Mucho antes de que el centenar de aeronaves, misiles, drones y las fuerzas especiales entrasen en juego, Estados Unidos ya había comenzado a mover fichas por toda América Latina y el Caribe. Mientras la atención internacional se centraba en Venezuela, Washington tejía una red acelerada de acuerdos militares con Paraguay, Ecuador, Perú, Trinidad y Tobago y otros países de la región, ampliando accesos a aeropuertos, desplegando tropas “temporales” y autorizando operaciones armadas bajo el paraguas de una renovada “guerra contra el narco”.
La táctica, en realidad, nació en el siglo XIX.
Una escalada anunciada. Lo contamos antes de acabar el año pasado: el momento y la magnitud de estos pactos no pasaron desapercibidos para los analistas, que los interpretaron como la creación deliberada de una infraestructura logística regional capaz de sostener una operación militar prolongada contra Caracas.
Bajo una retórica que mezclaba narcotráfico, seguridad hemisférica y estabilidad regional, el objetivo real parecía mucho más clásico: rodear a Venezuela, aislarla diplomáticamente y dejar claro que el poder militar estadounidense estaba no solo dispuesto, sino físicamente preparado para intervenir. En ese contexto, las advertencias de Caracas a sus vecinos y la inquietud creciente en capitales latinoamericanas reflejaban una sensación conocida: la de volver a ser el “patio trasero” de una potencia que no pedía permiso.
En Xataka
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El salto cualitativo. El punto de no retorno ha llegado con la operación militar que culminó en la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Caracas. Desde Mar-a-Lago, Trump no solo celebró la audacia y la violencia de la operación, sino que verbalizó algo aún más significativo: Estados Unidos no se limitaba a derrocar a un líder, sino que se arrogaba el derecho a “dirigir” Venezuela durante un periodo indefinido, dictando decisiones políticas y económicas clave y recuperando, según su propio relato, el control de recursos petroleros que consideraba “robados” a empresas estadounidenses.
La retórica evitó cuidadosamente palabras como ocupación, pero mientras la palabra “democracia” no ha salido ni una vez de Washington, “petróleo” se ha repetido docenas de veces, así que la sustancia era difícil de disimular: una tutela impuesta bajo amenaza de una “segunda ola” militar si el nuevo poder no obedecía. La imagen de una armada frente a la costa, lista para intimidar tanto a Caracas como a otros gobiernos de la región, marcaba el regreso explícito a una lógica que muchos creían enterrada tras Irak y Afganistán.
Trump supervisó las operaciones militares estadounidenses en Venezuela, desde el Club Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, el sábado 3 de enero de 2026
La diplomacia del cañonero. También llamada diplomacia de la cañonera, nació en el siglo XIX como una forma brutalmente directa de política exterior: enviar buques de guerra frente a las costas de países más débiles para forzar concesiones políticas, comerciales o territoriales sin necesidad de una guerra formal. Potencias como Reino Unido, Francia y Estados Unidos la emplearon de forma sistemática en Asia, África y América Latina, convirtiendo la mera presencia naval en un instrumento de coerción.
En el caso estadounidense, esta doctrina se entrelazó con la Doctrina Monroe y su reinterpretación posterior, legitimando intervenciones militares, ocupaciones temporales y cambios de régimen bajo la premisa de proteger intereses nacionales en el hemisferio occidental. Si se quiere y desde ese prisma, el ataque a Venezuela no es una anomalía histórica, sino una actualización tecnológica de ese mismo patrón: donde antes había cañoneras, hoy hay portaaviones, drones, fuerzas especiales y sanciones económicas, pero la lógica es idéntica. La fuerza militar no actúa como último recurso, sino como mensaje político en sí mismo, diseñado para disciplinar a un gobierno concreto y advertir a todos los demás.
Mapa de los ataques de EEUU contra Venezuela
Un eco de intervenciones y sus consecuencias. La historia latinoamericana está plagada de ejemplos que ayudan a contextualizar este movimiento. Desde la guerra con México en el siglo XIX hasta las Banana Wars del XX, pasando por los golpes de Estado apoyados durante la Guerra Fría, Estados Unidos ha intervenido decenas de veces para moldear gobiernos afines o frenar influencias rivales. El propio Trump ha reivindicado figuras como William McKinley, símbolo de una era en la que la expansión territorial y el acceso a recursos se consideraban expresiones legítimas del poder nacional.
Sin embargo, recordaban ayer en el New York Times que estas intervenciones rara vez produjeron estabilidad duradera. A menudo dejaron sociedades fracturadas, legitimaron dictaduras y dañaron de forma profunda la reputación estadounidense, un legado que hoy aprovechan rivales estratégicos como China para presentarse como alternativas menos intrusivas (aunque no necesariamente más benignas).
La operación perfecta y el vacío posterior. Desde el punto de vista militar, la captura de Maduro fue una demostración de precisión extrema: meses de vigilancia, una réplica exacta del objetivo para ensayar el asalto, apagones selectivos, ataques aéreos coordinados y fuerzas especiales irrumpiendo en el corazón de Caracas en plena noche. Pero el éxito táctico contrasta con la incertidumbre estratégica que se abre después.
¿Quién gobernará realmente Venezuela? ¿Cómo reaccionarán sus fuerzas armadas? ¿Qué ocurre si unas elecciones futuras contradicen los intereses de Washington? Qué duda cabe, estas preguntas evocan fantasmas conocidos de “guerras eternas” y ocupaciones encubiertas, justo aquello contra lo que Trump había prometido luchar. De ahí que esa “diplomacia de la cañonera”, por muy modernizada que esté, sigue cargando con el mismo problema que hace más de un siglo: es eficaz para imponer hechos consumados, pero pésima para gestionar las consecuencias a largo plazo.
En Espinof
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El pasado con armas del futuro. Así, el ataque a Venezuela no representa una innovación doctrinal, sino más bien un retorno consciente a una forma antigua de ejercer el poder, revestida de tecnología del siglo XXI. En lugar de negociaciones multilaterales o presión diplomática clásica, Estados Unidos ha optado por la demostración directa de fuerza, combinando captura de líderes, control de recursos y una presencia militar intimidatoria en toda la región por encima de cualquier ley internacional.
Es, en esencia, la diplomacia del cañonero elevada a escala industrial: más rápida, más precisa y mediática, pero igualmente cargada de riesgos. La historia sugiere que sus efectos no se medirán en días ni en semanas, sino en décadas, y que América Latina, una vez más, será el escenario donde se compruebe si el pasado realmente puede reutilizarse sin pagar un precio aún mayor.
Imagen | White House, United States Department of Defense
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La noticia
Para que 150 aeronaves bombardearan Venezuela, EEUU utilizó una de las tácticas más letales de la guerra: la diplomacia del cañonero
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
Para que 150 aeronaves bombardearan Venezuela, EEUU utilizó una de las tácticas más letales de la guerra: la diplomacia del cañonero
El ataque a Venezuela no representa una innovación doctrinal, sino el retorno a una forma antigua de ejercer el poder, revestida de tecnología del siglo XXI
Mucho antes de que el centenar de aeronaves, misiles, drones y las fuerzas especiales entrasen en juego, Estados Unidos ya había comenzado a mover fichas por toda América Latina y el Caribe. Mientras la atención internacional se centraba en Venezuela, Washington tejía una red acelerada de acuerdos militares con Paraguay, Ecuador, Perú, Trinidad y Tobago y otros países de la región, ampliando accesos a aeropuertos, desplegando tropas “temporales” y autorizando operaciones armadas bajo el paraguas de una renovada “guerra contra el narco”.
La táctica, en realidad, nació en el siglo XIX.
Una escalada anunciada. Lo contamos antes de acabar el año pasado: el momento y la magnitud de estos pactos no pasaron desapercibidos para los analistas, que los interpretaron como la creación deliberada de una infraestructura logística regional capaz de sostener una operación militar prolongada contra Caracas.
Bajo una retórica que mezclaba narcotráfico, seguridad hemisférica y estabilidad regional, el objetivo real parecía mucho más clásico: rodear a Venezuela, aislarla diplomáticamente y dejar claro que el poder militar estadounidense estaba no solo dispuesto, sino físicamente preparado para intervenir. En ese contexto, las advertencias de Caracas a sus vecinos y la inquietud creciente en capitales latinoamericanas reflejaban una sensación conocida: la de volver a ser el “patio trasero” de una potencia que no pedía permiso.
El salto cualitativo. El punto de no retorno ha llegado con la operación militar que culminó en la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Caracas. Desde Mar-a-Lago, Trump no solo celebró la audacia y la violencia de la operación, sino que verbalizó algo aún más significativo: Estados Unidos no se limitaba a derrocar a un líder, sino que se arrogaba el derecho a “dirigir” Venezuela durante un periodo indefinido, dictando decisiones políticas y económicas clave y recuperando, según su propio relato, el control de recursos petroleros que consideraba “robados” a empresas estadounidenses.
La retórica evitó cuidadosamente palabras como ocupación, pero mientras la palabra “democracia” no ha salido ni una vez de Washington, “petróleo” se ha repetido docenas de veces, así que la sustancia era difícil de disimular: una tutela impuesta bajo amenaza de una “segunda ola” militar si el nuevo poder no obedecía. La imagen de una armada frente a la costa, lista para intimidar tanto a Caracas como a otros gobiernos de la región, marcaba el regreso explícito a una lógica que muchos creían enterrada tras Irak y Afganistán.
Trump supervisó las operaciones militares estadounidenses en Venezuela, desde el Club Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, el sábado 3 de enero de 2026
La diplomacia del cañonero. También llamada diplomacia de la cañonera, nació en el siglo XIX como una forma brutalmente directa de política exterior: enviar buques de guerra frente a las costas de países más débiles para forzar concesiones políticas, comerciales o territoriales sin necesidad de una guerra formal. Potencias como Reino Unido, Francia y Estados Unidos la emplearon de forma sistemática en Asia, África y América Latina, convirtiendo la mera presencia naval en un instrumento de coerción.
En el caso estadounidense, esta doctrina se entrelazó con la Doctrina Monroe y su reinterpretación posterior, legitimando intervenciones militares, ocupaciones temporales y cambios de régimen bajo la premisa de proteger intereses nacionales en el hemisferio occidental. Si se quiere y desde ese prisma, el ataque a Venezuela no es una anomalía histórica, sino una actualización tecnológica de ese mismo patrón: donde antes había cañoneras, hoy hay portaaviones, drones, fuerzas especiales y sanciones económicas, pero la lógica es idéntica. La fuerza militar no actúa como último recurso, sino como mensaje político en sí mismo, diseñado para disciplinar a un gobierno concreto y advertir a todos los demás.
Mapa de los ataques de EEUU contra Venezuela
Un eco de intervenciones y sus consecuencias. La historia latinoamericana está plagada de ejemplos que ayudan a contextualizar este movimiento. Desde la guerra con México en el siglo XIX hasta las Banana Wars del XX, pasando por los golpes de Estado apoyados durante la Guerra Fría, Estados Unidos ha intervenido decenas de veces para moldear gobiernos afines o frenar influencias rivales. El propio Trump ha reivindicado figuras como William McKinley, símbolo de una era en la que la expansión territorial y el acceso a recursos se consideraban expresiones legítimas del poder nacional.
Sin embargo, recordaban ayer en el New York Times que estas intervenciones rara vez produjeron estabilidad duradera. A menudo dejaron sociedades fracturadas, legitimaron dictaduras y dañaron de forma profunda la reputación estadounidense, un legado que hoy aprovechan rivales estratégicos como China para presentarse como alternativas menos intrusivas (aunque no necesariamente más benignas).
La operación perfecta y el vacío posterior. Desde el punto de vista militar, la captura de Maduro fue una demostración de precisión extrema: meses de vigilancia, una réplica exacta del objetivo para ensayar el asalto, apagones selectivos, ataques aéreos coordinados y fuerzas especiales irrumpiendo en el corazón de Caracas en plena noche. Pero el éxito táctico contrasta con la incertidumbre estratégica que se abre después.
¿Quién gobernará realmente Venezuela? ¿Cómo reaccionarán sus fuerzas armadas? ¿Qué ocurre si unas elecciones futuras contradicen los intereses de Washington? Qué duda cabe, estas preguntas evocan fantasmas conocidos de “guerras eternas” y ocupaciones encubiertas, justo aquello contra lo que Trump había prometido luchar. De ahí que esa “diplomacia de la cañonera”, por muy modernizada que esté, sigue cargando con el mismo problema que hace más de un siglo: es eficaz para imponer hechos consumados, pero pésima para gestionar las consecuencias a largo plazo.
El pasado con armas del futuro. Así, el ataque a Venezuela no representa una innovación doctrinal, sino más bien un retorno consciente a una forma antigua de ejercer el poder, revestida de tecnología del siglo XXI. En lugar de negociaciones multilaterales o presión diplomática clásica, Estados Unidos ha optado por la demostración directa de fuerza, combinando captura de líderes, control de recursos y una presencia militar intimidatoria en toda la región por encima de cualquier ley internacional.
Es, en esencia, la diplomacia del cañonero elevada a escala industrial: más rápida, más precisa y mediática, pero igualmente cargada de riesgos. La historia sugiere que sus efectos no se medirán en días ni en semanas, sino en décadas, y que América Latina, una vez más, será el escenario donde se compruebe si el pasado realmente puede reutilizarse sin pagar un precio aún mayor.
Imagen | White House, United States Department of Defense