Las intenciones de este pequeño gran libro de Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1948) ya quedan perfecta y certeramente claras desde el epígrafe —cortesía de Stendhal— que lo abre para ya no cerrarlo: «La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo ... en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención».
Y a este enunciado-disparo de largada se añade, enseguida, la intriga compleja (y por momentos casi acomplejada) a investigar por el autor de 'En palabras sencillas'.
Así Ford abre el juego —en este ensamblado de memoriosas reflexiones, ensambladas como regalo de bienvenida/estreno, como ya lo había sido la recopilación de ensayos 'Flores en las grietas', para sus editores en España e Italia— con un interrogante al que responder. «Los lectores a menudo me plantean una cuestión, cuya respuesta es el tema de este librito: ¿me considero un novelista político? Y, en ese caso, ¿cómo he llegado a esa conclusión? ¿Y por qué? ¿Y cuándo? Al principio, este asunto no me interesaba mucho, pero con el tiempo he cambiado de opinión», se plantea a sí mismo Ford.
Y si bien el autor ya había incursionado en el ensayo muy personal para buscar iluminar su prehistoria (los evocadores 'Mi madre' y 'Entre ellos'), de lo que se trata aquí es, más que de hacer memoria, de rehacer trayectoria. De revelar el modo en que se (de)forma un escritor y de cómo sus tramas y ocupaciones, inevitablemente, se van fundiendo con los temas y preocupaciones del país en el que se nació y se narró.
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«No me atraían la política ni la gravedad del momento histórico, ni la forma en que la ideología cobra vida en las relaciones humanas, sino solo las relaciones humanas íntimas y desconcertantes en sí mismas. En otras palabras, los disparos literales del final del relato me dejaron sordo a los disparos políticos de Stendhal... En mi época de joven aspirante a novelista no precisamente visionario, no me parecía que la inmersión en la agotada perfidia política que el Estado amparaba al abordar la naturaleza del bien fuera una experiencia que pudiera utilizar en una novela, ni siquiera en una que partiera, como premisa, de la pregunta vital con la que yo mismo lidiaba entonces: '¿De qué modo puede sobrevivir moralmente una persona inteligente en un entorno político degradado?», comienza pensando un Ford quien todavía no es un clásico americano ya desde su apellido.
Los años y los libros pasan y de ahí la agradecible estampa de Richard Ford, resistiendo en el crepúsculo
Pero los años y los libros pasan y de ahí la agradecible estampa de Richard Ford, resistiendo en el crepúsculo, con ese aire de 'cowboy' de Marlboro y ese rostro de edad sin edad (Ford, como Clint Eastwood, no parece envejecer sino fosilizarse) y, lo más importante de todo, con un estilo engañosamente 'vintage' y melancólicamente vanguardista. Sí, Ford se ha convertido en el tipo de narrador que uno jamás habría sospechado que podría llegar a ser en sus comienzos.
Así, Ford retrocede para avanzar en el proceso por el que se fue politizando haciendo foco en sus primeros cuatro libros: la casi inevitable por tradición novela sureña 'Un trozo de mi corazón' (1976), el 'noir' mexicano 'La última oportunidad' (1981) y su consagración en tándem con 'El periodista deportivo' (1986) y los relatos de 'Rock Springs' (1987).
Y es esta tercera novela —primera de una saga que se extendería por tres novelas más y una colección de 'nouvelles'— con la que Ford, en la primerísima persona de Frank Bascombe, un 'everyman' en toda regla, abriría los ojos a la posibilidad del personaje como testigo de su tiempo y tierra. Sí: Bascombe como antihéroe de lo que Ford define como «triste pero divertida» y «una historia serio-cómica».
Bascombe —como el Harry 'Conejo' Armstrong de John Updike o el Nathan Zuckerman de Philip Roth y el Russell Calloway & Sra. de Jay McInerney— ejecutando la maniobra casi ventrílocua de personaje como comentador a lo largo de décadas de los buenos o malos modales con los que, inevitablemente, la no-ficción alimenta y engorda a la ficción.
Y, claro, no están aquí sólo los nombres que se escribieron sino, también, las firmas de aquellos que se leyeron y que empujaron a escribir: Hawthorne, Hemingway, James, Faulkner, Heller, Kafka, Woolf, Gass, Percy, Welty, Lowry, Naipaul y —constante— el fantasma histórico e histérico del Sur Profundo de sus amores y horrores así como los desmanes sin fronteras del todo-terreno Donald Trump.
Así, 'Entre palabras sencillas' funciona (y funciona muy bien) como versión expandida de una de esas canonizadoras entrevistas de 'The Paris Review' que, se sabe, no son otra cosa que una suerte de subgénero de la ficción: una manera de hacer creer —a la vez que queriendo tanto creerse— que se tiene todo el misterio más o menos claro. El modo en que van y vienen las ideas. La manera en que un título precede o sucede a otro.
Aún así, sobre el principio, Ford confiesa algo que sí suena a verdad incontestable: «Aunque a veces no se reconozca, una razón importante que subyace a la hora de escribir otro libro es conseguir que el nuevo sea mejor que el anterior».
Lo que significa que 'En palabras sencillas' es mejor que el ensayo anterior de Ford y, por lo tanto, seguro, a no dudarlo, es y será peor que el próximo.
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