Del exquisito destilado de los múltiples intereses de la neo-ensayista y ahora novelista Olivia Laing (que incluyen al seguimiento del curso del río en el que se hundió Virginia Woolf o al ahogamiento en el alcohol de Hemingway & Cheever & Carver, a las fotos ... de Nan Goldin o los cuadros de Edward Hopper, al aislamiento dentro del propio cuerpo o en la gran ciudad o en un pequeño jardín durante el confinamiento pandémico) bien puede afirmarse que El Tema en todo lo suyo es la teoría y práctica de la soledad y de todo lo que bien o mal la acompaña.
Ahora, luego de 'Crudo' (una primera pseudo-novela con destellos de auto-ficción invocando al experimental espectro de la revulsiva Kathy Acker), Laing se apunta de lleno a la recreación de una época populosa como la plomiza y mercurial Italia de los años setenta con más pantalla al frente que telón de fondo de dos turbulentos rodajes de película.
En 'El libro de plata', Laing (Reino Unido, 1977) encuadra e imprime, magistralmente, las vidas y obras del Yin/Yang y Alfa/Omega y suerte de Jano bifronte que son las totémicas figuras y genio de Federico Fellini y Pier Paolo Pasolini. Ambos, aquí, en los sets de sus superpoblados 'Casanova' y 'Salò' sabiendo que nunca dejarán de estar solos porque esa es la condición del único y del diferente.
Actuando junto a ellos —verdaderos protagonistas—la muy carnal 'love story' entre Danilo Donati (el verídico y célebre y oscarizado vestuarista y escenógrafo) y su imaginado por Laing joven amante Nicholas Wade: un inglés en fuga de sí mismo deslumbrado por los sombríos fulgores de Venecia y Roma y Mantua. Alguien fusionando en su personaje y en su dicción y acción algo del Nathaniel Hawthorne de 'El fauno de mármol', algo del trance entre zombi e iluminado de las criaturas de Bret Easton Ellis y Joan Didion, y mucho de los sátiros viajeros de Edmund White y de esos 'talentosos' impostores de Patricia Highsmith.
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Así, Nicholas es pronto captado como 'protégé'/aprendiz de Donati. Y juega a ser dominado pero siempre sabiendo —así lo describe Laing— que «es un buen espectro, avezado en el arte de la invisibilidad, en la gracia de convertirse en un objeto sobre el que las miradas pasan de largo» mientras él mira fijo y casi sin párpados.
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Y sorpresa: Laing (a lo largo de tres actos y una coda, en breves párrafos/tomas de terso lirismo, con un dominio formidable de la elipsis y de la enumeración y de un ojo implacable para la captación del detalle tan preciso como inspirado) dirige y revela y monta y estrena y proyecta algo que debería ser más común pero que, por desgracia, resulta cada vez menos frecuente: una novela que —además de contar y de contar muy bien— lo hace con un idioma propio.
Sí: eso que solía conocerse y reconocerse como estilo. Eso mismo que distinguió a todo aquello en lo que supieron hacer foco el comprometedor y hedonista Fellini y el comprometido y estoico Pasolini para los que Donati debió idear formas alternativas de trucar a la nieve y a la mierda. Eso que Laing hace brillar como el nitrato de plata en el celuloide en esta ardiente y penetrante pequeña gran novela.
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