Esta vez sí, la legislatura pisa los terrenos de la fatalidad. La amenaza existencial del proyecto de Sánchez es real. Se conjuga aún en condicional, pero es real. Con el poder sobre el tapete del caso Zapatero, se acumulan las señales que conducen al fin de ciclo: el desgaste por la trama en torno a Ábalos, el shock de Cerdán, la investigación a Begoña Gómez y a David Sánchez, la fatiga de los socios parlamentarios, las derrotas regionales o el «SOS» de los alcaldes del PSOE para no concurrir ellos con un motor nacional gripado.
De todos los problemas de Sánchez, la imputación del ex presidente por presunta corrupción es el mayor. Lo reconocen en Moncloa. Quién le iba a decir al presidente que la amenaza de descabello le iba a venir de su gran ascendente sentimental y electoral. De su Obi-Wan Kenobi político: a la vez maestro y negociador. Zapatero es el pilar de carga de esa España plurinacional que no acaba de consumarse, pero que al menos tiene mayoría en el Congreso. Y va tirando. Si cae él, la legislatura entrará en los minutos de la basura: a Bambi lo espera la derecha en el foso de los leones, dispuesta a cortarle con su cimitarra el cuello político, como cuando estas mismas cosas las escribía Raúl del Pozo en el segundo mandato de Zapatero. El PP no pica el anzuelo de la moción de censura porque Feijóo ha llegado a la conclusión de que ahora no hay prisa. «Que se cuezan».
Mientras tanto, el Gobierno resiste en formación tortuga, sin controlar la agenda y con la certeza de que el presidente ha quedado desguarnecido. Sánchez contestará hoy, ocho días después, las preguntas de la prensa, en una rueda de prensa en El Vaticano, zona cero de la resistencia política: lleva 2.000 años haciendo agua sin hundirse.
Ahora mismo no hay revulsivos en la recámara. El análisis que hacen diversas fuentes gubernamental sobre el daño que le inflige al Ejecutivo la imputación de Zapatero es sombrío y realista: «Esto es desesperante. El Gobierno tiene cinco tiros en el estómago y ninguno nos lo hemos dado nosotros. Siempre son del partido o de fuera del Gobierno. Ábalos, Santos, Zapatero... No tenemos control y esa sensación es jodida». «Estamos totalmente dependientes de esto y es una lástima. Lo peor es la sensación de que no depende de nosotros. Lo de Zapatero es como si se le rompe la tubería a tu vecino de arriba y te empapa, pero no lo puedes arreglar tú. No está en tu mano», ejemplifican.
El rol de ZP
«El calvario será largo», reconocen otras fuentes gubernamentales, tras posponerse la citación judicial de Zapatero del 2 de junio a los días 17 y 18. En el Gobierno desearían que Zapatero «saliera a hablar» ante la prensa y aclarara su versión, porque eso «aliviaría» la carga sobre el partido, pero, a la vez entienden su estrategia de defensa: «Es mejor siempre mirar a largo plazo». «Estamos expectantes. No hay pruebas claras todavía sobre nada de Zapatero, pero sí que hay evidencias suficientes de que se ha rodeado de gente, como Julito Martínez, que vaya tela marinera...», resumen.
Zapatero jugaba hasta su imputación un papel clave en el proyecto político de Sánchez. Como referente moral y galvanizando como nadie a las bases, en primer lugar, pero también como negociador con los socios del PSOE. «Su voz pesaba, claro. Sobre todo, en cuestiones estratégicas. Asesoraba sobre los socios y su rol era más la relación con la España periférica: ERC, Junts, PNV... y también la relación con Podemos. Pero no era un activo recurrente en la toma de decisiones del Gobierno», explican las fuentes gubernamentales.
Pese a la ascendencia internacional que se le atribuye, «en política exterior no influía nada». «Cero. Al revés. Todo lo hace Moncloa con Albares», detallan en el Ejecutivo. «Zapatero sí hablaba mucho con Sánchez, pero más de estrategia general», aclaran otras fuentes.
En medio de la depresión post traumática del PSOE, Aitor Esteban ha asomado la cabeza para marcar perfil y pedir elecciones en 2026. Se trata de un desiderátum más propio del pragmatismo jesuítico que de un empacho definitivo. No es una amenaza. De hecho, dirigentes jeltzales ya han hecho saber a Moncloa que no quieren romper la aritmética nacional. Al contrario: nadie depende del PSOE como ellos, que gobiernan juntos las tres diputaciones forales, las tres capitales vascas y la comunidad. Hasta que la muerte o Bildu los separe. «El PNV tiene cero incentivo. Cero. Y nosotros tenemos cero preocupación. Aitor Esteban está librando una batalla de poder interna», analiza un miembro del Ejecutivo.
SIN MAITINES
También es una prueba inequívoca del desgaste del Gobierno la bunkerización aparente del presidente. Desde hace seis meses, ya ni convoca la reunión de maitines los lunes en La Moncloa, para sincronizar agendas y estrategias con la plana mayor del Gobierno y del partido. Y no piensa recuperarla, por ahora.
Que ya no haya maitines es un indicador expresivo del punto de inflexión que vive el proyecto de Sánchez. Sin asesores áulicos a su lado (Zapatero era el último de sus rasputines externos), el presidente del Gobierno acentúa su hiperindividualismo y aprieta las filas con sus pretorianos de Moncloa. «Quitar los maitines es sintomático de que el presidente se apoya menos ahora en el partido y se fía menos de Ferraz que antes. Las reuniones coordinaban la relación entre el PSOE y Moncloa y la estrategia de la semana, pero también sigue habiendo un Comité de Dirección de Moncloa», aplacan fuentes del Ejecutivo. «Quienes cocinan las decisiones son gente del equipo de Moncloa», aclaran.
Hasta su abrupto final en diciembre, en los maitines participaban nueve personas. Ocho fijos y un invitado ocasional. Pedro Sánchez, María Jesús Montero (entonces vicepresidenta y aún número dos del PSOE), Patxi López (portavoz parlamentario), el ministro Félix Bolaños, Diego Rubio (director de Gabinete de la Presidencia), Rebeca Torró (secretaria de Organización socialista), Lydia del Canto (secretaria de Estado de Comunicación) y Óscar López (ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, y ex jefe de Gabinete). Además, al ministro de Transportes, Óscar Puente, se le invitó a algunas reuniones puntuales. Una muestra más de sus galones.
En esas reuniones, la secretaria de Estado de Comunicación desglosaba los hitos comunicativos de la semana, Rubio informaba de las políticas que priorizaba Moncloa y Bolaños, de las propuestas que se aprobarían al día siguiente en el Consejo de Ministros. El partido ponía sobre la mesa mítines, actos y necesidades de los territorios.
Eso sí, llevarle la contraria a Sánchez no estaba muy bien visto, que digamos: uno de los dirigentes del PSOE aprovechó una reunión para expresarse contrario a la amnistía y por la tarde, desde Ferraz lo llamaron a capítulo: «¡Que Pedro te va a coger manía!».