Pepa Ballesteros busca desde hace 48 años a su primogénito, declarado muerto tras nacer en Málaga, entre documentos contradictorios y la sospecha de que fue «un niño robado»
Regala esta noticia Añádenos en Google Pepa Ballesteros muestra el libro que recoge su caso. (Marilú Báez) 25/07/2026 a las 00:51h.Pepa Ballesteros guarda documentación de su hijo como quien atesora fotografías familiares. Folios con sellos y fechas que no encajan. Hay certificados, copias, sobres, informes ... médicos, una tarjeta de enterramiento. En cada hoja busca lo mismo desde hace años: una explicación que aclare qué pasó con ese hijo que apenas pudo ver unos minutos tras el parto y del que nunca se pudo despedir. Hoy está más convencida que nunca de que se lo robaron. Han pasado 48 años y ha tenido otros cuatro hijos, pero asegura que no parará de buscar a su primogénito hasta su último aliento.
La familia la acompañó hasta que terminó el horario de visita, momento en que se quedó sola y una enfermera le comunicó que iban a prepararla para provocarle el parto. «Me pusieron una pastilla debajo de la lengua, me llevaron a una sala y allí tras comprobar mi estado me dijeron que había que acelerarlo». Después vino el suero y, con él, los dolores. El niño llegó rápido, muy rápido, en torno a las ocho de la tarde.
La escena que describe esta madre como si la hubiera vivido ayer mismo no es la del parto, sino la de los segundos posteriores. Le colocaron a su hijo delante, vio su cara y una «manchita» en su mejilla. «Tiene ahí algo pegado», les indicó. Le contestaron que no, que era un lunar. También recuerda otra marca en la nalga, «como un antojo», precisa Ballesteros, quien se agarra a estas señales con la esperanza de poder reconocerlo algún día. «Te estás dando cuenta de todo», le espetaron en el paritorio y rápidamente se llevaron al bebé para que supuestamente lo examinara un médico. En ese momento, Pepa notó que alguien añadía algo al suero. «Me dijeron que era para relajarme, que estaba nerviosa, pero no lo estaba; yo solo quería tener a mi hijo conmigo». Se quedó dormida y para cuando despertó ya estaba en la habitación con todo el pecho vendado.
Con problemas de corazón
Esa imagen también se le quedó clavada: el vendaje antes de haber amamantado a su pequeño. La abuela entró en la habitación y se extrañó. «¿Qué te han liado?», le preguntó. Según le explicó una enfermera, el niño «venía malito», que había nacido con un problema de corazón y que no podría mamar, que había que trasladarlo de urgencia para operarlo. No en Málaga. A Madrid.
Entre las explicaciones del médico, una frase lapidaria que martillea la memoria de esta madre: «Más vale que llores ahora y pidas que el niño muera, porque si sobrevive le espera un proceso de muchas operaciones». Ballesteros habla de otros tiempos para soportar cómo pudo tolerar aquello, tiempo en que las relaciones entre médicos y pacientes eran distintas, «una época en la que las familias preguntaban poco, porque casi nadie se atrevía a discutir una bata blanca. No te dejaban ni que un familiar estuviera contigo», asegura.
«Más vale que llores ahora y pidas que el niño muera, porque si sobrevive le esperan muchas operaciones»
El niño fue trasladado a Madrid en una ambulancia. La familia asegura que en principio querían llevárselo solo, pero la abuela materna se negó. «Cuando la enfermera y el conductor le dijeron que no podía subir, abrió la puerta delantera y se metió en el coche», relata Ballesteros. No hubo discusión, según la familia, aunque sí reiterados intentos de abandonarla en varias paradas que realizaron. Una de ellas, a la salida de Ciudad Jardín, en la primera gasolinera. «La invitaron a bajar, a que se tomara un café y fuera al baño, que la esperarían allí. Pero mi madre se negó: si no la acompañaba alguno de los dos, no se movía del lado de su nieto». Insiste en que no puede probar que quisieran deshacerse de ella, pero «todo apuntaba en esa dirección».
A día de hoy, ese viaje aún continúa en la memoria de esta madre, aunque ella no lo hiciera. Catorce horas por carreteras «difíciles», de Málaga a Madrid, con una enfermera detrás y el recién nacido en una «especie de cuna». La abuela preguntó varias veces por qué el niño, si iba tan grave, no llevaba suero ni oxígeno. «Se excusaron en que no podían ponerle nada porque sería intervenido al llegar». Nada le cuadraba. Llegaron al Hospital Ramón y Cajal a primera hora de la mañana. No entraron por urgencias, sino por la entrada principal. De nuevo, nada encajaba. Allí, según contó la abuela, esperaba «una mujer rubia, arreglada, bien vestida, que bajó por la escalinata y preguntó si aquel era el bebé. «¿Este es el niño?». Aquella persona permanece en la memoria familiar como una sombra. Nunca averiguaron quién era, pero la abuela murió convencida de que algo tuvo que ver en la pérdida de su nieto.
En Madrid estaban también el marido de Pepa Ballesteros, que llegó en tren, su hermana y su cuñado que residían allí. Antes de la operación, la hermana de Pepa pidió verlo. El pequeño estaba en una incubadora, sin suero, sin oxígeno, sin aparatos que indicaran una urgencia extrema. Dos horas más tarde, les comunicaron que el bebé no había superado el cateterismo previo.
Preguntas sin respuesta
A Ballesteros, la noticia le llegó por teléfono, ya en casa, después de salir del hospital cuando la llamó su marido para comunicárselo. «En ese momento, me volví loca. Tenía la cuna preparada, había hecho ropa para mi niño y había imaginado una casa con muchos hijos. Quería tener un equipo de fútbol», expresa con un dolor y una pena que aún no ha sanado. Así empezó el duelo de esta mujer, con una ausencia a la que siguieron muchas preguntas. La familia pidió ver al bebé fallecido, pero se negaron. «Es mejor que lo recordéis con vida». La sugerencia no les convenció y ante su insistencia acabaron por enseñarles un cuerpo envuelto en una mortaja, de la que asomaba solo la cabeza. Pero aquel niño no se parecía a Miguel. La abuela alcanzó a tocarlo. «Estaba frío como el hielo», describe la familia. Tampoco les dejaron descubrirlo para comprobar las marcas con las que nació. Otro detalle que con el tiempo se convertiría en una sospecha.
«Mi madre dijo que aquel no era su nieto, que era más pequeño y estaba descompuesto», relata . Nació con 3,650 kilos y 53 centímetros. Para ella, esos datos siempre han chocado con la explicación médica que recibió entonces. Años después, asegura, un cardiólogo al que consultó le dijo que esos parámetros no encajaban con determinadas patologías graves desarrolladas durante la gestación.
«Cuando le enseñaron el niño a mi madre tras supuestamente haber fallecido, tuvo claro que aquel no era su nieto; estaba descompuesto»
La familia asistió al entierro en el Cementerio de La Almudena al día siguiente de la supuesta muerte. No pudo velarlo ni trasladarlo a Málaga. Los convencieron para que así fuera. El padre firmó la autorización para que fuera enterrado en Madrid, sin embargo, en la documentación que la familia ha recabado en estos últimos años las fechas de la muerte, de la inscripción registral y del enterramiento son diferentes. También aparece un nombre que la familia nunca conoció: Mariano Alonso Castrejón, identificado en la inscripción de la defunción como 'tutor de familia'. «¿Quién era ese señor? Entonces no lo sabíamos, pero con el tiempo averiguamos que estuvo al frente de un centro de adopción », indica.
Los interrogantes han ganado fuerza con los años y la familia siempre ha tenido la sensación de haber sido engañada. En sus siguientes embarazos, Ballesteros reconoce que vivía con ansiedad las semanas próximas al parto por miedo a quedarse de nuevo sin sus bebés. Al año siguiente volvieron a Madrid a visitar la tumba y se encontraron que no había restos en la fosa en la que sí estaba su cruz. Durante este tiempo, no han cejado en su empeño de saber qué ocurrió. Ballesteros conserva la inscripción de nacimiento en Registro Civil de Málaga, hecha el mismo día 26 por su suegro. Conserva también la inscripción de la defunción en Madrid. En algunos documentos, asegura, ella aparece como soltera, aunque estaba casada. Ese tipo de errores, vistos por separado, podrían parecer fallos administrativos, pero en conjunto resultan «sospechosos». Sin embargo, durante muchos años aquellas dudas no vieron la luz. La abuela empezó a contar detalles tiempo después, cuando Ballesteros estaba embarazada de su segundo hijo.
Un vacío desgarrador
El médico le aconsejó tener otro hijo pronto, para que le ayudara a superar aquel desgarrador vacío. Tuvo cuatro; al pequeño lo volvió a llamar Miguel, aunque su primogénito siguió estando en una habitación aparte de la memoria. «Eso no se olvida», dice. Y cuando la vida volvió a abrirse camino y todo parecía haber cobrado normalidad, aquella tragedia familiar volvió al presente cuando empezó a emitirse el programa '¿Quién sabe dónde?', en el que abordaron numerosos casos de bebés robados en España. Muchas madres reconocieron patrones: partos en los que las separaban de sus hijos, explicaciones médicas imprecisas, cuerpos que no se enseñaban, documentos contradictorios, archivos desaparecidos. Esta madre empezó a mirar sus papeles con otros ojos. La abuela, al ver aquellos testimonios en televisión, repetía la escena de Madrid: la mujer rubia, la ambulancia, la frase. «Nuestro niño se lo llevó aquella señora», decía.
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