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Para 1981 –fecha de publicación de este 'Mentirosos enamorados', su segunda recopilación de relatos–, Richard Yates ya había publicado 'Las hermanas Grimes' (1976, posiblemente, su obra maestra) y aún tenía por delante la proeza de la bestial 'Jóvenes corazones desolados' (1984, ... probablemente, una de las novelas más acerca del 'crack-up' matrimonial). Pero Yates (Nueva York 1926-1992) ya no era la celebrada joven promesa que había irrumpido como un salvaje viento que pasa con 'Revolutionary Road' (1962) y el volumen de cuentos 'Once tipos de soledad' (1962, al que alguien definió como un 'Dublineses para Manhattan').
Y no es que no hubiese cumplido con lo prometido: es que el sistema académico y la crítica especializada, pero más bien poco especial, no cumplió con él y –siempre atenta al próximo cromo del álbum– se lanzó a la búsqueda de otros debutantes a expulsar del baile a la primera de cambio. De pronto, sí, Yates era una brisa pasada.
Lo que no significa que las siete ficciones breves de aquí no estén a la altura de las once de su debut. Es más: probablemente sean mejores gracias a las, a destacar –casi 'nouvelles'–, primera y última de ellas. A saber: 'José, estoy tan cansada', implacable historia madre e hijo y variación sobre lo que ya había explorado en su segunda novela 'Una providencia especial' (1969): cruelmente autobiográfica, canibalizando sin asco ni pudor la propia relación del autor con su progenitora, la escultora fallida y divorciada Ruth 'Doockie' Maurer Yates (y con un sufrido padre «desertor» y ausente), y que fuera, en su momento, 1969, considerada por muchos un paso en falso luego de una largada inmejorable. Despidiendo el conjunto, 'Adiós a Sally' es, sin duda, uno de los mejores cuentos de Francis Scott Fitzgerald (venerado héroe máximo de Yates) jamás escritos por Francis Scott Fitzgerald y con parrafada final que evoca epifánicamente las alturas de aquella de 'El gran Gatsby'.
Y, sí, Yates ya era para la publicación de 'Mentirosos enamorados' eso que se (des)conoce como «escritor-de-escritores» (admirado por William Styron y Tennessee Williams y John Cheever y Robert Stone y Ann Beattie y Kurt Vonnegut, su más delicado paladín) y recomendado con una mezcla de elogio y reticencia por ofrecer «más de lo mismo» (sin entender que Yates era dueño de territorio suyo y nada más que suyo) por alguna que otra reseña. Alguien arrastrando sus pulmones e hígado cada vez más cansados por los estudios de Hollywood y por universidades y 'workshops' y por instituciones psiquiátricas (experiencia que narró sin anestesia en la escalofriante 'Sin paz', de 1975) y hasta por los cuarteles de campaña de Robert Kennedy (para quien escribió algún discurso y experiencia acerca de quien planeaba un novela que quedó inconclusa).
Richard Price –alguna vez alumno suyo en la Columbia University– lo evocó con un: «Se nutría de rencores, era una incubadora de desaires. Estaba amargado. Tenía todo el derecho del mundo para estar amargado. Estaba realmente amargado». Y de ahí que para muchos resultase insoportable una obra tan teñida por la amargura de su vida. Pocos narraron con tanto vital éxito la naturaleza muerta del fracaso.
Demasiado tarde, ya muy lejos de aquí, llegó el reconocimiento póstumo: emotiva y, sí, enamorada mención de un mentiroso Michael Caine en 'Hannah y sus hermanas', de Woody Allen; un personaje volátil inspirado en él en la serie 'Seinfeld' (el padre de Elaine en el antológico episodio de la chaqueta); la triunfal edición de 'The Collected Stories of Richard Yates' (2001, con prólogo de Richard Russo y nueve relatos dispersos y, por fin, uno publicado a modo de anticipo en 'The New Yorker', donde siempre se le había ignorado por entender lo suyo como «demasiado brutal para nuestra revista»); la gran biografía reivindicadora de Blake Bailey ('A Tragic Honesty', 2003), la adaptación fílmica de 'Revolutionary Road' del oscarizado Sam Mendes (reuniendo en 2008 a la romántica parejita de 'Titanic') y, por fin, su entrada en la Everyman's Library en 2009 con categoría de clásico incuestionable.
Y de acuerdo: probablemente 'Mentirosos enamorados' no sea un libro muy festivo para esta época del año. Pero –de verdad, digno de enamorarse de él– es una fiesta.
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