El Grand Slam londinense conserva intacta su identidad original con unos rasgos y costumbres que la definen y un aire de distinción donde brilla el icónico Rolex
La fachada principal de la Pista Central de Wimbledon con el reloj Rolex.Rolex/Jon Buckle- JESÚS SÁNCHEZ
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El viaje empieza al adentrarte en el recinto que alberga desde el siglo XIX el ‘All England Lawn Tennis and Croquet Club’, en el sudoeste de Londres, a 50 minutos del centro en coche si no hay excesivo tráfico. Con un lenguaje visual consistente e incorruptible, alrededores verdes, tenistas con uniformes inmaculados, atmósfera selecta y publicidad muy sutil en las pistas, incluso el aficionado más despistado podría reconocer el torneo de Wimbledon en un abrir y cerrar de ojos. Simplemente, es el Grand Slam por definición, el evento cumbre del tenis que, sin congelarse en el tiempo, ha conservado su identidad original con mil y una tradiciones que mantienen un ambiente formal de club siendo un evento deportivo de alcance mundial y, sin duda, uno de los pasatiempos favoritos de los británicos, que saludan al verano con una raqueta. Ajeno a influencias y modas, utiliza la moderación como su tarjeta de presentación en contraste con el mundo viral de 2026 y su aire distinguido es inequívoco, desde el estado del recinto, la decoración en color verde oscuro y morado de su escudo y el cuidado extremo de las instalaciones a la exclusividad que emana y de la que Rolex, presente con su elegancia rotunda para mostrar el paso del tiempo, forma parte desde los años 70.
Un ritual personal
Hay tantas costumbres en Wimbledon, una continuidad emocional que se transmite de generación en generación, que ir al torneo es un ritual personal. Por ejemplo, hacer cola toda la noche en una tienda de campaña, una iniciativa que aquí tiene nombre desde 1922, The Queue, porque el torneo pone cada día 1.500 entradas a la venta para todos los públicos. Es un trabajo duro si hace mal tiempo y en la primera semana, cuando hay alta demanda (45.000 espectadores pueden juntarse en una jornada), la incertidumbre es notable. No todos los acampados consiguen localidades. Se mezcla la devoción, la logística y lo romántico y requiere preparación: agua, comida, crema solar, ropa para dormir y la voluntad de aceptar el destino.
La Pista Central de Wimbledon, en un partido de Alcaraz en 2025.©Rolex/Jon BuckleHay camaradería y folklore, como con las fresas con nata, otra de sus tradiciones más reconocibles. Porque el aficionado en Wimbledon no necesita pisar la Pista Central, donde los relojes Rolex marcan las horas, para vivir el torneo. Con el Ground Pass, un vaso de Pimm’s, la sangría inglesa, y el famoso postre, sentándose en The Hill, la colina donde se puede ver en una pantalla gigante los mejores partidos, el fan siente suyo el evento. Es la democratización del acceso a la grandeza en un clima sobrio y de respeto lo que hace especial Wimbledon. En 2025 se vendieron 2,5 millones de fresas y 13.000 litros de crema. El plato se consume rápido en verano, es ligero y su fuerza encaja con el simbolismo genuino del Grand Slam británico.
El reloj Rolex marca las horas en la Central de Wimbledon.©Rolex/Jon BuckleElitista pista central
Las fresas se degustan también en la Pista Central, con capacidad para 15.000 espectadores, techada desde 2009, con una cubierta retráctil que protege de la lluvia recurrente de Londres y da luz a la cancha, en el ocaso del sol, si la jornada se alarga. En 10 minutos, como en el partido de primera ronda de Serena Williams, cambia el escenario por completo. La Central no tiene jueces de línea que canten las faltas (es una voz automática) y ha implementado un sistema de revisión de jugadas (por ejemplo, la del doble bote) con una especie de VAR. Wimbledon es mágico: sin ser inmovilista nunca perdió su esencia. Miembros de las Fuerzas Armadas, policías y bomberos vigilan el acceso a las gradas. Son 600 cada año y son voluntarios. Un honor. El All England perdió a muchos empleados después de la II Guerra Mundial e hizo un llamamiento a los hombres sanos para que ayudaran en el torneo. Allí siguen.
Las emblemáticas Doherty Gats que dan acceso a Wimbledon.Rolex/Antoine CouvercelleLos recogepelotas, 200, son hijos de miembros del club, al que se accede si te avalan otros cuatro miembros. Los campeones del torneo pueden serlo si quieren. La hierba de centeno del único Grand Slam que se juega en esta superficie (en la que nació el tenis) debe estar a 80 milímetros de alto y la cuidan 50 jardineros elegidos. También el halcón Rufus, que vigila a las palomas. Las enredaderas que cubren la fachada de la Central con el clásico Rolex y las cientos de petunias recuerdan especialmente a un jardín inglés.
La ropa debe ser blanca porque en 1877 el sudor se veía en la ropa de color y no era decoroso en pleno auge de la época Victoriana. En 2023, se permitió a las mujeres llevar ropa interior en color durante la menstruación. Las toallas, 40 libras cada una, cambian cada año y los tenistas profesionales, que habitualmente disponen de casi todo, las coleccionan como objetos de culto.
Vista General del All England.Rolex/Antoine CouvercelleLas pelotas son del mismo fabricante desde 1902. El merchandising, variado y elegante, sólo se puede comprar allí, en el recinto del Club. Los anuncios publicitarios tienen una marcada estrategia de marketing que no interrumpe la experiencia del aficionado: casi ni se ven, pero están, y forman parte del encanto singular de las pistas. Sólo cuatro marcas se anuncian en la Central y en la Pista 1, que es una réplica de la anterior para 12.000 espectadores, donde dicen que van los auténticos devotos del tenis. Una de las firmas que forman parte de la experiencia Wimbledon es Rolex, viejo socio que forma parte del paisaje del torneo que hace de la excelencia su razón de ser. El reloj del marcador es otra tradición en sí misma.
Yannik Sinner, en un saque durante su primer partido en Wimbledon 2026.GettyImagesUn visionario
Lo vio claro André Heiniger. Fue el gran impulsor de la multinacional suiza en su historia, el hombre que construyó un imperio de exclusividad asociado a unos relojes únicos y posicionó a la marca como símbolo de estatus. Eso se siente al sentarse en el Royal Box, el palco dedicado a la Casa Real Británica, donde el primer día del torneo estuvo Sir David Beckham. Una invitación del abogado Mark MacCormack, fundador de la agencia IMG, fortaleció la actividad de Rolex con el deporte, particularmente con el tenis. Heiniger vio un partido desde allí, lo disfrutó y detectó un ambiente único, un silencio atronador de admiración a los jugadores y al entorno, un aura inconfundible de prestigio: “Esto es Rolex”, dijo. Muchos años después, en 2009, nació el Rolex Wimbledon, un sobrenombre con el que los coleccionistas bautizaron el modelo Datejust II con la esfera gris pizarra y los números romanos en verde, evocando la fascinante sobriedad de la Central. La leyenda Federer lo lució en la pista en 2022 y ya forma parte de la cultura relojera.
Coco Gauff, testimonial Rolex, celebra su victoria en segunda ronda.LAPRESSEHeiniger, prendado del encantamiento de Wimbledon, llegó a un acuerdo para poner el reloj en el marcador oficial desde 1978. La precisión milimétrica del tenis en hierba (un deporte en sí mismo, el saque y volea, el bote bajo e irregular) y el respeto por las formas cuidadas se identificaban al instante con Rolex, un icono del torneo. El famoso reloj marca el ritmo de vida en ese ecosistema tan particular del All England. Mide la duración de los partidos, los calentamientos, los descansos entre sets, el 'timing' entre los encuentros programados. Un control funcional, sereno y discreto. Empezó una historia de valores compartidos que se trasladó después al resto de los Grand Slam, Australian Open, Roland Garros y US Open, entre otros torneos. Rolex también tiene una alianza global con la ATP y la WTA, los Masters 1000, la Davis Cup y la Laver Cup. Todo arrancó en la singularidad de Wimbledon, un escenario perfecto para posicionarse al más alto nivel. El mito Federer, ocho veces campeón, Alcaraz, Sinner, Swiatek, Gauff o la estrella emergente Joao Fonseca son algunos de sus embajadores mientras crece la leyenda de Wimbledon, el lugar del mundo con más tradiciones y ritos, donde Rolex se siente como en casa.
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