Considero un acierto la recuperación de este libro de Manuel Vilas, escrito en los finales del siglo XX, mucho antes de que fuera escritor conocido, cuando solo era poeta. De hecho, por lo que luego diré, ser poeta es una condición que ... no debe olvidarse nunca cuando se trata de analizar el estilo de Vilas.
'Zeta' es un libro de estampas de fondo autobiográfico aparecido en 2002 en la benemérita editorial DVD, que era un caballo de Troya sin protección aquea, como la que ostentaba ese nombre y muy atenta a nuevas voces.
Algún día habrá que realizar el trazado de emergencias de una generación como la de Vilas. Algunos de ellos, pocos años después de la aparición de 'Zeta', se agruparon en torno a la marca histórico-literaria conocida como generación Nocilla, en la que militaron varios escritores amigos que se jaleaban unos a otros hasta terminar abriéndose camino, todos ahora en las editoriales a las que en el fondo aspiraban a publicar mientras denostaban de quienes publicaban en ellas.
Creo que ninguno vive hoy de la literatura; los más se encuentran refugiados en la menos revolucionaria y tranquila nómina universitaria, aunque todavía alguno conserve un aliento rompedor menos acomodado. Y alguno hay que ha mejorado mucho, no lo oculto. Manuel Vilas es quizá el único de toda aquella generación que ha logrado el éxito de no ser ellos y terminar viviendo de la literatura. Se debe sin duda a la recepción obtenida con 'Ordesa' de donde le vino todo lo ganado posteriormente.
'Zeta' pertenece al Vilas antes de haber ganado, al escribidor antisistema que escribe su prosa como escribía sus poemas, aspirando a la gloria extraterritorial que proporciona el romanticismo del fracaso. Para qué tener éxito si Franz Kafka, que aparece varias veces en el libro como modelo e interlocutor, ni siquiera llegó a publicar.
«Los vivos y los muertos desfilan una danza en la que lo macabro y lo macarra tienen el mismo rostro»
Junto a esa dimensión de radicalidad antirrealista que vive en la metáfora desarbolada y la imagen iconoclasta, este libro dibuja la condición de 'flâneur' baudelariano que ha cambiado los bulevares parisinos por las calles de Zaragoza, verdadera protagonista del libro.
'Zeta' es la Zaragoza provinciana en momentos del neorrealismo, que quiere ser mirada desde los márgenes y la mayor parte del tiempo dibuja su rostro de infrarrealidad picaresca. Solo al final del libro se muestra neorrealista.
Esta última parte, más apegada a una dimensión estilística memorialista, en la que se muestra profesor de instituto, y en la que dibuja más su rostro verdadero, me ha parecido menos lograda que la primera, donde Vilas se encontraba más libre, precisamente porque lograba que las imágenes de gran brillantez casi surrealistas convivieran con un humor desatado, hasta descolocar al lector, llevándolo a aceptar que el narrador comunique con los espacios y objetos como si se tratase de personas, y donde los vivos y los muertos desfilan una danza en la que lo macabro y lo macarra tienen el mismo rostro.
Es decir, como si invitase al lector a que leyera cada narración y cada estampa con la misma disposición que se leen los poemas. En el fondo, ocurre siempre en Vilas, late una sentimentalidad que está en la base de todo su estilo, y que solo en 'Ordesa' alcanzó a decirse sin miedo a ser convencional.
Cuando el lector que haya conocido al Vilas posterior venga a 'Zeta' encontrará que el escritor que luego ha sido estaba aquí en lo fundamental. Desde luego en el humor, a veces desternillante, con el que se ríe de lo humano y sobre todo de lo divino. «Si ves al dios que me ha hecho esto, mátalo, padre, mátalo […]". "De muerto no se está mucho mejor, hijo mío. Esto no acaba nunca».
La figura del padre arranca páginas memorables, como ese capítulo dedicado a su visita al Hospital Clínico de Zaragoza, aquella Casa Grande en que se despidió de él. Sin esas páginas albergadas en este libro, las de 'Ordesa' no habrían nacido. Y quizá tampoco el Vilas que mira la historia de los arrabales con mirada negra goyesca, que adeuda también mucho a la del otro aragonés que se encuentra en la base de su modo de tratar los objetos. Un Buñuel surrealista le ayuda a dibujar la mística del fracaso, encariñado con la sarta de perdedores que por aquí desfilan, desconocedores de que Vilas era poeta.
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