- GLÒRIA OLIVER Vicepresidenta primera de la Coordinadora Catalana de Fundacions i dir. adjunta de la Fundació Pasqual Maragall
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"Existe un estereotipo que conviene desterrar: el de que trabajar en el tercer sector implica renunciar a una carrera profesional sólida o a una retribución competitiva", destaca la autora.
¿Por qué los mejores profesionales están mirando al mundo fundacional?
Cada vez más personas se hacen una pregunta incómoda en algún momento de su trayectoria: ¿me reconozco en lo que hago cada día? No es una crisis, es una señal de madurez. Y la respuesta, para un número creciente de profesionales, está llevando el talento hacia el mundo fundacional.
En mi caso, la elección llegó hace más de veinte años, tras una primera década en el sector empresarial. El mundo fundacional me era entonces un territorio muy poco conocido. Entré con más intuición que certeza. Y lo que encontré al otro lado cambió mi manera de entender la profesión.
En Cataluña, más de 102.000 personas trabajamos en cerca de 2.000 fundaciones. No es una cifra menor. Es una infraestructura de impacto que opera en ámbitos tan diversos como la salud, la investigación, la educación, la cultura o el ámbito social. Con rigor, con ambición y con una lógica radicalmente distinta a la empresarial: aquí no se reparten dividendos. Se reinvierte en causas.
Un modelo distinto, no opuesto
Las fundaciones no tienen accionistas ni propietarios. Pero eso no las hace menos exigentes. Al contrario. Las obliga a ser especialmente rigurosas en cómo gestionan sus recursos y en el impacto que generan. La pregunta clave no es si producen valor económico, sino cómo lo transforman en valor social.
¿Qué diferencia a una fundación de una empresa? Que no reparte beneficios, pero debe generarlos. Que no responde a accionistas, sino a una misión. Que no compite por cuota de mercado, sino por impacto real.
No son modelos contrapuestos. Son complementarios. Se necesitan. Y en un momento en que el debate sobre el papel de las organizaciones en la sociedad está más vivo que nunca, reconocerlo es el primer paso para sacarle partido.
El propósito como operativa, no como discurso
Trabajar en una fundación implica una elección consciente. Una manera de decidir para qué pones tu tiempo y tu talento. Cuando la organización tiene un propósito genuino (no declarado en una diapositiva, sino integrado en cada decisión), el trabajo adquiere una textura diferente.
Lo noto en mi día a día: en el compromiso de los equipos, en la forma de afrontar los problemas, en la energía que se genera cuando lo que haces tiene impacto tangible. Porque cuando el trabajo tiene sentido, deja de ser solo trabajo.
A eso se suman los valores como práctica, no como retórica. Integridad, transparencia, responsabilidad. Como bien saben, lo que define a una organización no es lo que declara, sino lo que hace de forma sostenida. Esa coherencia es la que genera confianza, y la confianza es la que construye sentido de pertenencia.
El ecosistema como ventaja diferencial
Hay algo en el mundo fundacional que no se puede fabricar: la calidad del ecosistema humano. Patronatos, equipos profesionales, voluntariado, entidades y colaboradores externos configuran una red relacional extraordinaria, donde circulan ideas, experiencias y complicidades que difícilmente se generan desde estructuras puramente formales.
Trabajar en este entorno no significa solo contribuir a una causa. Significa hacerlo rodeado de personas que te interpelan, que amplían tu mirada y que hacen del aprendizaje compartido una forma de trabajo cotidiana. Para muchos de nosotros, eso tiene un valor diferencial que ningún paquete retributivo replica por sí solo. Pero hay más.
Un sector que crece
Existe un estereotipo que conviene desterrar: el de que trabajar en el tercer sector implica renunciar a una carrera profesional sólida o a una retribución competitiva. La realidad está cambiando de forma notable.
Las fundaciones están ganando escala. Muchas operan ya con estructuras, presupuestos y alcance comparables a medianas y grandes empresas. Y eso se está trasladando a los paquetes retributivos. Los perfiles directivos y técnicos especializados encuentran en el sector fundacional condiciones cada vez más competitivas combinadas con proyectos con sentido, estabilidad relacional y un entorno donde el talento se desarrolla de verdad.
No digo que la brecha salarial haya desaparecido. En algunos perfiles y niveles, todavía existe. Pero la tendencia es clara, y la ecuación completa —retribución, propósito, cultura y ecosistema — es, para un número creciente de profesionales, cada vez más atractiva
Un sector que exige
Las fundaciones competimos por el mismo talento que otras organizaciones. Y eso nos ha obligado a ser mejores: a liderar con más intención, a construir culturas internas más sólidas, a hacer posible una conciliación real y a generar entornos donde las personas no solo trabajen, sino que crezcan. La competencia por el talento, lejos de ser una amenaza, nos ha hecho más rigurosos.
Operamos además en contextos cambiantes, conectados con necesidades globales emergentes. Eso exige adaptación continua y una cierta incomodidad productiva que, bien gestionada, es un motor de desarrollo profesional difícil de encontrar en entornos más estáticos. Muchas veces construimos mientras avanzamos. Y para los profesionales que buscan entornos vivos donde el aprendizaje no es un beneficio adicional sino parte del oficio, esa dinámica es precisamente uno de los grandes atractivos del sector.
Una pregunta que vale más que muchas respuestas
El reciente 1 de mayo invita a algo más que conmemorar. Invita a preguntarse, con honestidad, qué es lo que da sentido a lo que hacemos cada día.
El mundo fundacional lleva años respondiendo a esa pregunta. Con proyectos que transforman realidades, con equipos que eligen causas, con profesionales que han decidido que el criterio con el que trabajan importa tanto como el lugar donde lo hacen.
No es romanticismo. Es una forma de entender la profesión.
Yo llevo más de veinte años en este camino y sigo encontrando, cada día, razones para reafirmar la elección. Hay pocas cosas más valiosas que poder decir que tu trabajo te representa. Que lo que haces y lo que eres van en la misma dirección.
Eso es un privilegio.
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