En conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, reunimos las historias de las doctoras, científicas, emprendedoras, etc, que marcarán el futuro de México y el mundo. Un especial de WIRED en español.
ArrowMientras informa en redes, advierte que la cobertura de vacunación en Venezuela es baja, del 71%, cuando debería superar el 90%. Y expone que, aunque el brote comenzó en junio de 2025, las autoridades venezolanas lo mantuvieron en silencio durante ocho meses. Observar estas enfermedades implica también reconocer las injusticias que la propician.
Hace dos años se mudó a Colombia, pero su labor científica sigue anclada a Venezuela y su mirada permanece atenta a su país. En redes sociales lo mismo escribe sobre enfermedades tropicales, que repostea historias de presos políticos y denuncias por daños ambientales. Pienso, es otra forma en que Grillet traza mapas urgentes.
Antes lo hizo a través de sus investigaciones sobre oncocercosis en la Amazonía. Iniciados a comienzos de la década de 1990, sus hallazgos han contribuido a comprender los mecanismos de transmisión de esta parasitosis y han orientado estrategias de control en Latinoamérica y África.
Mientras que sus trabajos sobre la malaria han demostrado que existe mayor riesgo de transmisión en los bosques fragmentados. Uno de sus artículos más recientes, del que es coautora, lo señala con claridad: durante los últimos 50 años, los eventos epidémicos de malaria en la región amazónica han estado precedidos por deforestación.
Según la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada, tan solo entre 2000 y 2020, la región amazónica perdió un 9% (54,500 millones de hectáreas) de superficie forestal.
“Con la malaria, finalmente hemos entendido, después de muchos años de investigación, cómo las dinámicas espaciales locales relacionadas con la ecología del insecto vector son relevantes para la persistencia y control de la enfermedad a una escala mayor”. Sus estudios muestra que preservar el bosque amazónico es tener más salud.
La colaboración como estrategia contra la crisis
Hacer ciencia en Venezuela durante la última década ha sido cada vez más desafiante. Grillet explica que la crisis económica, agudizada a partir de 2013, afectó los sueldos de los profesores, que comenzaron a disminuir hasta ser "insuficientes para la supervivencia”, la situación hizo migrar a cientos de científicos. Según un reporte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre migración forzada, más de siete millones de personas en Venezuela han abandonado el país desde 2015. En 2019, Flor Pujol, de la Asociación de Investigación del Instituto Venezolano de Investigación Científicas, indicó que 30% de los investigadores del país habían emigrado.
La crisis también se reflejó en menos estudiantes. De acuerdo con los resultados de la última Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida, entre 2016 y 2024 la cobertura educativa para las personas de entre 3 y 24 años en Venezuela pasó del 76% al 63%.
sexto lugar del ranking latinoamericano de producción científica, medido por la cantidad de artículos publicados por país; para el 2024 llegó al undécimo puesto.Como la situación no ha ido para mejor, Grillet ha apostado todo a la colaboración. El resultado es una carrera productiva durante los últimos 15 años. “El laboratorio donde me formé y crecí operaba con mucha colaboración con colegas nacionales e internacionales”. Mantener esa dinámica la hizo consolidar vínculos académicos en el exterior, con estancias como académica invitada en laboratorios de Ottawa, Groningen, Albany, Toronto y Reino Unido; lo que en más de una ocasión facilitó el desarrollo de proyectos junto a estudiantes y profesores connacionales.
“Todo progreso de un país tiene su ciencia y en Venezuela, necesitaremos de mujeres científicas para reconstruir nuestro país”, precisa.
De la exploración a la ecoepidemiología
El deseo de ser científica la encontró muy joven y en todos lados. Nació en la capital de Venezuela, pero creció en el sur del país, en la Guayana, de donde era su padre. “Crecí en una ciudad en la confluencia maravillosa de dos grandes ríos, Orinoco y Caroní”.
En las clases de un profesor de bachillerato descubrió que la biología le fascinaba, tanto que le pidió a su mamá un pequeño microscopio, que pronto recibió. La primera muestra que observó fue una gota de agua. Sus lecturas tempranas insistieron en la naturaleza: las exploraciones de Darwin en el Beagle y las de Humboldt a America del Sur.
Entonces se mudó a Caracas para estudiar biología en la universidad más importante de su país, cuyo himno canta “casa que vence las sombras”. Se graduó en 1982 con especialización en ecología. Su tesis abordó el comportamiento de unos peces pequeños que forman cardúmenes en la naturaleza; analizó su capacidad de aprender y desaprender como estrategia para sobrevivir a los depredadores.
De la zoología dio un paso a la ecología, "la ciencia que estudia las relaciones entre los organismos y su entorno, y cómo estas interacciones afectan la distribución, abundancia y organización de los organismos en los ecosistemas”.
Una visita al Amazonas: un viaje de ida
Ya en ese camino, recibió en el laboratorio de la UCV la invitación de una estudiante del entonces Centro Amazónico de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales, ahora Sacaicet, para conocer la institución. Viajó a la Amazonía junto con María Gloria Basáñez, hoy reconocida parasitóloga y epidemióloga del Imperial College en Inglaterra, además de colega y amiga de Grillet.
Baséñez le explicó que estudiaban un parásito transmitido por una pequeña mosca del género Simulium, causante de oncocercosis, infección conocida como “ceguera de los ríos”. Esta provoca dermatitis severa y, en los casos más graves, las formas embrionarias del parásito pueden alojarse detrás del globo ocular, comprimir el nervio óptico y ocasionar pérdida parcial o total de la visión.
ivermectina, que condujo a la eventual eliminación de la enfermedad en México, Guatemala, Colombia, Ecuador y en el norte de Venezuela. Hoy persiste un último foco activo en el continente, está en la Amazonía, una zona habitada por indígenas yanomamis.Fue haciendo estos trabajos que la investigadora vio de frente el problema de la malaria. Ambas enfermedades le hicieron ver más allá del microscopio, notar factores ambientales y sociales que cambiaban el juego de la salud. También la llevaron a trabajar con especialistas en medicina, parasitología, epidemiología y antropología.
“Me imagino que tengo una vena social que ahí se me disparó y sentí que este era mi nicho, donde yo podía incidir sobre las enfermedades. Es en estas investigaciones en donde yo he podido canalizar esa búsqueda constante de una mayor equidad social en mi país y en la región”. Hoy es asesora del Programa de Eliminación de la Oncocercosis en las Américas, y apoya los esfuerzos en África, donde también esta la enfermedad. Además, pertenece a diversos comités asesores regionales de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud.
Desde el enfoque multidisciplinario necesario para abordar las enfermedades tropicales, su trabajo indaga qué rompe el equilibro de las interacciones de las las especies involucradas en producir infecciones (patógeno-hospedador-vector).
“Al final, la estabilidad o no de estas interacciones dependerán del ambiente donde se desarrollan. Es por ello que debemos entender a ese paisaje permisivo y promotor de enfermedades para identificar elementos clave que permitan prevenir una enfermedad, disminuir su impacto o eliminarla".
Lo que en la pandemia por SARS-CoV-2 se popularizó como One Health, es lo que Grillet ha hecho desde hace décadas bajo el nombre de ecoepidemiología.
La degradación como amenaza a la salud
Mientras en el continente retrocedía la malaria entre los años 2000 y 2015 (pasando de 290 muertes al año a 89). Venezuela vivía un incremento del 375% en los casos. Con la crisis económica de 2014, muchas personas migraron hacia zonas mineras al norte que se convirtió en el foco más activo de la región.
Los estudios de Grillet y colegas demostraron que la minería ilegal de oro a cielo abierto favorece la propagación de la malaria. La extracción implica remover la vegetación y crear fragmentación del bosque, dragar el terreno con presión de agua, crear grandes piscinas de agua y usar mercurio para amalgamar el metal precioso. Una vez que un espacio es explotado, los mineros avanzan a otros sitios cercanos y repiten el proceso, dejando atrás cuerpos de agua estancada.