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Museo Reina Sofía: una reordenación para olvidar a conciencia

Museo Reina Sofía: una reordenación para olvidar a conciencia
Artículo Completo 1,148 palabras
Presentar el presente puede ser algo más que difícil: redundante o abismal, instalado para pasar y apenas dejar rastro. Tomar una fecha como 1975 como punto de inflexión supone no solo, sigo con la redundancia, transitar por la Transición sino ordenar el tránsito hacia acontecimientos traumáticos: la caída del muro de Berlín, la primera guerra del Golfo que, a pesar de Baudrillard, «si tuvo lugar», iniciar el siglo XXI con un atentado colosal, sufrir el austericidio tras el colapso del capitalismo de casino, participar en el año de las indignaciones o, más recientemente, sobrellevar el confinamiento de la pandemia de la covid19 con el recuerdo, décadas antes, del duelo del sida.Todo esto no es mi mera Historia ni vulgar sociología atropellada, sino referencias del 'espíritu del tiempo', acontecimientos que, junto a la crisis climática, las transformaciones del mundo 'algorítmico' o las pugnas políticas en el aceleracionismo xenófobo tensan o empujan hacia la catástrofe definitiva a una sociedad hiperconectada y absolutamente impotente.La nueva presentación de la colección contemporánea del Museo Reina Sofía, transita o, mejor, patina sobre hielo por el laberinto del arte sin ofrecer otra 'brújula' que conceptos manidos o, sencillamente, vaciados: afectos o nuevos materialismos. También alude a un 'marco nuevo' que pretende ser una 'genealogía' del Museo y se queda en galería de retratos pomposos o documentos bastante acríticos. Noticia Relacionada Nueva relectura de la colección estandar Si Segade certifica el fin de la era Borja-Villel en el Reina Sofía Natividad Pulido Así es la nueva relectura de la colección del museo desde la Transición hasta el presente: arrasa el arte español, desaparece el 15-M, se cuela lo afro, se imponen los feminismos, hay un 64% de obra inédita... y seguimos sin noticias de PlensaSería oportuno meditar sobre qué diferencias sustanciales tiene esta organización curatorial, pretendidamente pensada para «poner al espectador en el centro», y las distintas aproximaciones a la actualidad que realizara Manuel Borja-Villel. Un síntoma –me permito esa clave psicoanalítica– es la reducción de las vitrinas con bibliografía y una ansiosa necesidad de presentar 'piezas inéditas'. Parece que lo importante es fardar de lo que se acaba de comprar y prestar escasa atención a lo que ha sido la historia expositiva de un Museo que sufre de amnesia selectiva.Ausencias y magnificaciones Es fácil dejarse llevar con aquello de 'no están todos los que son' y empezar con la lista de los injustamente olvidados que también supondría dar cuenta de magnificaciones de algunos artistas que ocupan espacios inversamente proporcionales al interés que sensatamente suscitan. Algunos han sido aceptados en esta 'historia' para quedar casi reducidos al ridículo, como es el caso de Miquel Barceló con unos cuadritos penosos que se 'justifican' porque son retratos de Guibert, un fotógrafo y escritor seropositivo. También es sumamente extraño que una artista como Carmen Calvo se interprete como exponente del 'estructuralismo escultórico', aunque tampoco es que esa noción sea otra cosa que un cajón de sastre.Compartimentos estancos. En las imágenes,de arriba abajo, detalle de la obra de Belén Rodríguez; vitrina de Pepe Miralles y obras de Cabello/Carceller de fondo; y arco de Elena Alonso Belen Díaz El completo desastre se completa con el montaje perpetrado por el artista Salaberria y el arquitecto Patxi Eguiluz. Los panelitos que «rompen espacios» son cutres de solemnidad y cuando ya los suspenden con cables, la cosa empeora a niveles inimaginables. La sala dedicada a lo que llaman «una pintura más pintada» da la impresión de que es fruto de la subconsciente fobia a todo lo pictórico. El cuadro de Carlos Alcolea 'Matisse de día, Matisse de noche', montado en esquina, queda atroz, y el remate se consuma con una pieza de Alfonso Albacete que parece una instalación de cuarta categoría. El enfermizo afán curatorial de conseguir protagonismo a costa de las obras de los artistas tiene aquí un ejemplo perfecto y patético. Los últimos 50 años, tal y como los cuentan ahora desde el Reina Sofía, apenas tienen engarce con la historicidad: están descafeinados en términos crítico-políticos, apenas consiguen vincularnos con el contexto internacional y la cacareada querencia latinoamericana está más sugerida que concretada Como ya sucedía en las últimas décadas, cuando lo archivístico era obsesivo, la pintura contemporánea brilla por su ausencia. Artistas como Ángeles Agrela, Abraham Lacalle, Jorge Galindo, Paco Pomet, Miki Leal, Santiago Ydañez tienen que purgar hasta el infinito su imperdonable error: pintan y 'no se han enterado' de que eso no puede estar de moda. Especialmente para aquellos que transitan por el bienalismo con anteojeras 'afectivo-materialistas'.Tampoco tienen nada que rascar los que piensan que algo se puede hacer con las tecnologías cibernéticas, y todos aquellos cartones indignados que escandalizaron a los 'puristas' han pasado, como las posiciones con cierto radicalismo político, a perder el foco en esta época del buenrollismo. Los últimos cincuenta años, tal y como los cuentan ahora desde el Reina Sofía, apenas tienen engarce con la historicidad: están descafeinados en términos crítico-políticos, apenas consiguen vincularnos con el contexto internacional y la cacareada querencia latinoamericana está más sugerida que concretada. arte_abc_0724Una presentación de las colecciones del MNCARS, por tanto, mucho menos intensa que ' Ficciones y territorios. Arte para pensar la nueva razón del mundo' (2016) que incidía en la clave neoliberal y las estrategias de resistencia o «Éxodo y vida en común» (2021) que indaga en la precaria construcción de lo social partiendo del chapapote del Prestige. Aquellos 'Vasos comunicantes' se desmontaron precipitadamente y, tal vez, merecería la pena haber conservado aquellos relatos críticos o matizarlos antes de remontar el presente con tanta falta de criterio. Lamento tener que transitar de forma tan '(des)afectada' por estos 'materialismos' tan evanescentes.

Presentar el presente puede ser algo más que difícil: redundante o abismal, instalado para pasar y apenas dejar rastro. Tomar una fecha como 1975 como punto de inflexión supone no solo, sigo con la redundancia, transitar por la Transición sino ordenar el tránsito hacia acontecimientos ... traumáticos: la caída del muro de Berlín, la primera guerra del Golfo que, a pesar de Baudrillard, «si tuvo lugar», iniciar el siglo XXI con un atentado colosal, sufrir el austericidio tras el colapso del capitalismo de casino, participar en el año de las indignaciones o, más recientemente, sobrellevar el confinamiento de la pandemia de la covid19 con el recuerdo, décadas antes, del duelo del sida.

Todo esto no es mi mera Historia ni vulgar sociología atropellada, sino referencias del 'espíritu del tiempo', acontecimientos que, junto a la crisis climática, las transformaciones del mundo 'algorítmico' o las pugnas políticas en el aceleracionismo xenófobo tensan o empujan hacia la catástrofe definitiva a una sociedad hiperconectada y absolutamente impotente.

La nueva presentación de la colección contemporánea del Museo Reina Sofía, transita o, mejor, patina sobre hielo por el laberinto del arte sin ofrecer otra 'brújula' que conceptos manidos o, sencillamente, vaciados: afectos o nuevos materialismos. También alude a un 'marco nuevo' que pretende ser una 'genealogía' del Museo y se queda en galería de retratos pomposos o documentos bastante acríticos.

Segade certifica el fin de la era Borja-Villel en el Reina Sofía

Sería oportuno meditar sobre qué diferencias sustanciales tiene esta organización curatorial, pretendidamente pensada para «poner al espectador en el centro», y las distintas aproximaciones a la actualidad que realizara Manuel Borja-Villel. Un síntoma –me permito esa clave psicoanalítica– es la reducción de las vitrinas con bibliografía y una ansiosa necesidad de presentar 'piezas inéditas'. Parece que lo importante es fardar de lo que se acaba de comprar y prestar escasa atención a lo que ha sido la historia expositiva de un Museo que sufre de amnesia selectiva.

Es fácil dejarse llevar con aquello de 'no están todos los que son' y empezar con la lista de los injustamente olvidados que también supondría dar cuenta de magnificaciones de algunos artistas que ocupan espacios inversamente proporcionales al interés que sensatamente suscitan. Algunos han sido aceptados en esta 'historia' para quedar casi reducidos al ridículo, como es el caso de Miquel Barceló con unos cuadritos penosos que se 'justifican' porque son retratos de Guibert, un fotógrafo y escritor seropositivo. También es sumamente extraño que una artista como Carmen Calvo se interprete como exponente del 'estructuralismo escultórico', aunque tampoco es que esa noción sea otra cosa que un cajón de sastre.

El completo desastre se completa con el montaje perpetrado por el artista Salaberria y el arquitecto Patxi Eguiluz. Los panelitos que «rompen espacios» son cutres de solemnidad y cuando ya los suspenden con cables, la cosa empeora a niveles inimaginables. La sala dedicada a lo que llaman «una pintura más pintada» da la impresión de que es fruto de la subconsciente fobia a todo lo pictórico. El cuadro de Carlos Alcolea 'Matisse de día, Matisse de noche', montado en esquina, queda atroz, y el remate se consuma con una pieza de Alfonso Albacete que parece una instalación de cuarta categoría. El enfermizo afán curatorial de conseguir protagonismo a costa de las obras de los artistas tiene aquí un ejemplo perfecto y patético.

Los últimos 50 años, tal y como los cuentan ahora desde el Reina Sofía, apenas tienen engarce con la historicidad: están descafeinados en términos crítico-políticos, apenas consiguen vincularnos con el contexto internacional y la cacareada querencia latinoamericana está más sugerida que concretada

Como ya sucedía en las últimas décadas, cuando lo archivístico era obsesivo, la pintura contemporánea brilla por su ausencia. Artistas como Ángeles Agrela, Abraham Lacalle, Jorge Galindo, Paco Pomet, Miki Leal, Santiago Ydañez tienen que purgar hasta el infinito su imperdonable error: pintan y 'no se han enterado' de que eso no puede estar de moda. Especialmente para aquellos que transitan por el bienalismo con anteojeras 'afectivo-materialistas'.

Tampoco tienen nada que rascar los que piensan que algo se puede hacer con las tecnologías cibernéticas, y todos aquellos cartones indignados que escandalizaron a los 'puristas' han pasado, como las posiciones con cierto radicalismo político, a perder el foco en esta época del buenrollismo.

Los últimos cincuenta años, tal y como los cuentan ahora desde el Reina Sofía, apenas tienen engarce con la historicidad: están descafeinados en términos crítico-políticos, apenas consiguen vincularnos con el contexto internacional y la cacareada querencia latinoamericana está más sugerida que concretada.

Una presentación de las colecciones del MNCARS, por tanto, mucho menos intensa que 'Ficciones y territorios. Arte para pensar la nueva razón del mundo' (2016) que incidía en la clave neoliberal y las estrategias de resistencia o «Éxodo y vida en común» (2021) que indaga en la precaria construcción de lo social partiendo del chapapote del Prestige.

Aquellos 'Vasos comunicantes' se desmontaron precipitadamente y, tal vez, merecería la pena haber conservado aquellos relatos críticos o matizarlos antes de remontar el presente con tanta falta de criterio. Lamento tener que transitar de forma tan '(des)afectada' por estos 'materialismos' tan evanescentes.

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Museo Reina Sofía: una reordenación para olvidar a conciencia

Museo Reina Sofía: una reordenación para olvidar a conciencia

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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