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Josele Piedad Bonnett - Poeta «No quiero perpetuarme como la madre del niño muerto»Premio Reina Sofía, la autora colombiana, que exploró el duelo tras el suicidio de su hijo, vuelve a España para inaugurar Marpoética
Jueves, 9 de abril 2026, 23:46
para inaugurar Marpoética, el festival internacional de poesía de Marbella.–¿Cómo surgió la idea de escribir sobre la masculinidad en 'Los hombres de mi vida'?
–Creo que las ideas te caen, se siembran en ti de alguna manera. Revisando mi computador me di cuenta de que surgió hace mucho, en 2012. Estaba leyendo un libro de Yannis Ritsos, un autor griego que tiene poemas maravillosos, casi monólogos, en los que habla de los guerreros. A mí ya empezaba a interesarme el tema del maltrato, sobre todo de los pequeños maltratos, un asunto que trabajé después en '¿Qué hacer con estos pedazos?'. Pero, claro, ahí se atravesó todo lo de la muerte de mi hijo.
–¿Y entonces?
–Son poemas que, digamos, esperaron, esperaron, esperaron… hasta que hace unos cuatro años los asumí de verdad. Quise hablar de la masculinidad en un país como Colombia, donde existen verdaderos ejércitos de monstruos: paramilitares, guerrilleros, gente que recluta niños. ¿Sabes que este libro a veces se ha interpretado de una manera muy extraña?
–¿Por qué?
–Porque la gente te lee desde el prejuicio de lo que cree saber sobre ti. Han pensado que hablaba de mi hijo y han tomado el título, 'Los hombres de mi vida', en un sentido tierno, incluso un poco cursi. Y en realidad el título es irónico.
–Es una mirada crítica hacia las violencias cotidianas.
–Siempre me ha interesado el mundo de lo doméstico, de lo pequeño. La prensa suele visibilizar las grandes violencias, los feminicidios, esos crímenes atroces. Pero rara vez se detiene en los maltratos mínimos. Y no es que me interese hacer una literatura militante, aunque me considere feminista.
–¿Escribe desde la experiencia?
–Cuando escribía 'La mujer incierta', que es mi primer y último libro autobiográfico, recordé los minimaltratos que había recibido desde el primer novio que tuve a los catorce años. Me vinieron muchos recuerdos de hombres que maltrataban de maneras muy disimuladas, muy finas. No quería ensañarme, porque lo masculino también me ha dado muchas cosas buenas, pero mi padre, por ejemplo, siempre fue muy severo, un padre castigador. Digamos que una tiene marcas que hacen que esas situaciones pervivan.
–En uno de los poemas aparece una escena muy cotidiana: un hombre cocina un domingo y pregunta qué tal sabe. Al final escribe: «Arde en mi lengua / quema en mi garganta / la voz que debería contestarle».
–Hay muchos padres cocinando los domingos y hay algo casi metafórico en esa imagen: bebiendo, con el cuchillo en la mano… El libro comienza ahí, pero enseguida se abre a otros territorios, como los viejos amores. También aparecen dos poemas para mi hijo y los poemas de la pandemia. Decidí publicarlo así porque sentí que eso era lo que podía hacer con ese material.
–¿Acabar un libro tiene más de liberador o de frustrante?
–Es liberador, sobre todo porque necesitas ir hacia otro lado. Hay libros que dan más nostalgia que otros al terminarlos. Por ejemplo, el libro que escribí sobre mi hijo, 'Lo que no tiene nombre': porque abandonas algo que dio mucho sentido a tus días. Pero hay otros proyectos que incluso pueden convertirse en una tortura.
–Me interesa cómo cambian, con los años, los sentidos de las palabras, de conceptos como el amor, la muerte o la pérdida, que supongo que se transforman.
–Yo tengo clarísimo que uno escribe en su tiempo. Tú cambias y los temas se van adecuando a esos cambios. Es una ley: no puedes escribir a los setenta como escribías a los cuarenta. La vida modifica lo que dices, la experiencia modifica las ideas que tenías. Y para mí eso es estar vivo. Lo peor que le puede pasar a un poeta o a un novelista es escribir siempre lo mismo. Y nadie está exento de ese riesgo. Piensa en García Márquez: llega un momento en que parece empezar a agotar su propia poética, a repetirse. Es bueno tener una voz, tener un mundo que el lector reconoce, pero ese mundo es dinámico, cambia de dirección. Yo, por ejemplo, trabajé mucho sobre la infancia y ya no me interesa en absoluto volver a ese territorio. También escribí mucho sobre mi hijo. Aparecen todavía algunas chispas, pero no quiero perpetuarme en el lugar de la madre del niño muerto.
–Sin embargo, aquí en Málaga aún se recuerda su encuentro con Chantal Maillard en el escenario del Centro María Victoria Atencia.
–Sí, porque la vida de pronto te presenta situaciones inesperadas. Lo de Chantal fue una especie de milagro, de misterio. Somos dos madres muy parecidas: nacimos el mismo año, tenemos historias de vida semejantes, nos casamos al mismo tiempo… y tuvimos hijos que se suicidaron de la misma manera y que se llamaban igual. Y nosotras no nos conocíamos. Cuando la vida te revela algo así, no puedes pasar de largo. Entre las dos supimos que eso había que llevarlo a otro plano.
–¿La pérdida es la cara de una moneda que tiene siempre otro lado?
–Sí. La pérdida está ahí siempre. Siempre. Es inevitable que, de vez en cuando, regreses a ese lugar, aunque tampoco puedes perpetuarte en él, porque la vida también va añadiendo cosas y poniendo distancia. En este caso, una distancia más serena, que apacigua.
–Hay pérdidas que son nucleares, medulares.
–Absolutamente. Tú pierdes a tus padres y eso no se convierte en el núcleo de tu vida. Pero pierdes un hijo y eso queda en el centro para siempre. De hecho, sigue sin tener nombre. Pero también tienes que procurar que ese hecho no se apodere de toda tu vida, porque uno tiene que reconstruirse y no convertir el duelo en algo patológico. Y tampoco abrumar al lector.
–Aunque, en realidad, de lo íntimo nace a menudo una reflexión colectiva. De lo cotidiano se llega a lo universal.
–Lo íntimo tiene que ser político, en el sentido más amplio. Si hablas de lo íntimo es para hablar de una realidad general. Hablas del suicidio de tu hijo para hablar también de la dignidad del suicidio, como hicimos Chantal y yo: para romper el estigma. No se trata de contar solo tu experiencia, sino de abrir una experiencia que comparten muchos.
–Pero me sorprendió que escribiera un libro autobiográfico.
–Durante la pandemia apareció el tema de la enfermedad. Estábamos sumidos en esa atmósfera y volví a una cuestión que siempre me ha interesado. Allí me atreví a hablar desde el yo. Pero ese yo fue derivando hacia otra pregunta: ¿qué logramos las mujeres de mi generación? ¿Qué cosas conseguimos superar y qué elementos atávicos permanecieron en nosotras? Eso aparece en la relación con las madres, con las hijas. Nunca desde la teoría, sino desde el relato. Y sin contarlo todo, por supuesto. Hay hilos conductores: la enfermedad, la relación con lo masculino, con la autoridad, la educación que recibimos.
–La educación ha sido otra constante en su obra.
–¿Sí crees?
–Creo que sí.
–Bueno, la educación que recibimos nos conforma de una determinada manera, y eso aparece ahí.
–Y, con los años, también se ha vuelto más irónica
–La ironía siempre ha estado ahí. Creo que tengo sentido del humor. Entre mis amigas está la idea de que puedo ironizar sobre muchas cosas. La ironía nace de un distanciamiento crítico, de una mirada que le da la vuelta a las cosas. La literatura tiene mucho que ver con eso: con no involucrarte absolutamente, con mantener una cierta distancia. El escritor, al final, lo que hace es mirar. Y mirar con distancia. Porque si se involucra por completo, el texto puede volverse ingenuo o narcisista.
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