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Solvej Balle, compañeros de juego

Solvej Balle, compañeros de juego
Artículo Completo 736 palabras
La nueva entrega de la saga 'El volumen del tiempo', el extraordinario proyecto literario de Solvej Balle (Dinamarca, 1962), arranca a partir del giro argumental que cerraba en alto el volumen anterior: tras más de mil días atrapada en un bucle temporal, Tara Selter se encuentra con alguien que vive, como ella, en un 18 de noviembre eterno. El paso del yo al nosotros es la novedad principal del tercer tomo de la heptalogía. Tras dos entregas centradas en la soledad de la protagonista, el foco se desplaza hacia la vivencia compartida del tiempo detenido. Las posibilidades que se abren con ese cambio son enormes y especialmente significativas por la diferente manera en que cada personaje percibe la experiencia.Narrativa 'El volumen del Tiempo (III)' Autora Solvej Balle Editorial Anagrama Año 2026 Páginas 208 Precio 19,90 euros Valoración *****El nuevo compañero de encierro es Henry Dale, un sociólogo noruego de visita en Düsseldorf, donde coincide por casualidad con Tara. Encarna la mentalidad pragmática y racional, frente al carácter introspectivo y romántico de la protagonista. Ese contraste propicia reflexiones sugerentes sobre el extraño vínculo que se establece entre desconocidos que comparten una experiencia insólita. También introduce un cambio de tono sustancial: de lo íntimo, solitario y casi claustrofóbico, la narración se abre a un registro más colectivo y luminoso.Sin perder la intensidad emocional ni la precisión estilística que caracterizan la serie, el universo cerrado de los primeros libros se ensancha hacia cuestiones éticas, sociales y políticas . Balle sigue explorando las reglas de un mundo encerrado en un peculiar presente perpetuo en el que la repetición convive con la anomalía. Lo hace anticipándose casi siempre a las preguntas del lector y formulando otras de calado sobre nuestra relación con el tiempo, la soledad y los demás.Noticia relacionada No No CRÍTICA DE: 'El volumen del tiempo (II)', de Solvej Balle: máquinas de estaciones y pequeñas mentiras Carolina OntiveroEl rastro que dejan los personajes en ese 18 de noviembre sin fin sigue siendo una incógnita, aunque hay indicios de que algunos de sus actos producen efectos en los días sucesivos. El agotamiento de los recursos es uno de ellos y lleva a Tara a percibirse como un depredador . Sin embargo, el contacto con otras perspectivas le permite cuestionar esa culpa y entender que la repercusión de sus pequeños gestos admite lecturas distintas, que pueden ir desde la indiferencia moral hasta la tentación de intervenir en el mundo para mejorarlo.La apertura a una dimensión compartida permite que se abra otra grieta por la que se filtra la luz: el humorLa apertura a una dimensión compartida permite que se abra otra grieta por la que se filtra la luz: el humor. Las conversaciones —a menudo absurdas— y los choques ideológicos entre los personajes salpican estas páginas de una ironía sutil e incluso autoparódica (como cuando Tara se burla de su propia inclinación romántica), aportando un aire fresco que aligera la lectura sin restarle tensión.A punto de alcanzar el ecuador de la saga, el volumen concluye con otro giro inesperado que deja de nuevo en vilo al lector. Lo que puede entenderse como un recurso algo fácil para una obra de este nivel también funciona como un recordatorio: en un mundo en el que todo se repite, mantener la atención despierta lo es todo. Empezando por la del lector.

La nueva entrega de la saga 'El volumen del tiempo', el extraordinario proyecto literario de Solvej Balle (Dinamarca, 1962), arranca a partir del giro argumental que cerraba en alto el volumen anterior: tras más de mil días atrapada en un bucle temporal, Tara ... Selter se encuentra con alguien que vive, como ella, en un 18 de noviembre eterno.

El paso del yo al nosotros es la novedad principal del tercer tomo de la heptalogía. Tras dos entregas centradas en la soledad de la protagonista, el foco se desplaza hacia la vivencia compartida del tiempo detenido. Las posibilidades que se abren con ese cambio son enormes y especialmente significativas por la diferente manera en que cada personaje percibe la experiencia.

El nuevo compañero de encierro es Henry Dale, un sociólogo noruego de visita en Düsseldorf, donde coincide por casualidad con Tara. Encarna la mentalidad pragmática y racional, frente al carácter introspectivo y romántico de la protagonista. Ese contraste propicia reflexiones sugerentes sobre el extraño vínculo que se establece entre desconocidos que comparten una experiencia insólita. También introduce un cambio de tono sustancial: de lo íntimo, solitario y casi claustrofóbico, la narración se abre a un registro más colectivo y luminoso.

Sin perder la intensidad emocional ni la precisión estilística que caracterizan la serie, el universo cerrado de los primeros libros se ensancha hacia cuestiones éticas, sociales y políticas. Balle sigue explorando las reglas de un mundo encerrado en un peculiar presente perpetuo en el que la repetición convive con la anomalía. Lo hace anticipándose casi siempre a las preguntas del lector y formulando otras de calado sobre nuestra relación con el tiempo, la soledad y los demás.

'El volumen del tiempo (II)', de Solvej Balle: máquinas de estaciones y pequeñas mentiras

El rastro que dejan los personajes en ese 18 de noviembre sin fin sigue siendo una incógnita, aunque hay indicios de que algunos de sus actos producen efectos en los días sucesivos. El agotamiento de los recursos es uno de ellos y lleva a Tara a percibirse como un depredador. Sin embargo, el contacto con otras perspectivas le permite cuestionar esa culpa y entender que la repercusión de sus pequeños gestos admite lecturas distintas, que pueden ir desde la indiferencia moral hasta la tentación de intervenir en el mundo para mejorarlo.

La apertura a una dimensión compartida permite que se abra otra grieta por la que se filtra la luz: el humor

La apertura a una dimensión compartida permite que se abra otra grieta por la que se filtra la luz: el humor. Las conversaciones —a menudo absurdas— y los choques ideológicos entre los personajes salpican estas páginas de una ironía sutil e incluso autoparódica (como cuando Tara se burla de su propia inclinación romántica), aportando un aire fresco que aligera la lectura sin restarle tensión.

A punto de alcanzar el ecuador de la saga, el volumen concluye con otro giro inesperado que deja de nuevo en vilo al lector. Lo que puede entenderse como un recurso algo fácil para una obra de este nivel también funciona como un recordatorio: en un mundo en el que todo se repite, mantener la atención despierta lo es todo. Empezando por la del lector.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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