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El escritor catalán Marc Colell, en la sede de la editorial Siruela. Virginia CarrascoMarc Colell
Escritor «Ojalá el racismo se curara viajando»Ganador del premio Café Gijón de novela con 'Las crines', propone un doble viaje a La Pampa argentina y al interior del protagonista / «Viajar por placer es casi sinónimo de colonialismo. Modificas el lugar al que llegas.»
Madrid
Domingo, 25 de enero 2026, 00:16
... sí mismo que viaja a La Pampa argentina, país en el que Colell vivió. La soledad es el tema esencial de la novela, junto a nuestra relación con los animales. En especial con un viejo caballo, 'Potricox', determinante en la transformación vital del protagonista.-El viaje físico ¿no ha perdido un poco su esencia?
-Viajar por placer es ahora casi sinónimo de colonialismo. Fuerzas el cambio del lugar al que llegas. Viajamos como una forma de consumo, para enseñar el destino en las redes. Mi viaje a Argentina fue de vida y de trabajo. De ir con mis hijos pequeños, escolarizarlos... Un viaje empieza cuando pasas las cuatro estaciones en tu destino.
-¿Hay millones de turistas y muy poquitos viajeros?
-Sí. En mi caso comprendí poco a poco la profundidad del viaje, de desplazarme de otra manera. Argentina era un nuevo territorio geográfico, emocional y lingüístico.
-¿De qué nos cura el viaje, si es que nos cura de algo?
-De nuestro insuperable clasismo europeo y nuestras pequeñas parcelas de poder. Viajar te enfrenta con tu subjetividad. Nos arropamos en provincianismos, en lo conocido, en una visión arquetípica. Salir de ahí supone relativizar, poner en jaque lo aprendido, desentrañar nuevas normas de relación: sociales, familiares…Debes entrenar la observación, contemplar las cosas para modificar la mirada.
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Portada del libro. Siruerla-La gigantesca estancia de La Pampa ¿es un país en sí mismo?
-Se podría decir así. Cada familia, cada grupo humano se gobierna con unas leyes particulares.
-El racismo y el nacionalismo ¿se curan viajando como dijeron Unamuno y Baroja?
-Ojalá. Si fuera así habría que imponer viajar por obligación. Pero hay racistas incurables, recalcitrantes, muy viajados. Debemos ser permeables a lo nuevo. Asumir otras formas de vivir. Los humanos tendemos a acomodarnos en una endogamia que evita incorporar lo nuevo. A veces moverse no es suficiente. Hay que mover la propia mirada.
«La 'pantallización' es una gran enfermedad del siglo XXI. Nos afecta a todos»
-¿Por qué su protagonista no tiene nombre?
-No se me apareció, como había ocurrido con mis demás protagonistas. Fue una cuestión de honestidad. El personaje se me resistía a ser nombrado, tal vez por la orfandad que arrastraba. Él recuerda que fue criado en un orfanato donde las camas tenían número. El hijo del poderoso estanciero que lo acoge lo bautiza como calesita, lo que en España llamamos tíovivo. En Argentina se impone el apodo. Un símbolo del cambio.
-La soledad no existe, se dice en 'Las crines', pero es el gran tema de la novela.
-Sí. En todos mis libros la soledad es el tema central. Y se agiganta en la inmensidad de La Pampa, donde te sientes pequeño. Tal vez sea que no sé escribir sobre otra cosa. Escribo sobre personas solas, pero siempre en búsqueda de compañía. Él protagonista llega a Argentina para persistir en su soledad, sin ganas de conocer a nadie. Pero abandonará su cinismo y conocerá a personas que se le van haciendo necesarias.
-Los gauchos ¿usan su móvil y están 'pantallizados' en esa inmensidad?
-Sí. La 'pantallización' es una gran enfermedad del siglo XXI. Las pantallas nos cambian el modo de vida a todos, incluidos los gauchos. No hablo de gauchos como Martín Fierro. Son gentes de campo que llegan a caballo al pueblo, con la bombacha y la boina. Que mantienen un estilo de vida ancestral, pero que están sustituyendo los caballos por los quads y camionetas 4x4.
-Los animales juegan un papel crucial en la novela: caballos, reses, sapos, colibríes, hormigas, gusanos...
-Los animales son metáforas de las personas en mis libros. El trato que les dispensamos refleja quiénes somos. En 'El bozal' escribí diez relatos en torno al perro para indagan en la presencia animal en nuestra sociedad. Hay animales maltratados, relegados, hipercuidados... Esos 'bebés peludos' que van en carritos infantiles. Si no es un perro enfermo o lisiado, es antinatural. Un perro debe correr, escarbar, ensuciarse... En La Pampa tener un perro atado es una locura. Allí puedes tener un búho apoyado en un palo viéndote comer, estar rodeado de colibríes, de sapos, de reses y de caballos.
Marc Colell. Virginia Carrasco-Pasó cinco años en Argentina ¿Se es de dónde se nace, dónde se crece, dónde se tiene la cuenta corriente o de dónde quieres que te entierren?
-Para cada persona debe ser distinto. ¿Te resignas o eliges? No lo sé. El escritor Juan José Saer pasó su vida adulta en Francia y se preguntaba si era argentino o francés. Cuando vives en otro lugar, aunque vuelvas, pasas a no ser de ningún lugar.
-Su novela es un caleidoscopio epistolar ¿Por qué ese formato?
-Una de las primeras decisiones del escritor es el foco y a quién darle la voz. En este caso se me presentó el personaje hablando con las cartas que escribía a la amiga que le deja la casa en La Pampa. Opté por una novela sencilla sin voces multiplicadas, con cartas sin respuesta y en primera persona. Es como colocar una cámara al narrador que nos muestra lo que ve y aprende.
-Han matado millones de veces a la novela, pero ¿mantiene su mala salud de hierro?
-Sí. Sobrevive porque es como el capitalismo. Lo absorbe todo: la formas de deseo, todas las objetividades de los escritores y las ansias de distracción de los lectores. Los humanos siempre hemos buscado el esparcimiento lingüístico. De los relatos primitivos a un corral de comedias del siglo XVII, a unos papás que leen un cuento a su niño para dormir o a una radionovela se busca lo mismo. La novela tiene tanto pasado como futuro.
-Enseña lengua y literatura en un instituto y escritura creativa en una escuela ¿Se puede enseña a ser escritor?
-Sí y no. Hay una parte de técnica narrativa, de descubrir, guiar y conducir a los alumnos a ciertas lecturas. Soy autodidacta. Jamás asistí a un taller de narrativa. Pero cuando empecé a leer supe con certeza absoluta que escribiría libros diez o quince años antes de empezar a hacerlo.
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