Arturo Pérez-Reverte, en el día de la entrevista, fotografiado en los alrededores de la RAE. David Morales
PolíticaHABLANDO SOBRE ESPAÑA Pérez-Reverte lanza el guante sobre la guerra: "¿Hay diferencia moral entre un muchacho que murió con gorrillo republicano y otro con boina de requeté?""Convertir la guerra en arma arrojadiza hoy es tremendamente infame. Lo hace gente que no ha leído nada. Esa tragedia empezó con Zapatero".
Daniel Ramírez Publicada 12 abril 2026 03:24hLas claves nuevo Generado con IA
Le mete una ensalada de leches espectacular. Falcó a Hemingway. En realidad, es Arturo Pérez-Reverte, hacedor de ese universo, el que lo decide, el que golpea al Nobel de la barba blanca con cierto ánimo de divertida venganza.
Ahora, Reverte, que cuelga el sombrero y el abrigo en un perchero de madera de la RAE, publica Enviado especial (Alfaguara, 2026), sus crónicas de guerra. Y ese título nos empuja a la carcajada porque entrevemos en él una provocación. Es el mismo título que encabezó las crónicas bélicas de Hemingway.
Reverte ama y fustiga a Hemingway a partes iguales. Porque sabe lo que hacía el escritor como corresponsal en las guerras de otros. Reverte también ha vivido esa vida. Beber, descargar adrenalina, pasárselo bien, escribir, pisar el cigarro en el suelo y volver en un avión… cuando los demás, las víctimas de la guerra, se quedan. Y se matan. Destruyendo un país que no es el tuyo.
Hemos venido a hablar de la guerra en su totalidad. Esas crónicas que ahora podemos leer, que al fin están al alcance de cualquier lector, y no en el sótano de una hemeroteca, son el bagaje que explica Línea de fuego (Alfaguara, 2026), su novela sobre la Guerra Civil que ahora se reedita con un prólogo por los noventa años de la contienda.
Vamos a despojar a Reverte de la americana, de los pantalones de pana, de los zapatos limpios. Vamos a reabrirle las cicatrices. Para que manen la sangre y se levante el polvo. Para llevarlo de la mano desde su infancia, donde entrevió nuestra guerra, hasta todos esos países donde contó las guerras de los demás.
Vamos a hablar de sus lecturas, de las cartas escondidas en casa, de las frases veladas de sus padres y abuelos, de la educación nacionalcatólica, de la memoria republicana, del tardofranquismo, de la irrupción de la Democracia.
De la biblioteca fratricida, con libros de hunos y hotros, que ha ido construyendo y que ha acabado por devorar una pared de su casa como si fuera una enredadera. Demasiado buena como para respetarla; demasiado pesada como para poder robarla.
***Esta entrevista es la primera parte de la conversación. Mañana se publicará el segundo episodio, relacionado con la literatura, el mundo del libro y la crítica literaria.
Su padre, su tío y su abuelo lucharon por la República. Hablemos de ellos en 1939. ¿Qué le pasó a su abuelo?
Mi abuelo fue depurado por haber estado en la Marina, en el lado de la República, durante la guerra. Estuvo en el arsenal. Lo juzgaron y lo metieron en la cárcel. Estuvo allí porque le tocó.
Como pertenecía a una familia conocida en Cartagena, lo avalaron y lo soltaron, pero perdió su trabajo y estuvo cinco años sin empleo. Lo pasó muy mal durante unos años, antes de poder recuperar su vida.
¿Y su tío Lorenzo? Fue, quizá, el familiar más importante durante la escritura de la novela.
Sí, porque, entre los tres, mi tío Lorenzo fue el que más estuvo en los frentes de batalla. Formaba parte de una unidad de choque. Lo hirieron en el frente. Poco después de la guerra, salió un día a un baile, agarró una pulmonía y se le complicó a causa de las heridas que tenía. Murió muy pronto, a principios de los cuarenta.
Su padre.
Mi padre iba a ser marino; quería ser marino, pero no pudo por la guerra. Le tocó también en la República, lo llamaron a quintas cuando estaba estudiando Ingeniería. En 1939, le obligaron a hacer la mili de nuevo, esa vez en Logroño.
Para 'reciclarse', entiendo. Les pasó a muchos republicanos: una mili para alumbrar 'un soldado nuevo'.
Solía contar que lo pasó peor en esos dos años de segunda mili que en la guerra. Los tres tenían un perfil poco ideologizado cuando se produjo el golpe. Era lo que se suele decir… "les tocó allí".
Usted nació doce años después de la guerra. ¿Su padre y su abuelo le hablaban de lo que pasó?
No. Jamás. Nunca me hablaban de la guerra siendo niño. A mis amigos, sus padres tampoco les contaban. No querían envenenarnos. Querían mantenernos lejos de la desolación, la vileza y la infamia a la que habían asistido. En Cartagena, además, la guerra fue particularmente dura.
¿Por qué?
Hubo tres años de República con una represión terrible contra "la gente de derechas". Muchos muertos de ese lado, pero también muchos muertos en general por culpa de los bombardeos. Después, cuando llegaron los nacionales, la represión funcionó igual, pero a la inversa. Fue una ciudad que sufrió muchísimo.
¿Cómo convivían en usted, de chaval, la enseñanza nacionalcatólica del colegio y esa experiencia familiar republicana silenciada?
No existía esa convivencia porque en mi casa, en la mayoría de las casas, no se hablaba de la guerra. Mi abuelo y mi padre, lo entendí después, quisieron evitar, como muchos en su generación, que los muchachos desarrolláramos un instinto de rencor. No querían que nosotros pasáramos por algo así.
En Cartagena, donde nací y crecí, esta circunstancia era muy habitual. La gran mayoría de mis amigos pertenecía a familias que, en el principio de la guerra, fueron republicanas. Y no nos contaban.
¿Qué intuye que había dentro de su padre y de su abuelo ahora que ha pasado tanto tiempo? Me refiero a lo más concreto, a cómo educar a un hijo en un contexto así.
Querían que miráramos al futuro. Creo que pensaban: "Esta España [la de Franco] un día dejará de ser así y habrá que estar preparados para ser libres". En mi casa ponían muchos libros en mis manos porque la lectura era una forma de libertad.
Leer, seguro, me ayudó mucho entonces. Pero me ayudó muchísimo también como periodista, en mis días de corresponsal. Lo que veía en la guerra lo había leído en los libros. Y por eso lo digería. De no haber leído algunos libros, creo que me habría vuelto loco.
Pérez-Reverte, en la puerta de la RAE, el día de la entrevista. David Morales
¿Cómo eran las huellas de la guerra? Me refiero a las inevitables, a todas esas cosas que estaban ahí y acababan trascendiendo el silencio en un descuido.
De repente, encontrabas una bala guardada en un cajón. Y lograbas enterarte de que era la bala que le habían extirpado al tío Lorenzo en la guerra. De repente, encontrabas una carta: "Querida mamá, te escribo desde…".
Yo estudié en los Maristas, que era un buen colegio. Quiero decir: había una parte de la formación indudablemente política, al estilo de la época, "del espíritu nacional", pero el resto era muy interesante. Crecí sin traumas. Había una expresión muy tópica que definía aquel ambiente, aquel silencio.
¿Cuál?
"Eso fue antes de la guerra; eso fue después de la guerra".
Como el antes y después de Cristo.
Utilizaban la guerra como una referencia temporal, como un parteaguas entre dos vidas. Entre dos mundos. Pero la guerra no era una referencia política ni en mi casa ni en la de mis amigos. Sólo lo era en la formación política del colegio, en la efeméride "de la victoria".
Aquellos cuadernillos de la Formación del Espíritu Nacional.
En Historia de España, había materiales sobre el régimen de Franco "que salvó a la nación de las hordas rojas" y todo eso. Lo que estaba mucho más cerca de nosotros en nuestro día a día, paradójicamente, era la Segunda Guerra Mundial.
Porque no era material inflamable a ojos de los mayores.
De eso sí hablábamos muchísimo: de los americanos, de los alemanes, de los franceses, de los japoneses… Veíamos algunas películas, leíamos tebeos. Fíjese: estoy cayendo en esto conforme se lo cuento.
En mi infancia, en mi juventud, estuvo mucho más presente la Guerra Mundial que la Guerra Civil. No había tebeos de nuestra guerra, pero sí de la guerra mundial. Hazañas bélicas. Todos leíamos Hazañas bélicas.
¿El imaginario de esa guerra acabó sustituyendo al de la Guerra Civil?
El imaginario de la Guerra Mundial opacó, sin duda, el de la Guerra Civil. Incluso jugábamos a ser alemanes, a ser americanos, a subirnos en los submarinos del Atlántico… Supongo que nuestras familias procuraron encauzarnos por ahí. Recuerdo que nos daban alas en ese sentido.
"La guerra se usaba como un parteaguas entre dos vidas. Antes y después de la guerra"
Usted luego cubrió como periodista casi dos decenas de guerras, siete de ellas civiles. De entre lo que escuchó de niño y lo que vio en las guerras civiles después, cuente: ¿qué hace parecidas a las guerras civiles en general y qué distinguió a la española?
Creo que la Guerra Civil española fue como son todas las guerras civiles. Cuando el enemigo resulta tan cercano, operan otros factores, las cuentas pendientes. Que si me robaste a la novia, que si te llevaste a mi perro, que si me quitaste aquella tierra, que si el reparto de aquella herencia.
Todo eso se replica en los pueblos y acaba teniendo su espejo en el país en general. En las guerras civiles existe una serie de factores relativos al rencor y a la familia que no está en las demás guerras. Por eso, las guerras civiles son más crueles. Siempre.
En una guerra civil, la venganza debe de resultar muy sencilla.
Porque sabes quiénes son los padres, los hermanos y hasta los primos de los que han fusilado a uno de los tuyos. Ese rasgo distintivo ya estaba en España antes del 36. Las guerras carlistas fueron todas ellas guerras civiles. Y muy crueles también, con episodios atroces. A la madre del general Cabrera, carlista, la fusilaron los liberales. Luego, él fusiló esposas de oficiales liberales.
Esa atrocidad que iba leyendo y entreviendo sobre la guerra en España la vi replicada en Nicaragua, en El Salvador, en Angola o en los Balcanes. El mecanismo es el mismo. Cambian las circunstancias, pero el impulso se repite. Las guerras civiles dejan muchos más fantasmas que las demás. En las guerras civiles, la parte más oscura del ser humano se atisba con más nitidez que en cualquier otra.
Pasaron casi cuarenta años y decenas de libros hasta que publicó su novela sobre la Guerra Civil española. ¿Por qué? ¿Temor? ¿Pereza? ¿Desinterés?
No quería entrar en el tema. De verdad que no quería, pero empecé a ver cómo proliferaba en España un relato sobre la guerra que no tenía nada que ver con la realidad. Fueron sobre todo los políticos los que me empujaron a escribir Línea de fuego. La manipulación política lo hizo inevitable.
Pérez-Reverte publica una edición especial de "Línea de fuego" con motivo de los 90 años de la Guerra Civil. David Morales
Empecemos por su visión de la guerra. ¿Cuál es y qué cosas empezaban a decirse que no se correspondían con su pensamiento?
Hay cuestiones elementales. Primero, la guerra empieza porque se produce un golpe militar contra la República legítima. El golpe no prospera y, entonces, se desata la guerra. A partir de ahí, se suceden crueldades en ambas retaguardias. Y después llega una dictadura de cuarenta años con una represión cruel y prolongada.
A mí, siempre me ha parecido imprescindible reseñar que las vilezas políticas de las cúpulas no se replicaban en la mayoría de soldados del frente. En mi tío Lorenzo; en el tío, el padre o el abuelo de cada español.
Explíquese.
Muchos de esos soldados estuvieron en un bando porque les tocó. Mi suegro, por ejemplo, era un joven izquierdista aragonés que combatió en la bandera de Falange. Mañas, uno de los personajes de la novela, es mi suegro. Mi padre y mi tío, que eran muchachos de lo que se llamaba "una familia bien", combatieron en cambio por la República.
La visión de la guerra en la trinchera no puede ser la misma que la de la retaguardia o la de los políticos y generales que la dirigían. Porque no tuvo nada que ver. Y en la España de hoy se identifica continuamente la trinchera con la retaguardia. Con la novela, quería hacer honor y justicia a los muchachos que tuvieron que ir al frente.
Es una novela, eso se percibe en todo momento, deliberadamente alejada de las retaguardias. Aunque el pueblo que usted inventa a orillas del Ebro es un lugar en torno al que sucede casi todo, no se menciona lo que ocurre en su retaguardia.
Exacto. Yo no quería escribir una novela sobre esas retaguardias donde se robaba, se ajustaban cuentas, se violaba y se asesinaba a discreción. Para mí, y en esto Chaves Nogales lleva siendo mi guía desde hace décadas, lo mismo dan los asesinos del Tercio que los asesinos anarquistas. Todo está en su prólogo de A Sangre y fuego.
Lo que le hizo fusilable a ojos de ambos bandos. Eso de decir que saldría un dictador se impusiera el bando que se impusiese.
Lo de Chaves fue de una lucidez prematura, en el peor momento para ser ecuánime. Vuelvo adonde iba… Claro que la retaguardia fue sucia e innoble, claro que se produjo una represión terrible por parte del franquismo tras la guerra, claro que hubo una dictadura de casi cuarenta años, ¡pero honremos a todos esos muchachos del frente!
Al inicio, en el frontispicio de 'Línea de fuego', se incluyen dos frases referidas a una y otra trinchera.
Sí. ¿Podría pedirle que las transcribiera en la entrevista? Creo que son importantes porque resumen mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo esto de lo que estamos hablando…
Juan Yagüe, general franquista: “Los rojos luchan con tesón, defienden el terreno palmo a palmo, y cuando caen lo hacen con gallardía. Han nacido en España. Son españoles y, por tanto, valientes”.
Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor de la República: “La terquedad contra la tenacidad, la audacia contra la osadía; y también, justo es decirlo, el valor contra el valor y el heroísmo contra el heroísmo. Porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles”.
"¿En serio quedan imbéciles en España que comparan a los criminales de retaguardia con los soldados?"
Decía que los políticos le obligaron a escribir la novela. Le planteo una reflexión: hace diez años, quien dibujaba la República como una arcadia feliz e inmaculada era la extrema izquierda. Y ni siquiera toda la extrema izquierda. Anguita me dijo: "No debemos soñar con una Tercera República que cometa los errores de la Segunda". Carrillo, Besteiro… Muchos acabaron abjurando de cosas que allí sucedieron.
Y hace diez años, quien decía que el franquismo no había estado mal era una extrema derecha sin representación parlamentaria. Hoy, el relato de la extrema izquierda lo sostiene el PSOE; y esa extrema derecha tiene más de 50 escaños. Dicho de otra manera: desde que usted publicó la novela, en estos años, el problema no ha hecho más que empeorar.
Claro. Por eso, la reedición que publicamos ahora no es casual. Ahora, esta novela, creo, es más necesaria que hace seis años, cuando se publicó. ¡Es que la guerra que unos y otros están contando no tiene nada que ver con lo que sucedió!
Insisto: ¿de verdad alguien puede creerse que el soldado republicano o el soldado carlista son lo mismo que el miliciano que asesina en retaguardia o que el falangista que da el paseo en retaguardia? Es injusto. Quería y quiero lavar la imagen de toda esa gente que luchó en los frentes de batalla.
Déjeme que lance una pregunta a los lectores de su periódico, la misma que lanzo a los lectores de la reedición de Línea de fuego: ¿Existe una línea divisoria moral entre dos chicos de 17 años que, reclutados forzosos o voluntarios, pelearon con valor y murieron vistiendo uno el gorrillo miliciano y otro la boina del requeté?
¿En serio quedan imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno u otro signo, con toda esa chusma criminal emboscada en retaguardias?
¿Qué riesgos entrañan las llamadas políticas de "memoria democrática" del Gobierno y ese "el franquismo no fue tan malo" de la extrema derecha?
Lo deseable es que la guerra nos la cuenten los historiadores, y no los políticos. Porque la guerra que nos están contando la extrema izquierda y la extrema derecha es una barbaridad. ¡No han leído nada! ¡Van por ahí repitiendo las consignas analfabetas que les escriben!
Quiero que la guerra la cuenten Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Juan Pablo Fusi y todos los grandes historiadores, de sensibilidades distintas, que tiene este país.
¿Tienen los jóvenes con qué defenderse de esas dos visiones sesgadas de la guerra que se imponen en el debate público?
Los muchachos de hoy, por lo general, en su mayoría, están muy cerca de las pantallas y muy lejos de las bibliotecas. No tienen libros ni memoria viva con la que defenderse. Porque los últimos testigos se están muriendo.
Les dicen cuatro lugares comunes: Franco malo, la República un paraíso increíble; la guerra propiciada por cuatro generales y cuatro curas.
Lo dice con pesar, pero no me negará que le produce un gran placer que le critiquen la extrema izquierda y la extrema derecha. Es como pasar la ITV.
Sí, es cierto que eso, a la larga, fue lo que más me tranquilizó cuando salió el libro. Y me produjo un retorcido placer.
Un momento de la entrevista. David Morales
Hay una paradoja curiosa: en la generación que sufrió e hizo la guerra, existen grandes referentes morales. Chaves Nogales, siempre en la ecuanimidad correcta.
Dionisio Ridruejo, con el mayor descargo de conciencia que ha conocido España en el último siglo. El Manuel Azaña arrepentido de sus últimas páginas con el "paz, piedad y perdón". ¿Cómo es posible que no haya hoy referentes morales políticos para hablar de la guerra?
La Guerra Civil estaba neutralizada en la Transición. Quedó digerida, a grandes rasgos, lo que podríamos llamar la memoria. Digo la "memoria" porque es cierto que faltaba la exhumación de las cunetas. Pero, cuando un partido político carece de una base intelectual sólida, cuando necesita argumentos fáciles y de trinchera, ese partido es capaz de utilizar cualquier cosa contra el adversario.
Zapatero desenterró la Guerra Civil como arma política. Y, hoy, ese comodín también es utilizado por la extrema derecha. Convertir la guerra en arma arrojadiza hoy es tremendamente infame. Y lo hace gente que no la ha vivido, gente que no ha leído nada sobre eso. Es terrible. Esa tragedia empezó con Zapatero.
Dice que no han leído nada. ¿Cuáles son, a su juicio, los libros imprescindibles sobre la Guerra Civil?
Muchos. Es difícil quedarse con unos pocos. Déjeme pensar… A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, como representante de la tercera España. Madrid de Corte a Checa, de Agustín de Foxá; y La fiel infantería, de Rafael García Serrano, con una visión falangista.
La forja de un rebelde, de Arturo Barea; y Contraataque, de Ramón J. Sender, con una visión republicana. Creo que, con esos cinco libros, un lector puede tener un panorama bastante amplio de lo que fue la Guerra Civil.
¿Qué pasa con los libros de los corresponsales? Hemingway le gusta, pero detecto que le cabrea. Le mete varios viajes.
Huelga decir que Hemingway es un escritor enorme, poderosísimo. Y que me gusta mucho. Pero siempre tengo con él cuentas pendientes. Lo sigo leyendo con gran admiración, ¿eh?
Pero hay algo que no le gusta. Oiga, que Falcó, su personaje de otra saga, le pega un palizón en una de las novelas.
No me gusta la fanfarronería de Hemingway. Iba por ahí, por los hoteles de la Gran Vía, dando lecciones a los españoles sobre cómo hacer la guerra. Joder, si hasta se le ve en una foto enseñándole a un tío cómo utilizar un fusil. Creo que era mal amigo, mala persona y un bocazas.
"Mal amigo" lo dice por Scott Fitzgerald.
Sí. Hemingway, al mismo tiempo que se construía como mito, fue humillando y desprestigiando a Fitzgerald. Además, utilizando miserias personales. ¿Sabe, en el fondo, lo que más me molesta de Hemingway en la Guerra Civil? ¡Que yo sé muy bien a qué vino Hemingway a España!
Porque usted también lo hizo en las guerras que visitó.
Claro. Sé lo que es ser corresponsal en una guerra así. Llevas pasta, bebes, te diviertes, descargas adrenalina, hay chicas guapas… Y, mientras tanto, lo que sucede no compromete a tu país, al país de tus hijos. A veces, ni siquiera a tu continente.
¿Usted llegó a despreciarse en ese sentido como desprecia a Hemingway?
Sí. Llegas, te lo pasas bien, haces la foto, les das un cigarrillo y te marchas porque tienes un billete de avión y ya has terminado tu trabajo. Conté muchos detalles de esa vida en Territorio comanche. Lo que pasa es que Hemingway se engrandecía a sí mismo continuamente. Y eso me repatea. Aunque lo admiro mucho como escritor.
¿Hemingway fue honesto? ¿Los corresponsales eran honestos o también parciales?
Hemingway calló mucho. Los otros, en su mayoría, también. Veían las cosas con más distancia y, por tanto, con más ecuanimidad, pero callaban por no perjudicar al bando en el que iban enrolados. Hemingway supo que el intérprete de Dos Passos fue torturado. También supo lo del asesinato de Andreu Nin. Y nunca lo escribió.
"Zapatero desenterró la guerra como arma política. Hoy, ese comodín también lo utiliza la extrema derecha"
Hay un personaje de su novela, Ginés Gorguel, un soldado de infantería que combate con los franquistas por obligación, que me recuerda a José de Arteche; autor, en mi opinión, del mejor libro sobre la guerra: 'El abrazo de los muertos'. Un nacionalista vasco, profundamente católico, que combatió por obligación con los franquistas. Es un diario formidable.
Sí. Ginés Gorguel es un gran ejemplo para ilustrar esto de lo que estamos hablando: cómo cambia la guerra cuando se coloca el prisma en la línea de fuego, lejos de la retaguardia. Cómo vuelan por los aires los esquemas cuando se aplica el zoom a la trinchera.
El prólogo a la edición especial de su novela se titula 'La guerra que todos perdimos', la frase en el ojo del huracán. Explíquelo para que conste en acta.
La guerra, en 1939, la perdieron los republicanos y la ganó Franco. Eso está claro. Le decía antes: también está claro que había un bando legítimo, que era la República, y otro ilegítimo, que fue el franquista.
Pero la guerra, además, la perdimos todos los españoles que fuimos llegando, independientemente de sus ideas. Porque perdimos libertades, retrocedimos medio siglo, perdimos una república. La mujer retrocedió medio siglo. La guerra dejó a España fuera de hora, anclada en el pasado y eso afectó a todos los españoles.
En las mujeres, en el lado republicano, había una conciencia muy a largo plazo por todo lo que podían perder. Y lo perdieron. Por eso, crea a Pato, que integra esa unidad de transmisiones.
Ellas supieron ver que, en esa guerra, se jugaban a largo plazo los avances que habían conseguido. Sabían que, si perdían, las convertirían en esposas sumisas, como así sucedió. Intentaron jugar su papel, sobre todo en el lado republicano, pero pronto se las sacó del frente. Las convirtieron en un elemento folclórico. Consideraron que generaban más inconvenientes que ventajas.
Me tomé la licencia de crear esa unidad de transmisiones que usted menciona para que un grupo de mujeres pudiera cruzar el Ebro con los militares. Así, llevaba a la mujer a primera línea y contaba su historia sin folclorismo, lejos de ese retrato tan poco serio que hicieron Life o Paris Match. Quería devolverles la dignidad que esas operaciones de propaganda les quitaron.
Hay un momento sobrecogedor en que un personaje dice: "Oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú y se te enfrían las ganas". Pero, al final, no se enfriaron las ganas. Esa es la tragedia de las guerras civiles.
Sí. Eso se lo dice un dinamitero a su amigo. Es verdad que, en general, las ganas no se enfriaron. Y fue una catástrofe. Pero hubo momentos en que esas ganas sí se enfriaron. Momentos muy emocionantes.
Por ejemplo, en las trincheras de Huesca. Esto me lo contó Juan, un veterano que combatió del lado franquista. A su hermano le había tocado ir al frente en el lado republicano. Con el frente estabilizado, empiezan a insultarse unos y otros, de trinchera a trinchera. Se cantan coplas.
Un día, desde la trinchera republicana, alguien pregunta si al otro lado combate alguno de su pueblo. Juan responde dando su nombre y oye una voz que le grita: "Juanito, soy Pepe, tu hermano".
Los dos prometen a sus superiores que no van a cruzar al otro lado y obtienen, bajo juramento, permiso para verse unos minutos. Se juntan allí, junto a una casa o un muro derruido. Se abrazan, fuman juntos y se despiden. Tardarían siete años en volver a verse.
Es cada vez más complicado escribir novelas sobre el frente porque las que quedan como inspiración son muy buenas, pero son de parte: Sender, Aub, García Serrano… Y porque se van muriendo los últimos soldados. Estamos en 2026. La quinta del biberón ya es centenaria; tienen hoy, si quedan lúcidos, 105 o 106 años.
Algunos de esos soldados republicanos, también los carlistas, iban hasta el camión acompañados de su madre, con un bocadillo. "Adiós, hijo, abrígate. Te he puesto una bufanda y un bocadillo".
Como en la obra de teatro de Arrabal, 'Pic-Nic', donde unos padres van al frente a hacer picnic para poder ver a su hijo.
Una buena sátira que da cuenta de lo que sucedió. ¡Es que eso fue la guerra!
Pérez-Reverte publicará próximamente "Enviado especial", sus crónicas como corresponsal de guerra. David Morales
Volvamos a la documentación. Le preguntaba por los materiales que han nutrido la novela.
Primero, yo me nutrí mucho de lo documental: prensa, libros, papeles… Después, de mi experiencia como reportero cubriendo guerras civiles. Y, por último, de las conversaciones que pude mantener, habiendo pasado ya mucho tiempo del 36, con algunos soldados. La corresponsalía, la literatura y la memoria.
¿También hubo una parte técnica? El frente es más complejo de describir, en ese sentido, que la retaguardia.
Me hice con manuales técnicos de armamento, compré armas de época, me prestaron otras… Pero es interesante lo que mencionaba usted antes de la memoria. Sí, efectivamente, volviendo a la pregunta de antes, cuando no queda testimonio, la ideología campa a sus anchas.
¡Un tuit de Pablo Iglesias o de Abascal tiene más influencia sobre el relato de la guerra que un libro de Moradiellos o Casanova! ¿Cuántos de todos estos políticos tuiteros de los que hablamos han leído los libros imprescindibles sobre la guerra?
Hablemos de la propia guerra, de su desenlace. ¿La República, que tuvo al inicio más territorio y más tropas, se desmoronó por las revoluciones dentro de la revolución?
Sí. En el bando franquista, había una disciplina militar absolutamente estricta. Mandaban los generales de África, impusieron una jerarquía implacable y dejaron claras desde el primer momento sus reglas del juego: exterminio del adversario y terror en retaguardia para que no hubiera riesgos.
Concibieron la guerra como una operación quirúrgica. Ganaron con una serenidad implacable, con un tesón militar tremendo. Con la imposición de lo militar sobre lo político en todo momento.
Y al otro lado, en la República, pronto comenzó a extenderse el caos.
En la República, ese caos, esos enfrentamientos internos, fueron minando la disciplina. ¿Recuerda usted lo de Azaña?: "Pruebe usted a gobernar rodeado de imbéciles". Los socialistas, los anarquistas, los nacionalistas… Se dedicaron a hacerse la puñeta. Fue un viva la virgen. Sufrieron una revolución dentro del propio bando.
Ha dicho alguna vez que le resultó desolador el estudio de las operaciones militares de la República.
Sí, porque, inmerso en eso, uno ve la inutilidad del sacrificio, de tantos hombres muertos, de tanta carne quemada en operaciones que no estaban coordinadas ni iban dirigidas a un mismo fin.
Son muy ilustrativas las instrucciones del general Mola, anunciando el terror y la muerte para quien no acatara la disciplina. Pero, ojo, porque Franco también tuvo dentro sus intentos de revolución.
Sí, el caso de Manuel Hedilla, el falangista que no compartía lo que estaba sucediendo y al que encarcelaron. Hubo represión inmediata contra esos falangistas. Después, los requetés se sintieron engañados. Franco se apropió de todos los elementos revolucionarios que había a su alrededor. Los fagocitó.
De hecho, Franco fue el último general en sumarse al golpe, para la exasperación de Mola.
Franco, en ese momento, no tenía ninguna ideología. Se apropió de todo, lo fagocitó todo y lo puso al servicio de un gran aparato militar. La idea de España como un cuartel enorme. Por eso no le interesaba que sobreviviera José Antonio Primo de Rivera.
Si hubiera sobrevivido Primo de Rivera, que propuso desde la cárcel un pacto con la República, ¿habría habido dictadura de cuarenta años?
No lo sé. Quizá España habría sido distinta, pero puede que José Antonio nos hubiera metido en la Segunda Guerra Mundial al tener una afinidad mayor con el fascismo.
Suele decir usted: "Nadie que haya leído historia de España puede ser optimista con el presente y el futuro". ¡Es usted como los de la generación del 98! ¿Ni un signo para la esperanza?
No voy a responder a esa pregunta.