazo de amigos. Aun así, se obliga a caminar: «Si me quedo en el sillón un día y otro, me quedaré ahí para siempre».
Va a gimnasia desde hace más de treinta años. Socializa. Se cuida. Tiene hambre de vida. Ha viajado por todo el mundo. «Pude apreciar amaneceres en globo desde Capadocia». Juega al parchís, escucha música sudamericana durante horas y tiene muchos días felices. Cuando salgo de casa las personas se acercan a mi con cariño. Vuelvo a casa contenta, como con un chute de cariño, y eso me da vida». Sin embargo, confiesa con la tranquilidad de quien ha vivido su todo: «Yo quiero morirme. No le tengo miedo a nada, solo a la enfermedad».
La alumna más veterana del porvenir
María Dolores no encaja en esa idea paternalista de «mayor ejemplar». No busca servir de modelo ni demostrar nada. Solo sigue su impulso, el mismo que la llevó a estudiar Magisterio, a recorrer Málaga andando, a no hundirse cuando la guerra interrumpió su infancia. Cuando entra en clase, un murmullo se expande. Cuando habla, se hace un silencio respetuoso. No es solo la estudiante más longeva de la Universidad de Málaga. Es, sobre todo, la prueba viviente de que el conocimiento no alarga la vida, sino que la ensancha.
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