- FRANCISCO CABRILLO
La desigualdad económica se ha reducido de forma notable entre países durante el siglo XXI, pero el proceso se ha frenado dentro de las economías occidentales. El desempleo, la globalización, los cambios demográficos y la crisis del Estado del bienestar explican parte de una evolución que exige elevar la productividad y el empleo sin obstaculizar el crecimiento.
La desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza es un tema que viene preocupando a los economistas desde hace mucho tiempo. Un hecho muy positivo de nuestro siglo XXI es que, a escala internacional, la desigualdad se ha reducido de forma notable, como no había sucedido en la historia moderna. Las diferencias entre países siguen existiendo y siendo relevantes, ciertamente. Pero se han reducido de forma sustancial. Un europeo, por ejemplo, es, en promedio, mucho más rico que un chino o un indio. Pero la distancia que los separa es hoy significativamente menor que la que existía hace no muchos años.
El problema parece agravarse, en cambio, en Occidente, en el interior de los países más prósperos, en los que el proceso de reducción de la desigualdad que se inició en la década de 1920 parece haberse frenado; especialmente en algunos países. En el análisis económico el modelo dominante para explicar la evolución de la desigualdad en Europa y Norteamérica se basó, durante bastante tiempo, en las ideas que en la década de 1950 formuló el economista norteamericano Simon Kuznets.
Señalaba Kuznets que la desigualdad interna evoluciona con el nivel de desarrollo de un país. En sociedades pobres, las diferencias de renta entre sus habitantes son pequeñas, con pocas excepciones. Sin embargo, al generarse procesos de desarrollo, la desigualdad tiende a aumentar. Ahora la gente de los estratos más bajos de la población vive mejor; pero está más lejos de los ingresos que obtienen las clases altas.
Esto es lo que podemos encontrar, en efecto, en Europa y en Estados Unidos en el período comprendido entre los años centrales del siglo XIX -unas décadas antes en Inglaterra- y la Primera Guerra Mundial. A partir de esa fecha, las diferencias de ingresos se reducirían de forma significativa a lo largo del siglo. Kuznets dejó siempre claro que su modelo era empírico, no teórico. Es decir, presentaba datos, pero no intentaba formular una teoría que explicara esta correlación variable entre niveles de desarrollo y de desigualdad.
Apuntaba algunas posibles explicaciones, como el crecimiento del sector servicios, la progresividad de los impuestos, los programas de bienestar social o la regulación de determinados mercados; pero sin formular un modelo de validez general. Por otra parte, insistía en una idea que se olvida con frecuencia. Estos cálculos tienen sentido sólo si partimos de la premisa de que la estructura de la población no ha cambiado. Es decir, si -como ha ocurrido en los países occidentales- tiene lugar un gran flujo de inmigración, que hace que los estratos de nivel económico más bajos pasen a estar formados, en buena medida, por inmigrantes, el valor de las estimaciones se reduce de forma sustancial.
Crisis del estado del bienestar
El problema hoy es que, a pesar de los avances que el mundo occidental ha experimentado en los últimos cuarenta años, no se observan reducciones significativas de la desigualdad en los países más ricos del mundo, en especial en Estados Unidos. No resulta fácil formular una teoría sólida que explique qué ha ocurrido en estos años. Pero pueden apuntarse algunas razones posibles.
Una de ellas es la crisis del estado del bienestar, a la que se enfrenta el mundo occidental debida a los cambios de la estructura de población y a la inmigración. Pero hay otro factor muy importante, que no siempre se menciona y merece ser tomado en consideración.
Hay muchos datos que indican que el estancamiento en la reducción de la desigualdad en el mundo occidental puede estar relacionado con las menores diferencias de renta que existen hoy a escala mundial. La razón es que el libre comercio y los movimientos internacionales de capitales tienden a reducir los gaps entre los salarios que perciben los trabajadores en los diversos países. Y esto se debe a que la producción de bienes comerciables experimenta cambios geográficos, moviéndose de unos países a otros y reduciendo así las diferencias salariales. Esto es muy bueno, naturalmente, para los trabajadores de los países en vías de desarrollo; pero puede no serlo para los empleados de menor capital humano en los países avanzados.
No es sencillo diseñar estrategias para reducir el actual nivel de desigualdad en los países occidentales. Intentar volver al pasado, elevando el gasto público y subiendo los impuestos no tendría sentido, ya que esto supondría un freno al crecimiento económico. Y sería bastante absurdo poner obstáculos a la internalización de la economía, porque tal política sería perjudicial para todos los países, y en especial para las naciones menos desarrolladas.
Lo que nos enseña la experiencia es que la mejor forma de conseguir tal objetivo es elevar la productividad de los trabajadores y su nivel de empleo. Los datos muestran de forma concluyente que el paro es uno de los factores que más claramente generan desigualdad. La solución tiene que buscarse, por tanto, en lograr economías eficientes con bajo nivel de desempleo; no en aplicar políticas que, con el propósito de redistribuir la renta, se conviertan en un obstáculo al crecimiento económico.
Francisco Cabrillo es catedrático emérito de Economía de la Universidad Complutense. Fundación Civismo.
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