El 10 de agosto, la atención volvió a concentrarse en América Latina. Un terremoto de magnitud 7.4 golpeó Colombia y provocó graves daños en distintas ciudades; fue el más fuerte registrado en el país en la última década. Vistos uno después de otro, estos episodios pueden alimentar una sensación inquietante: ¿realmente está temblando más?
“Podría haber una percepción generalizada de que está temblando mucho, pero hay que pensar que la Tierra es un sistema dinámico que siempre está en movimiento”, explica Iván Granados Chavarría, doctor en sismología e investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en entrevista con WIRED en Español.
Para Granados, que varios terremotos fuertes ocurran en un periodo relativamente corto no es suficiente para hablar de un aumento anormal de la actividad sísmica. “Estamos dentro del rango normal de sismicidad de este tipo de magnitud y simplemente es una coincidencia que hayan ocurrido”, señala.
Los registros de largo plazo apuntan en la misma dirección. El Servicio Geológico de Estados Unidos calcula que, desde 1900, ocurren en promedio alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o mayor cada año en el mundo. Hay años que superan esa cifra y otros que quedan por debajo, sin que eso signifique necesariamente que la actividad sísmica global esté cambiando.
“Si tenemos una zona que a lo mejor no tiembla mucho, pero no tenemos un sensor sísmico, no tenemos certeza de cuál es realmente la tasa de sismicidad que está ocurriendo ahí”, explica. “Mientras más sensores existan, se puede hacer un mejor análisis y un mejor estudio acerca de este tipo de sismicidad”.
México permite ver con claridad cuánto puede modificar la tecnología los registros. El Servicio Sismológico Nacional contabilizó 796 sismos en 1990, mientras que en 2025 fueron 40,256. La diferencia no significa que ahora tiemble decenas de veces más. Granados recuerda que las primeras estaciones utilizaban instrumentos analógicos, mientras que las redes actuales cuentan con equipos digitales y una cobertura mucho mayor que permiten registrar movimientos pequeños que antes podían pasar inadvertidos.
“Conforme tengamos más estaciones, seremos capaces de identificar sismicidad mucho más pequeña y con eso podríamos hacer un estudio mucho más completo acerca de cómo se distribuye a lo largo de todo el territorio mexicano”, detalla.
documentos históricos y descripciones de los efectos que dejaron.Una revisión de grandes sismos en México publicada en 2021 advierte, por ejemplo, que las estimaciones de magnitud y localización de eventos antiguos pueden ser inciertas porque se reconstruyen a partir de sus efectos sobre poblaciones que además eran mucho más pequeñas.
El papel del internet y las redes sociales
Hay otra diferencia entre un terremoto ocurrido hace algunas décadas y uno actual. Hoy basta abrir el teléfono para encontrar videos, mapas, alertas y testimonios de un sismo que ocurrió a miles de kilómetros. Para Granados, esa circulación constante de información también puede cambiar nuestra percepción sobre la frecuencia de los terremotos.
La diferencia es que ahora esos movimientos compiten por nuestra atención en tiempo real. Una secuencia de terremotos importantes puede hacer que una persona comience a recibir y notar información sobre otros eventos que normalmente no habría buscado.
A eso se suman las alertas sísmicas en teléfonos y otros sistemas de aviso temprano. Sin embargo, el investigador enfatiza que estas tecnologías tampoco predicen terremotos: funcionan cuando el evento ya comenzó y buscan advertir a poblaciones a las que las ondas más fuertes todavía no han llegado.
El tiempo disponible depende, entre otras cosas, de la distancia. Granados pone como ejemplo a Ciudad de México, donde una alerta puede llegar antes que el movimiento cuando un sismo se origina en ciertas zonas de la costa del Pacífico. Si el epicentro está mucho más cerca, el tiempo de aviso puede reducirse.
¿Un sismo puede provocar otro a miles de kilómetros?
La sucesión de terremotos recientes también ha provocado otra pregunta: si un sismo fuerte ocurre en un país y pocas horas o días después sucede otro a miles de kilómetros, ¿el primero pudo provocar al segundo? Granados señala que no existe evidencia para relacionar por su cercanía temporal eventos como los ocurridos en Venezuela, Japón y Colombia. Las regiones tienen contextos tectónicos distintos y la coincidencia, por sí sola, no demuestra una conexión entre ellos.
“Cuando ocurre un sismo en cierta zona, la energía viaja por todo el mundo”, explica. Conforme las ondas recorren grandes distancias, gran parte de esa energía se disipa. Para vincular dos eventos, por lo tanto, hace falta mucho más que observar que ocurrieron el mismo día o durante la misma semana.
transferencia o activación por estrés dinámico, en el que las ondas de un gran terremoto pueden detonar actividad sísmica a grandes distancias, sobre todo en lugares que ya eran sísmicamente vulnerables.El mismo estudio de 2021 revisó más de 100 sismos de magnitud 7 o mayor ocurridos en México entre 1568 y 2021 y encontró que no se concentran especialmente en septiembre. Marzo y diciembre registran 13 eventos cada uno, mientras que septiembre suma 12.Otro análisis elaborado por investigadores de la UNAM llegó a una conclusión similar después de revisar terremotos históricos. Las coincidencias de grandes sismos aparecen en distintos momentos del año y no únicamente en septiembre. Para sus autores, son los acontecimientos recientes (y especialmente aquellos que afectaron a Ciudad de México) los que han ayudado a construir esa asociación colectiva.