- JAVIER AYUSO
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A estas alturas, nadie debería dudar de que nos enfrentamos a una emergencia climática de un nivel desconocido hasta la fecha. Los negacionistas del cambio climático se parecen cada día más a los que negaban que la Tierra era redonda.
El fuego está destruyendo España. No es una exageración. Se están quemando bosques, casas y pueblos enteros obligando a confinar o a desalojar a cientos de miles de personas. Muchas han perdido toda su vida y no saben cómo van a sobrevivir a la tragedia. Y la cosa no ha hecho más que empezar. Todavía no ha llegado el mes de agosto y se prevén nuevas olas de calor y vientos racheados que nos llevarán a nuevos incendios por toda la geografía del país. La situación no puede ser más dramática y es urgente tomar medidas para paliar los efectos a corto plazo y prevenirlos a medio y largo plazo. Y la única forma de hacerlo, como dijo el domingo el rey Felipe, es "juntos". Algo difícil ante el clima de crispación que alimentan nuestros políticos sin cesar.
La única buena noticia es que, pese a las declaraciones públicas de los políticos impresentables de siempre, esta vez se está trabajando de forma coordinada por parte de todas las administraciones públicas. Gobierno, comunidades autónomas y ayuntamientos están actuando como uno solo, ayudados además por la solidaridad de los ciudadanos en la extinción de los incendios y en la ayuda a las personas afectadas.
Lo malo es que, una vez más, unos y otros están politizando el dolor en sus ataques al contrincante político. Es lamentable. Se empieza con pequeños comentarios y se acaba con insultos o con propuestas maximalistas que intentan poner en un aprieto a los líderes políticos opuestos. Ya ocurrió cuando la dana de Valencia o el accidente ferroviario de Adamuz. Muchos líderes dedican más tiempo a atacar al contrario que a solucionar los problemas, que es para lo que les pagamos. Cuando llamas mamarracho o mamarracha a otro dirigente, eres tú quien te estás poniendo en evidencia. Confío en que al final, los crispadores profesionales lo acaben pagando en las urnas.
A estas alturas, nadie debería dudar de que nos enfrentamos a una emergencia climática de un nivel desconocido hasta la fecha. Los negacionistas del cambio climático se parecen cada día más a los que negaban que la Tierra era redonda. Viven en un mundo paralelo y hacen mucho daño ante la opinión pública, como ya hicieron al inventarse conspiraciones cuando salieron las primeras vacunas contra la pandemia del Covid. Hay que señalar a los indocumentados que se enfrentan a las evidencias científicas y que atacan cualquier posibilidad de entendimiento para buscar una estrategia a largo plazo contra el calentamiento global.
Pero tan reprochable es el negacionismo como la simpleza de afirmar que "la emergencia climática mata". Lo que mata es la falta de respuestas ante un problema tan grave, que exige planificación, inversión, consenso político, medios y responsabilidad... y sobra politización. Cuando en 2025 se hizo balance de los incendios del verano, todas las administraciones prometieron actuar de forma urgente para que no volviera a ocurrir. Pero no parece que hayan hecho demasiado, a juzgar por los resultados de solo un mes.
La idea lanzada este fin de semana por el presidente del Gobierno de buscar un pacto de Estado ante la emergencia climática podría ser interesante, si no fuera porque Pedro Sánchez lleva ocho años negando cualquier tipo de acuerdo mayoritario para afrontar los graves problemas de España. Hay que pactar la política exterior y de Defensa, la de vivienda, educación, sanidad, infraestructuras, pensiones y un largo etcétera. Algo que ni siquiera se ha planteado en las últimas legislaturas. Se ha preferido levantar un muro entre las derechas y las izquierdas (estas últimas coaligadas con los independentistas de ambas ideologías), planteando políticas más ideológicas que pragmáticas. Y los problemas siguen creciendo.
Seamos optimistas por una vez ante la actitud de nuestros políticos. Imaginemos que la propuesta de Sánchez, coreada por varios de sus ministros, puede salir adelante. Sería bueno que se planteara de forma urgente y que todos los partidos se sentaran a negociarla. En diciembre de 2025 el Gobierno presentó a bombo y platillo un documento que duerme el sueño de los justos. En él se decía que "España se encuentra entre los países del mundo más expuestos a los efectos del cambio climático; en apenas cinco años, las lluvias torrenciales y las danas han aumentado un 15%, las sequías y las olas de calor se han intensificado y se han alargado y la superficie arrasada por incendios ha crecido un 80%".
Y añadía que "solo en 2025 los incendios han quemado más de 383.000 hectáreas, afectando a 440 municipios y provocando la evacuación de más de 30.000 personas". Unas cifras que este verano se van a incrementar de forma importante, a juzgar por las cifras de julio. Ante todo ello, el Gobierno planteaba diez bloques de medidas que tienen todo el sentido. Sin embargo, han pasado siete meses y ni se ha negociado nada, ni se han puesto en marcha las propuestas.
Estaría bien que, por una vez, todas las fuerzas políticas del arco parlamentario hicieran un ejercicio de responsabilidad y se sentaran a negociar ese pacto de Estado contra la emergencia climática. Que se olvidaran de las encuestas y sus intereses electorales y emprendieran el camino para luchar contra la distopía en que se está convirtiendo la España calcinada. ¿De qué sirve criticar que no haya hidroaviones suficientes o que se pida la emergencia nacional? "Unidos, podemos afrontar cualquier riesgo", dijo el domingo Felipe VI. Es la hora de actuar, no de hacer política de brocha gorda. ¿Para cuándo la primera cita entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo para plantear ese pacto de Estado? Ya están tardando. Por si no se han dado cuenta, ese movimiento les daría votos, además.
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