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Nunca podremos determinar de forma definitiva y tajante qué significa realmente 'conservador' y 'progresista' en la cultura, ni dónde están esas fronteras que, para colmo, varían según el observador, como el gato de Schrodinger lo hace entre la vida y la muerte. Aquí ... va una pregunta desafiante para abrir boca: ¿una chica que oye al Jincho a todo trapo y votó a Alvise para cabrear a sus padres de Rivas Vaciamadrid es más carca que un tipo que lleva la misma camiseta de Reincidentes de hace treinta años y detesta la música posterior a esa cima de la canción roja?
¿Dónde queda realmente la línea del frente en la batalla cultural? Tengo la impresión de que pasa con estas etiquetas algo parecido a lo que, según recuerdo, exclamó un magistrado en el juicio por obscenidad Jacobellis vs Ohio en 1962: «No sé cómo definir la pornografía 'hardcore', pero la reconozco en cuanto la veo». Así, determinados productos culturales 'huelen' a conservador y otros 'huelen' a progresista aunque uno no sepa por qué, ni sea evidente, e incluso cuando este veredicto del público pueda ir contra la intención o la trayectoria del autor de la obra.
Los complejos de la derecha en el pantanoso campo del arte actual están cimentados en una fraudulenta historia de las políticas de la modernidad
Así, uno lee la obra de un 'progre' jovencísimo como David Uclés con la sensación fatigosa de que eso ya lo ha visto mil veces y a continuación se lanza sobre cualquiera de los libros de la editorial neoconservadora Monóculo con una impresión de novedad deslumbrante; o regresa a los versos manoseados del poeta comunista Ángel González como quien abre un relicario y luego oye a El niño de Elche recitando versos taurinos o cantando a la virgen como quien se lanza por una tirolina; o mira el cine de Pedro Almodóvar como quien vuelve a la casa de sus padres y luego se pregunta si no será 'Alcarràs', de la progresista catalana Carla Simón, un alegato tradicionalista en la línea que abrió hace cien años 'La bendición de la tierra' del ultraconservador Knut Hamsun.
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Los huevos fritos con patatas son de derechas, por Oti Rodríguez Marchante
En un país donde Alaska se baja de la carroza de la cabalgata del orgullo gay para meterse en el estudio de Jiménez Losantos a destripar la prensa del corazón, y Ana Belén y Víctor Manuel siguen igual de guapos que hace cuarenta años y piensan exactamente igual y firman los mismos manifiestos polvorientos, y donde Joaquín Sabina es un jubilado que mira obras y Santiago Segura desquiciará a todos por igual con su próxima entrega de 'Torrente', colocar una línea que separe lo progre de lo carca es temerario.
Sin embargo, existe cierta certeza de consenso alrededor de estos puntos: 1) La izquierda perdió la guerra pero ganó la cultura. 2) Los tornillos apretados por el nacionalcatolicismo franquista durante cuarenta años se desmigajaron sin oponer resistencia al término de la dictadura, pues el público pedía aire nuevo. 3) La cultura en democracia ha sido progre, del PSOE y más allá. 4) Una ola de corrección política dio la última vuelta de tuerca al moralismo de izquierdas en los últimos quince o veinte años. 5) El péndulo da señales de estar recorriendo el camino inverso.
¿Está en lo cierto ese pentagrama de axiomas? Respecto a la primera parte, no hay duda, y lo relata muy bien Enrique Murillo en su libro 'Personaje secundario', donde cuenta que durante la Transición se produjo en la literatura lo mismo que en la política, con la diferencia de que en las letras no hubo amnistías: se condenó de forma sumarísima, por un delito de casticismo viejuno, la novela española de Gironella, Delibes y demás, y las editoriales punteras de entonces, como Anagrama, se lanzaron desaforadas a buscar las esencias 'nuevas' en la literatura anglosajona y europea.
Lo mismo que en la literatura ocurría en la música y el cine: lo español tiraba para atrás. Lo culturalmente correcto siempre es 'ser moderno', y en esos años ser moderno era abandonar el realismo social, el costumbrismo y el recato sexual para estar a la última, que más allá de nuestras fronteras era ya más bien la 'penúltima'.
Tras el hundimiento comercial de la industria 'woke' estadounidense y los fracasos palmarios de una infinita lista de películas y series trufadas de una propaganda moral que esclerotizaba los guiones, ha empezado a percibirse un cambio que corre parejo a las opciones de gobierno de los partidos conservadores en Occidente.
De pronto, en España, una diva de la canción popular como Rosalía se planta en 'Lux' y habla de Dios, y colecciona nominaciones al Goya la película 'Los domingos', el grupo de canciones vaticanas Hakuna llena estadios y el público de los premios a los influencer de internet grita 'Pedro Sánchez, hijo de puta'.
¿Está la cultura española virando a la derecha? ¿Recorre el péndulo la trayectoria inversa a la que se inició con la liquidación del nacionalcatolicismo y la pana de 1982? Y todavía más importante que todo eso: ¿hemos llegado a un punto en que se percibe 'lo progre' como 'lo carca' y resulta más heterodoxo exhibirse como 'conservador'?
Señala Gregorio Luri: «El conservador practica ese arte de la distancia que es la ironía»
Para desmadejar este galimatías he pedido ayuda a uno de los intelectuales que más fina y originalmente han abordado el conservadurismo español: el filósofo Gregorio Luri. Se define como un «conservador de izquierdas», y en esta línea dice que «el conservadurismo hoy no puede ser más que heterodoxo, ya que la ortodoxia está 'okupada' por la izquierda. En la práctica esto significa que es muy fácil prever qué dirá un izquierdista sobre cualquier tema, mientras que es aventurado suponer lo que dirá un conservador. La libertad de pensamiento, hoy y siempre, está con la heterodoxia».
Pensemos en la heterodoxia y en su hermana pequeña, la provocación. Grandiosos provocadores de izquierdas pusieron de punta durante décadas los birretes, pero en algún momento todo eso empezó a oler a repetición. ¿Qué resulta hoy más provocador, hacer una 'performance' artística homosexual en una capilla o ponerse a rezar en la acera de enfrente de una clínica de abortos?
La película 'Los domingos' de Alauda Ruiz de Azúa parece interesada de alguna forma en esta cuestión: cuando la hija de unos progres decide meterse a monja de clausura, lo que está saltando por los aires es una convención social. La chica se enfrenta en su entorno a semejantes prejuicios a los que debía vencer la hija de un matrimonio ultracatólico que, en los años sesenta, decidía 'meterse a artista'.
Los del cine son de izquierdas y las películas son de derechas. O al menos están cargadas de valores tradicionales, espirituales y de una defensa de la familia, la rectitud social, la identidad, la propiedad privada
Sigue diciendo Luri que «el conservador practica ese arte de la distancia que es la ironía. La ortodoxia se toma a sí misma demasiado en serio para permitirse este lujo», pues «el conservador sabe que los conceptos políticos son más performativos que descriptivos y que el origen de la moral pocas veces es moral». Y esto es algo que queda patente en la constelación de perfiles de derechas que triunfan en las redes sociales, donde el control moral del 'establishment' es casi nulo. Lo que la ortodoxia progresista condena desde sitios tan tradicionales como la 'Cadena Ser' con etiquetas infamantes como «fachosfera», «machosfera» o «rollo incel» es en realidad una variadísima colección de perfiles que atacan con ironía y sarcasmo los preceptos de la moral políticamente correcta.
Perfiles como el Xokas, Fonseca, Jano García o Un tío blanco hetero; músicos como Los meconios; cómicos como David Suárez o Juan Dávila operan al margen de todas las normas de decoro que rara vez pueden desafiarse en una televisión convencional. Mientras tanto, en el estudio de Àngels Barceló oímos las doctas enseñanzas del párroco Bob Pop, que aconseja al oyente cómo comportarse cuando algún pecaminoso cuñado diga en una cena que piensa votar a Vox.
Marina de la Torre, que publica a finales de enero su libro 'Autodestrucción woke' en Ediciones B, lanza un diagnóstico sintético: «La cultura de derechas emerge hoy como una reacción instintiva al vacío dejado por el progresismo cultureta. Tras años de deconstrucción convertida en liturgia, en los que la masculinidad fue tratada como una patología social y el disenso se perseguía como herejía, aparece una derecha joven y agitadora -a veces torpe, a veces excesiva- que confunde el fondo con la forma y convierte los valores conservadores en simulacro, meme o postureo identitario».
Sin embargo, el cambio parece ir más allá, puesto que ciertos valores 'conservadores' como el arraigo, la seguridad, el vínculo e incluso la fe están aflorando más allá de las ideas políticas. Pienso en 'Feria', de Ana Iris Simón, que traía una mirada nostálgica al mundo previo a la crisis financiera de 2008 y fue tachado de 'falangista' pese a que la autora es 'roja'; en 'La trampa de la diversidad', de Daniel Bernabé, que lanzaba un golpe materialista a la deriva posmoderna y mercantil de la izquierda 'woke' y que, pese a las innegables credenciales 'progres' de su autor, recibió la oprobiosa acusación de fascista; o en las acusaciones sumarísimas contra feministas radicales de izquierdas como Lidia Falcón o Amelia Valcárcel por compartir el mensaje de aquel autobús de Hazte Oír que hablaba de la diferencia básica entre los niños y las niñas.
Sea como sea, y por mucho que corra el péndulo, ningún cambio cultural es completo en una sociedad libre, a Dios gracias, y la misma sociedad que disfruta la obra monumental de Juan Manuel de Prada 'Mil ojos esconde la noche' convierte en un best-seller 'La península de las casas vacías' de Uclés. Son las ventajas de vivir en democracia y en una sociedad de mercado: más allá de las tendencias, está la libertad de elegir.
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