El día que asesinaron a Sonia Carabantes, Loli estaba conmigo en mi casa de Sevilla. Después de mucho insistir, habíamos conseguido entre sus hermanas y ... yo que se atreviera a coger su famoso Toyota Corolla rojo y, sola, condujese desde su casa de La Cala de Mijas hasta mi piso de San Juan de Aznalfarache. Por el camino debía ir parando en algunas gasolineras y haciéndose con los tiques de compra de cualquier tontería. Además, se pararía en algún bar de carretera para tomarse un café, a sabiendas de que el camarero nunca podría olvidar el momento exacto en el que Dolores Vázquez entrara por la puerta de su establecimiento. La convencimos de esa manera. Era lo primero que hacía sola, y esos tiques la blindarían frente al pánico de no poder demostrar dónde estaba en cada momento. Siempre tendría coartada. La misma cortada que le faltó la noche en la que mataron a «su Rocío» porque… una madre con demencia y una sobrina-nieta de dos años y medio nunca pudieron atestiguar que aquella noche solo salió de su casa para comprar tabaco en el bar de Manolo.
El día que detuvieron a Tony Alexander King, ella estaba en su casa. Esquivé como pude a mis compañeros de guardias y entré en esa casa que se había convertido en su búnker. Me abrió la puerta una mujer que abrazaba con fuerza el marco de una foto. Sabía de qué foto se trataba a pesar de que la apretaba sobre su pecho porque la había visto mil veces. Era la misma foto de Rocío que había presidido la chimenea desde el primer día con una vela siempre encendida. «Sabía que mi Rocío no me iba a abandonar», dijo.
Los días posteriores a la detención los recuerdo como un tsunami de titulares y una rueda de prensa que su abogado le obligó a dar para parar todo tipo de especulaciones. Salió enfadada, sobre todo con ella misma, porque nunca pudo hacer lo contario a lo que sentía. Nunca fue especialmente diplomática. Y recuerdo sobre todo una mirada, la del terror. Iba dirigida a mí y se produjo cuando trascendió que Tony King la había involucrado en la muerte de Sonia Carabantes. ¿No me dejarás tirada tú también verdad? ¿Dirás que ese día estaba contigo? Esas preguntas son las que gritaban sus ojos y nunca se atrevió a hacerme. Yo solo le dije: «Tranquila, yo sé dónde estabas».
Esta semana se ha vuelto a hablar de Dolores Vázquez porque en el Día de la Visibilidad Lésbica el Ministerio de Igualdad le ha hecho un reconocimiento. Vaya por delante que a mí todos los que le hagan me parecen pocos, pero creo que antes de ese tuvieron que venir otras cosas. Esta mujer perdió su patrimonio -lo tuvo que vender para hacer frente a su defensa-, perdió la capacidad de trabajar porque ha estado años de psicólogos simplemente para poder ir sola a la calle, no tiene derecho a una pensión, perdió infinidad de amigos -que no lo eran tanto-, y perdió su nombre; ella nunca se reconoció en el nombre de Dolores Vázquez. Antes de todo esto era Loli, Lolita, una mujer con un carácter muy especial que en ocasiones le jugó una mala pasada. ¿Cómo compensamos a alguien que, por perderlo todo, ha perdido hasta su nombre?
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